Opinión

Plan Pyme: abandonar el modelo inflacionario y dolarizador, y renovar el proyecto industrializador


Por Daniel Rosato*

La primera etapa de la recuperación económica mostró la gran capacidad de resiliencia de la industria nacional, conformada en más del 95% por pymes, que logró atravesar la etapa más dura de la pandemia, tras haber resistido 4 años de sostenida desindustrialización.

Cierto que nada es gratuito: además de las miles de fábricas que cerraron, las condiciones para afrontar la pospandemia son de extrema debilidad, a pesar de los signos de vitalidad que mostró la recuperación de stocks.

Si coincidimos en que el corazón productivo de la Argentina está compuesto por las pymes, sin dudas confirmamos que el motor que bombea la sangre productiva está en las manos de los trabajadores de las fábricas.

Esa sociedad indisoluble es clave para un país que busca el desarrollo, y allí podemos encontrar las explicaciones de los intereses mezquinos que intentaron poner en dos caras opuestas de una misma moneda a los integrantes del sector privado.

El acuerdo de precios y salarios es una consecuencia lógica del diálogo social. El trabajo es, acaso, la mayor dignidad que puede generar un empleador, y una remuneración justa a la tarea diaria es el mejor reconocimiento a un trabajador. Esa ecuación es constante en las fábricas Pymes.

Su institucionalización resulta natural, aunque lo poco frecuente del hecho público lo enmarca en una tensión inusitada. La inflación es un mal que desgasta a la prosperidad social.

Pero creer que existen recetas mágicas o claves unidireccionales solo nos llevó en reiteradas ocasiones a resultados decepcionantes.

Que se reduzca al 10% en el corto tiempo es ilusorio e irreal. Que se dispare por encima del 40% es una tragedia social. Entonces, ¿cuál es la receta?.

Los economistas son los encargados de medir, con herramientas académicas, los hechos que las Pymes atravesamos a diario. Las variaciones de precios no siempre están de la mano del valor de las cosas.

Producir en la Argentina tiene condicionantes que podrían hacer más valioso a un producto. El sólo hecho de enfrentar costos financieros insólitos en un mundo de tasas de interés que rozan el 0%; de sortear las incontables barreras impositivas duplicadas y triplicadas; de temer ante los riesgos de contratar debido a la aceitada industria del juicio; o de competir con economías industrialistas trasnacionales, merecen darles a las manufacturas gauchas un valor inconmensurable.

Lejos de ese reconocimiento, la producción nacional sufre la falta de competitividad, de los vaivenes de las políticas públicas y del desprestigio social del falso reclamo subsidiario.

Ninguna Nación es fértil con estas características. Por eso es hora de la disrupción para dejar atrás la trampa de la manta corta, ante tanta posibilidad de tener una frazada extensa que abrigue a todos.

El flamante presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, confirmó la continuidad de la política «Buy American Act», casi el único punto de coincidencia con su antecesor Donald Trump, y así dejó en claro que no existen banderas ideológicas en el fortalecimiento de la economía de un país desarrollado.

En la Argentina, la ley de «Compre Argentino», además de desactualizada, es inocua a los intereses nacionales. El Estado debe priorizar sus compras a pymes locales, pero nada obliga a las empresas estatales, a las subsidiarias o a los contratistas a cumplir con ese mandato.

Lo que significa, en criollo, que las inversiones millonarias surgidas de las cuentas públicas se reparten en manos extranjeras, porque los productos son importados.

Así, el empleo queda fuera de las fronteras y la generación de divisas se esfuma. En el país sólo quedan las lapiceras y las resmas de papel utilizada por la burocracia.

Como resultado, las Pymes industriales para poder sostener su actividad y recuperar el terreno perdido frente a cinco años de deterioro tecnológico, recurren al financiamiento.

A pesar del descenso de las tasas de interés durante el último año, aún se mantienen altas para producir, lo que genera un costo para la fabricación nacional que resulta insostenible.

La otra pata rota de la mesa inestable son los precios de los insumos difundidos, incontrolables y mata Pymes. Tarde o temprano sus efectos llegan a las góndolas o a la pérdida de bolsillo de las personas que deben consumir en esas góndolas.

Esa circularidad a la que nos hemos acostumbrado, en las cuales inciden otra media docena de variables principales que no nombramos en esta nota, responden al fondo del problema: la inflación.

Existe, sin embargo, una enseñanza que nos deja la crisis (pandémica) de la crisis (recesiva heredada el gobierno del presidente Mauricio Macri): la industria es la puerta de entrada al desarrollo y para eso no necesita incentivos sueltos sino un plan pospandemia, que incluya un «Compre Argentino» de aplicación real; regulaciones en los insumos difundidos; un sistema financiero orientado sin dobleces hacia la producción nacional; y, fundamentalmente, con las pymes y sus trabajadores sentados en la mesa de construcción del futuro.

Allí la inflación, ese mal que nos desvela y alimenta la sed dolarizante, será solo una variable que irá en descenso ante tanta producción nacional.

* Presidente de Industriales Pymes Argentinos (IPA).