Por Diego Añaños

El mundo se está transformando, casi imperceptiblemente. Emerge lentamente una nueva bipolaridad global que tiene en uno de sus extremos a Estados Unidos y en el otro a China. La única certeza, el único punto de convergencia de los especialistas en política internacional es la afirmación de que es distinta a aquella que caracterizó al mundo de la Guerra Fría. Los analistas todavía no terminan de descubrir si el fenómeno tiene una dinámica estable o evoluciona permanentemente de un equilibrio inestable a otro. Discuten si avanzamos hacia un esquema de bipolaridad rígida, que involucre una escalada del conflicto comercial, o hacia una bipolaridad más flexible, en el que no sea preciso un alineamiento claro con una de las dos potencias para sobrevivir en la selva global. Una tercera hipótesis podría incluso conjeturar que, lejos de abrir una disputa abierta, EE.UU. y China están negociando la distribución del mundo.

Aunque no sea evidente, hay una guerra silenciosa que se juega en el tablero global, todos los días, más allá de la forma final que tome el conflicto de intereses en los hechos. Hay que entenderlo: la economía mundial ha entrado en un cono de sombra, producto del estancamiento que comienza a evidenciarse, y no hay espacio para librepensadores. Cuando la crisis se avecina, la disputa se da en cada centímetro cuadrado del planeta.

No debemos perder de vista que Latinoamérica siempre representó un objetivo para los EE.UU. No tanto por la relevancia económica de la región, sino por su importancia geoestratégica y por su papel fundamental como proveedor de materias primas. La relevancia latinoamericana se multiplica exponencialmente en un escenario de disputa con una potencia como China, que es una aspiradora de recursos, dado que crece permanentemente, y debe proveer a más de mil cuatrocientos millones de demandantes todos los días. En éste contexto, el triunfo de Andrés Manuel López Obrador fue una señal de alerta para los EE.UU., al que se sumaron luego los sucesos de Ecuador, las protestas en Chile, y el triunfo de Alberto Fernández en Argentina.

Pero vayamos a Bolivia. No caben dudas de que, durante toda su gestión, Evo Morales representó un grano para los EE.UU., especialmente por sus fantásticos logros económicos. Durante su mandato, el PBI pasó de 9.000 a 40.000 millones de dólares (un promedio anual de crecimiento del 4,9%). La pobreza moderada pasó del 59% al 39%, mientras que la pobreza extrema pasó del 38% al 15%. El desempleo se redujo, de algo más del 8% a algo más del 4%. El coeficiente de Gini, que mide desigualdad social pasó de 0,60 a 0,47 (si queremos tomar dimensión de la importancia del logro, pensemos que, si la Argentina hiciera algo parecido, llegaría a niveles de distribución del ingreso compatibles con la zona euro). Finalmente, Bolivia tiene una inflación proyectada para 2019 es del 2%. Claro, lo terrible de todo esto es que lo hizo un aborigen, sindicalista cocalero y que jamás pasó por la universidad, desde un país pobre de AL.

Muchos podrán pensar, que son logros impresionantes, pero bajo ningún punto de vista explican por qué EE.UU. centra su atención en un país con un PBI que es menos de una décima parte del argentino. Indudablemente están en lo cierto.

Sin embargo, hay una razón fundamental para explicar por qué Bolivia se transformó en un objetivo de primer orden, y es el litio. Algunos le llaman el nuevo oro, pero creo que sería más apropiado llamarlo el “nuevo petróleo”. El litio es el mineral utilizado para la fabricación de baterías de teléfonos celulares, notebooks y, fundamentalmente, las baterías de los autos eléctricos. Y aquí está la clave: la industria automotriz tiene perfectamente claro que los motores impulsados por combustible fósil tienen fecha de vencimiento, ya que se trata de un recurso natural no renovable. Hoy predomina la idea de que una reconversión futura del sector pasará fundamentalmente por el litio.

Entonces aparece Bolivia, y la razón es que posee el 70% de las reservas conocidas de litio del planeta. El dato es impresionante, pero no podemos tomar dimensión de lo que significa si no sabemos que Evo Morales nacionalizó los recursos naturales y que la empresa Yacimientos de Litio Bolivianos ha elegido como socios estratégicos a varias empresas chinas (TBEA Group, China Machinery Engineering, etc), y a ninguna empresa de los EE.UU. (cuya industria automotriz es una de las más importante del mundo).

Tal vez se tiempo de releer “Legado de cenizas”, la maravillosa historia de la CIA escrita por el periodista norteamericano Tim Weiner, y publicado en enero de 2016. Podemos encontrar en el libro, con referencias documentales oficiales, todas las operaciones lideradas por la Central de Inteligencia alrededor del mundo. En 1953, tendremos el primer antecedente en el golpe de estado que destituyó al presidente iraní Mohammad Mossadeg, cuyo pecado consistió en nacionalizar el petróleo iraní en manos de empresas inglesas. Es posible que en la próxima reedición de su obra, Weiner tenga que agregar un capítulo para relatar los idus bolivianos. Justo cuando imaginábamos que la historia de los golpes de estado en América Latina era un capítulo cerrado, la guerra de intereses nos recuerda lo frágiles que son nuestras democracias frente al inmisericorde avance de las grandes potencias.

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