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Opinión: «El tablero global como eje fundamental de análisis»


Por Diego Añaños

Por Diego Añaños

Decíamos la semana pasada que, en general, los analistas locales tienden a tener una mirada extremadamente parroquial de los problemas argentinos. Esto no quiere decir que no existan cuestiones que estén estrictamente relacionadas con problemas internos. De hecho los hay, y hemos tratado de destacarlas desde esta columna. Sin embargo, algunos intentos de analizar ciertas cuestiones de la agenda pública sin integrar la variante internacional a los análisis, suelen dejar de lado una porción inmensa de la realidad, y por lo tanto fracasan. No es el lugar ni el momento para ponernos a discutir si el sesgo parroquial de los análisis es deliberado o es adjudicable a la limitada visión de los analistas. El hecho es que ocurre, y eso afecta directamente el modo en el cual se van construyendo las visiones del mundo.

Hemos comentado en otras ocasiones, el modo en el que el hecho de ignorar la necesidad de incorporar el radar global a los análisis, desviaba las interpretaciones, muchas veces de manera maliciosa. De hecho, el tratamiento que se le viene dando en los últimos tiempos a la caída de las acciones y los bonos argentinos en las bolsas extranjeras, así como la evolución del Riesgo País, denotan claramente un déficit de comprensión de los movimientos que se están produciendo en el mundo. De hecho la semana pasada, el presidente de la Reserva Federal de los EEUU, Jerome Powell, confirmó que desde la FED ya no consideran a la inflación como un hecho transitorio. Es decir, es muy probable que la reducción de compras de activos a gran escala que viene realizando la autoridad monetaria norteamericana, se acelere. En términos prácticos, eso significa que en el mediano plazo las tasas de interés internas tenderán a subir, en un intento por frenar las presiones inflacionarias. Y si suben las tasas de interés en los EEUU, inevitablemente esa tendencia se contagiará al mundo. El fly to quality explica en gran medida rally el negativo de los papeles locales.

Al margen de cualquier otra consideración, hoy es muy difícil de imaginar alguna cuestión de agenda global que no esté atravesada por el enfrentamiento entre los EEUU y China a lo largo y a lo ancho de todo el planeta. Como reza un antiguo dicho congoleño: “cuando dos elefantes se pelean, la que sufre es la hierba”. Es decir, nadie queda al margen de los cimbronazos producidos por el choque de los gigantes. Para muestra basta un botón. En 2019, el presidente Sebastián Piñera, anunció la instalación de un cable subterráneo de fibra óptica que uniría Chile con China a manos de la empresa oriental Huawei, en lo que sería la primera conexión de este tipo entre Sudamérica y Asia Pacífico. Sin embargo, y por presiones de los EEUU, el negocio quedó en manos de una empresa japonesa, que estableció la conexión entre el país trasandino, Japón y Australia (dos de los principales aliados norteamericanos en la zona Asia-Pacífico).

Evidentemente la inminencia del “peligro Chino” es un tema de agenda global que EEUU ha logrado instalar eficientemente. La Unión Europea acaba de lanzar recientemente un plan de inversiones de U$S300.000 millones, destinado a contrarrestar la influencia China en la región. La iniciativa, denominada Global Gateway se propone, según lo expresa un documento de la Comisión Europea, “movilizar y apoyar proyectos que impulsen el comercio y los lazos entre Bruselas y los países socios de todo el mundo durante seis años”. El proyecto, que fue destacado por la Comisión como un modelo de respeto por los derechos humanos, representa una clara respuesta a la iniciativa China de la Ruta de la Seda.

En un artículo publicado recientemente en la revista Foreign Affairs, los docentes e investigadores de la UNR, Esteban Actis y Nicolás Creus, realizan un interesante recorrido por las diversas dimensiones en las que se expresa el conflicto entre ambas potencias. En primer lugar, la dimensión comercial, que pone en el centro del conflicto el 60% del comercio bilateral (algo así como U$S550.000 millones, más que el PBI argentino). Luego la dimensión tecnológica, donde la disputa por el predominio en la tecnología 5G es la vedette, pero que se expresa de manera permanente, como veíamos recién en el caso chileno. La dimensión ideológica, relacionada con la capacidad relativa de dominar el terreno de las narrativas históricas, en la búsqueda de conseguir el acompañamiento de la opinión pública global. La dimensión militar, que hoy aparece como latente, pero que siempre representa una amenaza cierta, más allá del claro predominio de los EEUU, al menos en los papeles. La dimensión financiera y monetaria que, más allá de algunas escaramuzas, parece ser un territorio en el que ninguna de las dos quiere avanzar. Y finalmente la dimensión ecológica, cuya importancia estratégica es fundamental en el largo plazo, y que depende invariablemente de las posibilidades de acuerdo entre ambos gigantes. Cada una de estas dimensiones, sus tensiones y sus distensiones, marca el ritmo de la agenda global, que parece lejana, pero está mucho más cerca de nosotros de lo que pensamos.