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Por María Cristina Oleaga

Tomando a Jaques Derrida: deconstrucción y machismo


Por María Cristina Oleaga (*)
La Real Academia Española nos da una definición del concepto de deconstrucción: desmontaje de un concepto o de una construcción intelectual por medio de su análisis, mostrando así contradicciones y ambigüedades. Esta definición, sin duda, no cubre todo aquello a lo que alude Jaques Derrida, quien toma de Heidegger el concepto de destruktion. Lo nombra deconstrucción pues no se trata de destruir sino de des-sedimentar los conceptos para que recuperen pluralidad semántica. En la sedimentación está coagulada la significación, y vinculada a un opuesto. Un ejemplo sería la afirmación de que todas las mujeres son débiles y desean ser madres. También la idea de que los hombres son siempre fuertes. Se cercenan múltiples aperturas posibles, deteniendo el proceso creativo mismo. La deconstrucción es una práctica aplicada a los textos, las artes, la arquitectura, la sociología y la vida cotidiana. Es una práctica crítica y subversiva, pues abre a dichas diseminaciones y -en esa medida- opera sobre el sujeto mismo que la practica.

Derrida crea el término falogocentrismo para nombrar la fusión del falocentrismo con un logocentrismo patriarcal. Considera irreductible esa unidad y confía en los procesos deconstructivos para abrir esa fusión. Advierte, sin embargo, contra el riesgo que corre el feminismo, al apuntar al falogocentrismo, sí lo hace desde una posición falocéntrica. Es decir, si se coloca en un lugar de poder al modo del macho. Es preciso que ellas sean objeto de deconstrucción para salirse del falogocentrismo, para cuestionar sus propios presupuestos.

Podemos tomar el término crítica cultural para pensar lo que sucede con los intentos de deconstrucción del machismo y del sistema patriarcal mismo. Un sistema marca y penetra a los sujetos. El machismo sería un rasgo ejemplar de ese tipo de marcas. Comprende desde las más evidentes conductas públicas -diferencias en los logros laborales facilitados a hombres y mujeres- hasta las más sutiles manifestaciones, las que se practican en la intimidad y jamás son cuestionadas. Deconstruir implica interrogar lo que se da por sentado y no es fácil hacerlo. Es el cuestionamiento de todo tipo de esencias sin que podamos calcular un punto de arribo, sin planificación. Tiene que haber una acción que la implemente y -sin duda- consecuencias. Lo imprevisto puede tener -así- lugar. Es el modo de echar luz sobre normas no escritas -como la del privilegio dado a la heterosexualidad- que nos gobiernan y demuestran, por ejemplo, el machismo que nos habita, a nuestro pesar.

Dice Derrida: «La deconstrucción no es un método, no es un sistema de reglas o de procedimientos. (…) El juego deconstructivo debe ser, en la mayor medida posible, idiomático, singular; debe ajustarse a una situación a un texto, a un corpus, etc., y en lo que respecta a los textos «feministas» ocurre lo mismo. La relación entre dichos textos y la deconstrucción es de esta índole. (…), toda crítica del falogocentrismo es deconstructiva y feminista, toda deconstrucción comporta un elemento feminista».

El machismo es un encierro para todos los géneros. Conocemos mejor lo que implica para las mujeres. Para los hombres, priman mandatos de excluir rasgos considerados feminizantes. Se fomenta un ejercicio del poder y la potencia que contrasta hoy con la fragilización a que son sometidos por regímenes que los dejan a la intemperie, sin trabajo, sin poder sostener el hogar, uno de los rasgos privilegiados de esa masculinidad hegemónica. Dice la antropóloga Rita Segato: «el mandato de masculinidad obliga al hombre a comprobar, a espectacularizar, a mostrar a los otros hombres para que lo titulen como alguien merecedor de esta posición masculina: necesita exhibir potencia». La sexualidad, para ella, toma ese tinte violento porque termina convirtiéndose en una demostración de fuerza dedicada a los otros hombres. Segato denomina «dueñidad» a ese control violento de cuerpos y territorios, a la concentración de riqueza en pocas manos, movimientos ajenos a la empatía, propios de la cultura capitalista actual. El machismo, en este sentido, sería un modo privilegiado de ser acorde a la cultura del capital.

Segato habla del «camino sin salida de la acumulación, del productivismo, de la competitividad, de la relación con las cosas por encima de la relación con las personas» y reclama por la creación de «una retórica de valor para nuestro proyecto histórico. No hemos sido capaces de mostrar que hay cosas más interesantes, hay cosas más festivas, hay cosas más alegres, hay formas menos lúgubres de existir». Se trata, entonces, de deconstruir el binarismo machismo/feminismo para abrir brechas en el falogocentrismo.

(*) Psicoanalista.