Por Carlos Duclos

“Apoyé la mano en la barraca de las mujeres, recordé la mirada profunda de aquella madre separada de sus hijos. Quise imaginar su infinita tristeza, su profunda soledad y lloré”.
(Auschwitz, marzo de 2016)

El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, ha dicho hace apenas unas horas atrás, en ocasión de celebrarse los 75 años de la liberación de los presos en el campo de exterminio de Auschwitz, que el mundo le dio la espalda a los judíos cuando el nazismo comenzó con la fatal y dramática masacre. El líder israelí no ha dicho más que la estricta verdad, porque mientras miles de seres humanos eran llevados como ganado al matadero hacia el campo de Polonia, sobre las vías ferroviarias no cayó ni una sola bomba que hubiera podido inutilizar el paso hacia la muerte. Y no solo eso, sino lo más importante: muchos de aquellos quienes después le declararon la guerra a Hitler, coqueteaban con él mientras millones de seres humanos: judíos, discapacitados, cristianos, opositores al régimen, homosexuales, eran asesinados sin piedad.

Netanyahu ha expresado que los judíos, y los demás seres humanos arrojados a los campos de exterminio, estuvieron solos. Un escenario dramático, conmovedor, que puede ser comprendido en toda su aciaga magnitud por los que padecieron esos crímenes. Quienes han recorrido el campo de Auschwitz (como quien esto escribe) pueden apenas imaginar un poco, muy poco, tanto sufrimiento. Pisos de barro, “nichos” de ladrillos y madera como toda cama. Barracas sombrías, en medio de la inmensidad hecha de 15 grados bajo cero. Nieve quemando los pies y lágrimas perforando el corazón hasta herir de muerte al mismo espíritu.

Tocar las tumbas para los vivientes condenados a morir (léase nichos para dormir) donde eran arrojadas como sacos las mujeres luego de ser rapadas, es tocar la injusticia, la incomprensión, la soledad entre todas las soledades. Es tocar el mismo infierno construido por el mal encarnado aquí en la tierra.

La historia de los millones de seres humanos enviados a las cámaras de gas para luego ser horneados, es la historia que se ha repetido muchas veces en este maravilloso planeta maculado por algunos hombres. Es la historia del genocidio armenio; de los hombres de color esclavizados, segregados; es la historia de los cristianos quienes por miles han sido torturados y asesinados en las últimas décadas, como si el espíritu de Nerón reptara feroz por la faz de la Tierra. Es la historia de los miles y miles torturados y asesinados por Stalin. Es la historia de las dictaduras de todo signo que a lo largo y ancho del mundo han sojuzgado vilmente a todos aquellos que fueron y son despreciados solo por pensar o ser distintos.

Todas estas víctimas del mal, entre muchas otras que son humilladas de otras formas, maltratadas, denigradas, no solo en el ámbito político sino incluso en el seno de instituciones, del hogar o en el marco de cualquier relación, suelen tener algo en común: están solas. Solas para la titánica tarea de luchar y vencer a la adversidad; solas para hacer frente a la muerte. Muerte del cuerpo, de la mente o muerte de los sueños.

A la circunstancia fatal que aqueja a la víctima, se añade en muchos casos la soledad que profundiza la angustia extraordinaria. Por eso aquellos que han sobrevivido a la Shoá (Holocausto) son héroes. Héroes que pueden mostrar el tatuaje de números con el que eran identificados en los campos de exterminio y que se han transformado en “números de héroes”.

Hombres y mujeres que aun sometidos a la muerte, pero no a cualquier muerte (porque a muchos los asesinaban después de mostrarles como mataban a sus esposa y pequeños hijos). Hombres y mujeres, digo, olvidados entonces por el mundo, son faros hoy para muchos que luchan por que el amor no se extinga y que la paz, en un mundo digno para todos, sea una realidad.