Análisis

El discurso de Alberto Fernández y el acercamiento a Brasil


Por Diego Añaños

 

El primer discurso de apertura de sesiones ordinarias de Alberto Fernández no dejó lugar para las sorpresas. Los principales proyectos que enviará al Congreso (reforma de la Justicia Federal, despenalización del aborto, reforma de la Ley de Inteligencia, creación del Consejo Económico y Social, la Ley de Economía del Conocimiento y una ley para el desarrollo del sector hidrocarburífero y minero) forman parte del núcleo duro de sus propuestas de campaña.

Paralelamente, y alimentando aún más la ansiedad de los medios de comunicación, las referencias de Fernández al plan económico fueron marginales. Como se viene sosteniendo desde que se asumió, la elaboración del mismo, incluso de un Presupuesto, está supeditada a lo que ocurra con la renegociación de la deuda. Decíamos la semana pasada que se perciben algunas señales positivas en algunos sectores puntuales, pero hay algo que está claro: la economía argentina sigue sin arrancar, y seguramente va a llevar un tiempo que el ciclo se revierta. Incluso que se arriba a una renegociación exitosa con los bonistas privados y el FMI, la inercia recesiva durará un tiempo.

El primer mandatario reiteró que la sustentabilidad económica debe tener como objetivo fundamental detener la caída en la pobreza de los argentinos, a la vez que apeló a la expresión utilizada por el ministro Guzmán en su primer conferencia de prensa: hay que tranquilizar la economía para recuperar el trabajo y recomponer los ingresos de los que menos tienen. Hizo hincapié también en las medidas de corto plazo destinadas a recuperar la capacidad de consumo de los sectores más vulnerables como herramientas fundamentales para modificar la tendencia recesiva.

“No vamos a pagar la deuda con hambre”, dijo cuando se refirió a las negociaciones que lleva adelante el equipo económico, a la vez que puntualizó que el ajuste no es el camino que transitará la Argentina para resolver sus problemas.

En este sentido, hay una cuestión de máxima relevancia. En dos semanas se conocerán las conclusiones del informe que está elaborando el BCRA y que tiene como objeto el estudio de la deuda tomada durante la gestión Cambiemos, especialmente los mecanismos que orientaron los flujos financieros que facilitaron la creación de activos externos, o sea fuga de divisas (recordemos que el estatuto del FMI prohíbe expresamente que eso ocurra, y si bien no es la única deuda que se contrajo entre 2015 y 2019, éste hecho juega un papel estratégico en la negociación con el Fondo). Si bien, como lo explica el Jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, una parte del endeudamiento se destinó a refinanciar deuda previa, está claro que el resto no se destinó a obras de infraestructura o a estimular la producción. En número final del Balance Cambiario del Banco Central es es impactante: de diciembre de 2015 a noviembre de 2019 la formación de activos externos del sector privado no financiero (fuga) fue de U$S88.371 millones. Seguramente el paper será un insumo fundamental en la renegociación de la deuda.

En un artículo de La Nación del jueves, Willy Kohan admite, casi con fastidio, que acercándonos a los famosos primeros cien días de gobierno de Alberto Fernández, la catástrofe pronosticada por muchos de los analistas de la City, está lejos de ocurrir. No hay peligro de brote hiperinflacionario, ni tampoco se produjo un default terminal de la deuda. Además el presidente tuvo encuentros muy productivos con los principales líderes europeos, e incluso aquellos que en un principio se mostraron hostiles (como Donald Trump o Jair Bolsonaro), han expresado públicamente su deseo de reunirse con él. El diálogo con el FMI, en el marco de la renegociación de la deuda marcha sobre ruedas, y sus gestos hacia el mundo “civilizado” (la Europa capitalista, Israel, los EEUU, el Vaticano, los acreedores privados) muestran a las claras un perfil dialoguista y pragmático. Pero claro, a Kohan y al mundo financiero que representa no les alcanza. La estrategia económica de cierre relativo de las importaciones (más la vocación expresa de relanzar un proceso de sustitución), la administración del tipo de cambio, el impuesto a las compras en dólares al exterior, la decisión de revisar y controlar las tarifas de los servicios públicos, la tolerancia del déficit y el aumento de los subsidios, sumados al aumento de las retenciones a la soja, suenan bastante a cristinismo solapado, a kirchnerismo prolijo. Tal vez sea demasiado Estado para su gusto.

El presidente Fernández, por su parte, se reunió esta semana en el Hotel Alvear con 500 empresarios en el marco del capítulo argentino del Consejo Interamericano de Comercio y Producción. (Nota de color, se llegó a pagar hasta 300.000 pesos por una mesa cerca del presidente). “No es posible que los precios sigan subiendo”, dijo, a la vez que afirmó: “Eso debe parar porque no tiene lógica y vamos a ser inflexibles”. Si bien todos los presentes reconocen que Alberto no es Cristina, las palabras del primer mandatario causaron alguna incomodidad en el auditorio, en un contexto donde tanto los privados como los funcionarios del gobierno nacional coinciden en el diagnóstico y la preocupación: la economía está estancada (aunque paró su caída, como se propuso el ministro Guzmán al comienzo de la gestión), y la inflación, si bien mostró algunas señales de freno, sigue siendo un problema.

A ver, seamos claros, incluso con una negociación de deuda muy exitosa 2020 no será un gran año en lo económico para la Argentina. En parte por la pesada herencia que se arrastra de la gestión anterior, y en parte porque nos enfrentamos a un mundo hostil, tanto en lo económico como en lo financiero, por lo cual habrá que ser muy práctico y muy cuidadoso con las decisiones. No quedan muchos caminos más que una apuesta fuerte al mercado interno (de ahí el hincapié del presidente en frenar la inercia inflacionaria para facilitar la recuperación del salario y por lo tanto del consumo), sin dejar de prestar atención a los espacios regionales, como el Mercosur. La reunión del miércoles entre Bolsonaro y Sergio Massa es un ejemplo. Decíamos antes que es uno de los que cambió su actitud con respecto a Fernández, y ya sabemos que el miedo no es sonso: el brasileño es muy consciente de la crisis global y los efectos devastadores sobre una economía que estancada, como la brasileña. En ése contexto, la Argentina representa para Brasil un aliado estratégico. Será responsabilidad del presidente aprovechar pragmáticamente esta ventana de oportunidad que se le abre en el medio de un entorno que da pocas buenas noticias por estos días.