Por Diego Añaños - CLG
Por Diego Añaños – CLG
La semana pasada estuvimos reflexionando acerca de un fenómeno particularmente llamativo: créase o no, un gobierno liberal y market friendly registra uno de los niveles de inversión más bajos de la historia (incluso algunos economistas lo sindican como el más bajo). En principio, estaríamos ante una aparente paradoja, sin embargo la explicación es simple y tiene más de 150 años. Para decirlo fácil y sin tantas vueltas (sin tanto gregre para decir Gregorio, como decía un amigo), los empresarios no invierten porque saben que no van a vender, y nadie produce para guardar en un galpón. El móvil fundamental del sistema capitalista es la obtención ganancias, y ninguna ganancia se realiza sin una venta. El problema, entonces, es un problema de realización. El planteo es un poco más profundo, y sé que los economistas profesionales sabrán perdonar este ingente esfuerzo por divulgar sin vulgarizar. Pero ya esto ya lo había descubierto Carlos Marx (sentado sobre sus forúnculos en la Round Reading Room de British Museum) escribiendo el Tomo II de El Capital (incluso los más estudiosos aseguran que podemos encontrar antecedentes teóricos del desarrollo posterior ya en los Grundrisse, escritos en la segunda mitad de la década del 1850).
Paralelamente, y justo en las últimas dos semanas, se viene discutiendo la performance de la economía. Mientras que las estadísticas son apabullantes, y ya nadie en su sano juicio duda de que la Argentina se encamina a una recesión (que en términos teóricos no es más que la sucesión de dos trimestres seguidos de caída del producto), desde el Gobierno siguen discutiendo la legitimidad del instrumento. Del mismo modo que lo hicieron cuando la inflación no arrojaba los guarismos que esperaban, o cuando modificaron el modo de medición de la pobreza para bajar significativamente el registro de pobres, las Fuerzas del Cielo prefieren cuestionar o toquetear la balanza, antes que empezar la dieta y atropellar el gimnasio.
En ese sentido, hay al menos dos señales claras de la inminente recesión. La primera es que ya tenemos el antecedente que abre la serie, ya que el segundo trimestre de este año registró una caída del nivel de producto. Luego, el primer mes del tercer trimestre, julio, arrojó una importante caída intermensual del 2,9%, mientras y en la medición interanual se registró un descenso del 1,4%. Para ponerlo en perspectiva, podemos decir que es la cuarta caída más alta para un mes desde 2004 (exceptuando el caso de la pandemia, claro). Las otras tres (2008, 2018 y 2019) sucedieron en contextos de crisis o devaluaciones. En definitiva, para evitar la recesión, la economía tendría que crecer un 3% en los meses de agosto y septiembre, algo muy poco probable, y que de hecho no ha ocurrido nunca en los últimos 25 años.
La segunda señal la están emitiendo los organismos financieros internacionales (FMI y BM) y los mercados (JP Morgan y REM) ajustando progresivamente a la baja las proyecciones de crecimiento de la economía argentina. Mientras que el presupuesto 2026 estimaba un crecimiento del 5% para este año, tanto al Banco Mundial como el World Economic Outlook del Fondo Monetario Internacional lo ubicaban en un 4%. La JP Morgan, por su parte, lo estimaba en un mucho más modesto 2,7% y, finalmente, los agentes financieros que participan del Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central, pronosticaba un crecimiento de 3,5%. A medida que fue transcurriendo el año, todas las proyecciones se fueron lentamente moderando, para luego recortarse drásticamente. Hoy el ProDe de las estimaciones están así: Banco Mundial (2,1%), FMI (3,6%, que son los reyes del optimismo cuando gobierna la derecha), JP Morgan (1,5%), REM (1,5%).
La respuesta del gobierno aparece reflejada en un artículo del día miércoles del diario La Nación. En el mismo, el economista Daniel Artana, sostiene que las mediciones del nivel de actividad no son precisas porque se montan sobre la matriz de insumo producto del Censo Económico 2004/05. Es un argumento atendible, debería revisarse, dado que los datos del Censo Económico 2020/21 todavía no están correctamente procesados. Ahora, si vamos a hacer lo que sugiere Artana, volvamos a medir pobreza como antes (hoy se capta mejor otras fuentes alternativas de ingreso, pero la captación no mejora el ingreso de las personas) y cambiemos la canasta y los ponderadores para medir inflación también. No es que Artana esté necesariamente errado, pero la opinión (que en realidad recoge los argumentos del presidente y los sofistica un poco) debería matizarse, dado que existen otras variables macro que no debemos perder de vista (aumento del desempleo y la precarización laboral, caída de la recaudación tributaria, incremento de la pobreza, incremento de las deudas familiares, cierre de más de 30.000 empresas) que refuerzan la idea de una recesión o al menos un estancamiento. Nunca debemos perder de vista que ninguna variable aislada puede usarse como argumento.
En síntesis, y para ir cerrando. Por ahora Javier Milei no parece caer en la cuenta, pero la inversión no se mueve por un problema descripto por Carlos Marx el de la realizacion, y la economía no crece por un problema descripto por John Maynard Keynes, el problema de la demanda efectiva. Las cifras que registran las variables macro más relevantes lo gritan a voces, y hasta los economistas más cercanos lo están empezando a decir, todavía en voz baja. Créanme, el día que el presidente se dé cuenta, se cae de culo.
