Por Carlos Duclos

La vida importante, la prioritaria, está mucho más allá de aquellas cosas que obnubilan la mente, que apasionan hasta la patología, que deslumbran falsamente al ser humano en el quehacer cotidiano. La vida que importa está en esas cosas que parecen pequeñas, que se dan por hechas y que suponemos (mal supuesto) que nos corresponden sin discusión y que son para siempre, que se puede acudir a ellas o tomarlas en cualquier momento. No es así.

En el año 1977, ocurrió en París un hecho que conoció solo un pequeño grupo de personas, una familia y unos pocos amigos, y que tal vez convenga relatar preservando nombres y puntuales circunstancias, y que acaso pueda servir para reflexionar. Un hecho cuyo desenlace, la muerte prematura, lamentablemente, ocurre en todas partes y más aún en estos últimos años por diversas razones entre las que se cuentan muchas aberraciones humanas.

E.D. era un renombrado artista parisino que por esos días trabajaba en una obra solicitada por un empresario. En uno de los encuentros con el magnate, E.D. fue testigo de un suceso que lo conmocionó: una de las empleadas de limpieza de las oficinas, le solicitó a este señor, dueño de la empresa, un préstamo de una importante cantidad de dinero, para realizar el tratamiento costoso de su pequeño hijo que padecía una enfermedad terminal, y cuya única esperanza de vida era semejante tratamiento. El empresario no le respondió de inmediato, le dijo que pensaría la forma de reunir ese dinero (cuantioso para la época) y en definitiva la mujer salió llorando, desconsolada y con un sentimiento de desprotección y soledad difícil de explicar y definir con palabras.

La subasta

E.D., que era un bohemio, pero sensible como el mejor de los sensibles, se apresuró a saludar al empresario, salió rápidamente y buscó a aquella mujer joven. La encontró casi derrumbada sobre la pared del frente del edificio de oficinas; le dio ánimos, le explicó quién era él y le prometió que la ayudaría junto con algunos amigos.

Este buen hombre tomó tres cuadros que habían obtenido sendos premios, los subastó y como sus obras eran codiciadas en el mundo del arte por esos días, en poco tiempo obtuvo una suma de dinero que se aproximaba bastante a lo necesitado para el tratamiento del hijo de la mujer quien, por otra parte, vivía sola en lo que podría definirse como un reducto horizontal bastante humilde.

Días después el artista acudió al pequeño departamento de esta joven mamá para informarle de que podía disponer de buena parte del dinero necesario, y se encontró con una escena angustiante: la mujer estaba demacrada, sus ojos hinchados, enflaquecida y su mirada era el fiel reflejo de un espíritu partido en mil pedazos. Su hijo de 8 años había muerto hacia tres días, como consecuencia de un paro cardio respiratorio. Había quedado sola en el mundo.

El cambio

El suceso significó para E.D. un quiebre en su vida. Era un hombre bueno, pero ansioso, ocupado en sus cosas, pero más preocupado por problemas cotidianos que ahora veía como cuestiones minúsculas que no merecían la más ínfima pena. Se le escuchaba decir con frecuencia entre sus amigos que “algunas preocupaciones diarias son una ofensa a la vida”. Apasionado de la política hasta la exasperación (lo que le había significado el alejamiento de algunos allegados entrañables) comenzó a comprender, sin abandonar sus ideas, que ninguna sociedad se construye sobre el odio, la división y la mezquindad, y que tales sentimientos son energías malignas que matan a todos.

Esta historia tiene otras facetas que no son del caso recordar ahora. Pero al lector que tenga deseos de reflexionar sobre la vida y lo cotidiano (que a veces no se vuelve mágico), le vendrá bien saber también el final: cuando E.D. terminó de pintar el cuadro para el empresario (un retrato de su esposa y de su hija), fue hasta las oficinas y encontró al magnate desmoronado: madre e hija habían tenido un accidente de tránsito en Rennes, una ciudad del norte francés, y estaban graves. Afortunadamente se recuperaron de manera absoluta, y afortunadamente también el empresario comprendió que la vida importante, la prioritaria, está mucho más allá de aquellas cosas efímeras y dañinas que obnubilan la mente y que la compasión, la comprensión y la ayuda son valores que lo significan todo y le dan sentido a la existencia.

Esto viene a cuento, porque en estos días forma parte de la cultura mundial la violencia física, moral, la ofensa, la humillación del otro, la intolerancia, la pasión patológica, el odio, la preocupación por nimiedades, la avidez por cuestiones vanas las que, ante la adversidad, se caen a pedazos como una construcción de naipes. Como si con tales cuestiones pudiera alcanzarse la felicidad no ya del otro, sino la propia. La sabiduría, en estos casos, consiste en descubrir y aplicar la verdad antes de que la vida se ocupe de enseñarla con un golpe

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