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El partido del siglo

Mentes subdesarrolladas, logran países subdesarrollados


Por Matías Gregorio

Hace casi dos semanas el árbitro Roberto Tomar hizo sonar el pitazo final de la primera final de la Copa Libertadores entre Boca y River. 13 días pasaron de aquel empate. 13 días tuvo la Policía de la Ciudad de Buenos Aires para planificar un operativo de seguridad en un Monumental que solo recibió público local. La tarea, más allá de los trabajos en las inmediaciones del estadio y los accesos a la cancha, pasaba por un punto central: proteger al plantel de Boca en el traslado.

Pero Argentina escribe día a día el manual de la inoperancia y de la negligencia. El ómnibus que llevaba a los jugadores xeneizes fue brutalemente atacado por hinchas de River, quienes arrojaron piedras destrozando los vidrios. El cordón policial que separaba las partes fue ínfimo. Como si fuera poco, la policía reprimió con gases lacrimógenos que ingresaron dentro del coche.

Y los violentos, volvieron a decir presentes. Esta vez, en el partido de fútbol más importante en la historia de nuestro país. Los ojos del mundo posan sobre Argentina y, la imagen, volvió a ser la misma.

Lo sucedido no es más que un reflejo de lo que vivimos como sociedad: inadaptados y estúpidos que creen sacar provecho agrendiendo a los rivales y ministros y organismos de seguridad que se florean hablando en los medios de comunicación de sus virtudes y de la planificación de la Cumbre del G20 pero que no pueden garantizar la seguridad de dos colectivos. Lo sucedido amerita, cuanto menos, la renuncia de Patricia Bullrich.

Damos verguenza. Damos pena. Del partido más importante en la historia al bochorno más penoso en la historia. A quién le importa el resultado, el trofeo, el desenlace. Todo quedó opacado. Mentes subdesarrolladas, logran países subdesarrollados.