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El peligro que imaginamos: un miedo más terrorífico que la realidad


Vivir con miedo, qué duda cabe, es una experiencia atroz y torturante. Pero ¿nos dejamos a veces atrapar más por el temor a lo que está pasando por el que genera lo que puede pasar?

Hay quien piensa que el peligro imaginado siempre es más aterrador que el daño real. Naturalmente, esta afirmación no siempre es cierta. ¿Qué es peor? Por poner un ejemplo. ¿Quedar paraplégico o imaginar que uno queda paraplégico? La respuesta parece evidente, quedar paraplégico es peor.

No obstante, dicho axioma no carece de verdad, al menos en algunos casos. Sabemos que uno de los peores sufrimientos que puede padecer un ser humano es ser presa del miedo, sin más. No cabe duda de que, en muchos casos, hemos de tener más miedo al propio miedo que a cualquier otra cosa.

El miedo mismo genera un gran padecimiento en la persona, puede crear estrés, envejecer a causa de la hormona llamada cortisol, comernos por dentro, etc. El miedo, además, coarta nuestra libertad, nos asfixia e impide vivir y experimentar con soltura. El miedo atenaza y destruye. Dicho lo cual, el miedo es parte de nuestra naturaleza desde que nacemos y la vida, el desarrollo personal y el proceso de maduración consisten, también, en superar miedos, en ser más libres; en ser menos autoconscientes y más instintivos a la hora de relacionarnos con nuestro entorno. Una vez nuestras acciones se encuentran más automatizadas, podemos aprender a disfrutar de la vida; a vivir, en definitiva.

El miedo coarta nuestra libertad, nos asfixia e impide vivir y experimentar con soltura

Cliff Diver

Pero, para superar un miedo necesariamente hay que confrontarlo. Es esta la única manera de deshacernos de él. Y ese es buen fin al que dirigir todas nuestras energías. Como dice el budismo, alguien sin miedo es sobrenatural. Todo ser humano está obligado, inexorablemente, a conducirse con heroísmo. Todos hemos de confrontar momentos y crisis sumamente dolorosas. Pensemos, por ejemplo, en la angustia que genera la propia idea de la muerte, un fenómeno universal. El miedo solo puede deshacerse una vez confrontado. Generalmente, aquello que tememos (la serpiente, el dragón o el monstruo, que diría Jung) muta en algo inofensivo, una vez lo confrontamos. Y, como en la mitología y el folclore, en la guarida del dragón se halla el tesoro, un bien que habrá de proporcionarnos felicidad y bienestar. De este modo, es estrictamente necesario que para ser sujetos plenos nos enfrentemos a aquello que nos atemoriza.

«La fortuna favorece a los audaces», decía Virgilio, formulando en una frase una creencia popular de la Antigüedad. También es cierto, pues, que el valeroso (aquel que se enfrenta a sus miedos, concepto distinto del temerario, que nada teme) es el que ha de recoger la cosecha del éxito, frente al que se esconde de su responsabilidad vital. Hay que decir que una de las grandes tareas humanas (particularmente durante la juventud) consiste en posicionarse de cara frente a los temores propios. Un enfoque existencial sumamente provechoso es aquel en el que nos lanzamos por norma al enfrentamiento, aunque siempre siendo precavidos.

Ese miedo al miedo del que venimos hablando queda estupendamente ilustrado en el caso de la violencia potencial. Pensemos en el caso de un bully o un extorsionador. Nos amenaza y crea terror en nuestra mente. Pero, ¿realmente tanto temor genera una paliza, por poner un ejemplo? Lo cierto es que probablemente sea mucho más destructivo el propio miedo que genera el abusón que los daños físicos que pueda causarnos. Y es por ello que tales acosadores sociopáticos juegan con nuestro miedo para torturarnos. Una paliza no suele durar más de uno, dos, como mucho tres minutos de reloj. ¿Tanto tememos unos golpes que solo producen dolor físico? No, el verdadero sufrimiento es el terror que genera nuestro propio miedo. Vivir con miedo, qué duda cabe, es una experiencia atroz, torturante. Por eso hay que tener plena conciencia de aquello que tememos para enfrentarnos a ello cuanto antes y así acabar con su tiranía.

Para terminar, diremos que el miedo, a pesar de todo, cuenta con una función positiva. Una vez termina, su carga negativa contrasta de tal manera con la vida libre, que nos permite apreciar esta mucho más si cabe. Los contrarios se alimentan entre sí, y no hay que ignorar esa potencialidad suya. Como me dice un amigo mío: «¿Qué valor tendría la vida sin la muerte? Sin la muerte, la vida no valdría nada».