Por Carlos Duclos

Uno de los más encumbrados, talentosos y hábiles estadistas que tuvo Roma y que conoció el mundo fue, sin dudas, Julio César. Militar de temple, estratega genial y político con una perspicacia y visión poco frecuente en esa época, supo poner de su lado a su tropa, que poco menos lo veneraba, y a la mayoría del pueblo, por quien César trabajaba incansablemente. Quien haya tenido la oportunidad de visitar las ruinas del Foro Romano y pasar por su tumba en la capital de Italia, se sorprenderá al ver, con frecuencia, flores que aún hoy arrojan los italianos sobre el lugar donde descansan los restos del estadista. No es casualidad, es un tributo que va de generación en generación.

Gran parte del patriciado romano de aquel lejano tiempo, representado en los senadores, no toleró la popularidad de César y, sobre todo, el ver eclipsado el poder del senado, con lo que, como bien se sabe, urdieron su asesinato. Para consumar el magnicidio, los criminales justificaron aludiendo a que el gobernante planeaba perpetuarse en el poder e instaurar un régimen autocrático.

La tumba de César

Los fatales Idus de Marzo

Por fin llegó el día, fue en el mes de marzo del año 44 a.c., mientras se celebraban las festividades conocidas como “Idus de Marzo”, con las que los romanos daban inicio a un nuevo año y se consagraban al dios Júpiter, que César fue muerto después de recibir 23 puñaladas lanzadas por los senadores. Cayó en el lugar que hoy son ruinas arqueológicas que disfrutan los turistas y los gatos de Roma (con el plausible consentimiento del gobierno) conocido como Torre Argentina, y que hace más de dos mil años formaba parte del magnífico e imponente Foro Romano.

Hasta aquí, el escrito solo recuerda muy brevemente parte de la historia. A partir de ahora, pretende adentrarse en la propia sustancia del otro atentado, que ocurre a menudo, en todos los tiempos, no solo en el ámbito político, sino humano en general: el atentado de la traición.

El lugar donde César fue asesinado, hoy ruinas arqueológicas y santuario para los gatos

La daga de la traición

Como queda dicho, a César le asestaron, según los historiadores, 23 puñaladas. Según los historiadores, decimos, pero bien puede exclamarse que en realidad fueron 24, de las cuales dos fueron las que determinaron su muerte: la que recibió en el tórax y la que le propinó con una daga no material, no visible, pero tremendamente mortal, su propio hijo adoptivo, Cayo Junio Bruto: la daga de la traición. Daga cuyo filo brillaba en el acero que Bruto, sin misericordia ni remordimiento, incrustó en la carne de su padre hasta llegar, sin ninguna duda, al centro mismo de su alma. Aquí cabe una aclaración, pues si bien el incomparable dramaturgo inglés William Shakespeare atribuye la acción traidora a Cayo Bruto, hay quienes dicen que en realidad el hijo adoptivo era Décimo Bruto, otro integrante de la familia que también participó del crimen. Es solo una mera aclaración, pues como se comprenderá no hace al fondo de la cosa.

¡Tú también, hijo mío!

En su obra sobre la tragedia de Julio César, el inmortal escritor inglés, pone en boca de la pobre víctima aquellas célebres palabras que suenan en el universo eternamente: “¡Bruto, tú también hijo mío!” ¿Quién está capacitado o posee las pruebas para afirmar que no fue la actitud de ese hijo, de ese ser querido, a quien el gobernante había llevado de su mano a un sitio de esplendor en la política romana, lo que en realidad mató al estadista? Solo una puñalada, dicen los historiadores, mató a César, pero hay lugar para la pregunta: ¿La puñalada que el gran militar no quiso evitar al ver que aquel a quien amaba accionaba en su contra de manera despiadada y brutal?
Las palabras de César, “¡Bruto, tú también hijo mío!”, resuenan en el trasfondo de todos los corazones buenos agobiados por la traición, como aquellas 30 monedas que Judas dejó caer al piso antes de ahorcarse, luego de comprender (tarde) que acababa de perpetrar el más grande asesinato e injusticia que se pueda cometer en la historia de la humanidad.

Judas y el último infierno

La traición, según Dante, es el peor de los pecados, la peor de las abominaciones y aberraciones humanas, y lo es. En la Divina Comedia pone a Judas, el traidor universal por antonomasia, en el último y más profundo pozo del infierno. La traición puede definirse como el acto de abandono del otro a quien se dice amar, entregándolo a circunstancias de vida o a personas para que muera en lo físico o espiritual. De la traición no se regresa, excepto si el prójimo es rescatado a tiempo, antes de que perezca literal o emocionalmente, y se lo estrecha en un abrazo mientras se le exclama: ¡perdón, mil veces perdón!

El beso de Judas, célebre obra del pintor Giotto

El destino trágico del traidor
y la intervención de Dios

La historia de César es aleccionadora en varios aspectos, porque el final en realidad no es solo su muerte, sino el destino fatal de los traidores y de la propia Roma. En efecto, pues casi todos los que participaron en el plan para matarlo acabaron asesinados o con el tiempo se suicidaron, en algunos casos de manera deshonrosa.  Marco Junio Bruto se quitó la vida después de su rotundo fracaso como militar, pero le faltó valor para consumar la penetración de la daga, por lo que tuvo que pedirle ayuda a un esclavo para que lo matara. A Décimo Bruto, otro de los implicados en el magnicidio, un galo tribal le cortó la cabeza. Casio Longino, uno de los principales planificadores, debió quitarse la vida en una batalla al sentirse amenazado por los hombres de su propio ejército. Y así siguen los nombres y los oscuros destinos de los infames magnicidas. En cuanto a Roma, paradójicamente, con el asesinato de César se logró justamente lo opuesto a lo que buscaban los asesinos, porque a partir de aquel hecho surgieron los emperadores.

Siempre el gran traicionado

La sucesión de hechos a través de los tiempos, marcan, por otra parte, que siempre el gran traicionado ha sido el pueblo, víctima de la corporación que vive y colea en estos tiempos de las pseudo democracias, en las que el gobierno no es del pueblo ni por él, ni para él. Y aunque no parezca ni se vea, los agentes corporativos de corazón rocoso, insensibles a las verdaderas necesidades del hombre común, también pagan por sus traiciones en su vida pública o privada.
La traición supone sojuzgar los buenos corazones, abandonarlos a la muerte, arrojarlos al desierto de la vida, apretarlos hasta que no puedan latir más. Shakespeare decía que “hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos”. La traición es un pecado que le duele a Dios y por eso, según algunos místicos, Él mismo toma en su mano la justicia (la historia da pruebas de que parece ser cierto). Tal vez porque la muerte de su propio enviado (Jesús) es el fruto amargo de la traición. Por eso el destino del traidor, tarde o temprano, termina siendo amargo, tan amargo como la horca de la que colgó Judas.

 

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