Queda el último paso. El más difícil. El más hermoso. La última función. La que puede convertir un sueño inmenso en una eternidad. Opina Diego Mussetta
Por Diego Mussetta – CLG
Hay momentos que el tiempo termina acomodando en el lugar que realmente merecen. Y cuando pasen los años, recién ahí tomaremos dimensión de lo que estamos viviendo. Argentina volverá a jugar una final del Mundial. No es un dato más. No es una costumbre. No es una obligación. Es un privilegio enorme.
Hace apenas unos días recordábamos aquella tarde eterna de México 86 frente a Inglaterra. Una historia atravesada por el fútbol, por el talento irrepetible de Diego Maradona y por una herida nacional que todavía duele como Malvinas. Cuarenta años después, otra vez Inglaterra apareció en el camino y otra vez Argentina escribió una página que quedará guardada para siempre.
Pero el fútbol no se detiene. Las semifinales ya son historia. Ahora el destino pone enfrente a España, quizás el mejor seleccionado europeo de los últimos años, un equipo joven, dinámico y de enorme jerarquía.
Y Argentina vuelve a estar ahí. Por segundo Mundial consecutivo.
Solo decir esa frase alcanza para entender la magnitud del presente. No es casualidad. No es suerte. No es una racha. Es el resultado de un proceso que comenzó hace años, que sobrevivió a las críticas, que se reinventó una y otra vez y que convirtió a la Selección en una referencia mundial.
Scaloni construyó mucho más que un equipo. Construyó una identidad. Una Selección que sabe jugar bien cuando puede, que sabe sufrir cuando le toca y que jamás deja de competir. Porque este grupo entendió que los Mundiales no se ganan únicamente con talento. También se conquistan con sacrificio, solidaridad, corazón y una convicción inquebrantable.
El recorrido hasta esta final volvió a demostrarlo. Hubo partidos brillantes y otros donde el fútbol no apareció tanto. Pero siempre apareció el carácter. Ese combustible invisible que hace que once jugadores corran una pelota como si fuera la última de sus vidas.
Y en el medio sigue estando Lionel Messi. El mejor futbolista de todos los tiempos continúa escribiendo capítulos que nadie imaginó posibles. Disfrutarlo defendiendo la camiseta argentina en otra final del mundo es un regalo para todos los que amamos este deporte. No sabemos cuántas oportunidades más habrá para verlo en un escenario así. Por eso vale la pena detenerse un instante y disfrutarlo.
Del otro lado estará España. Una potencia. Un rival que exigirá la mejor versión argentina. No habrá margen para errores. Será una batalla futbolística de altísimo nivel.
Pero si algo enseñó esta Selección es que nunca conviene darla por vencida. Dentro de unos días habrá noventa minutos —o quizá algunos más— para definir un nuevo campeón del mundo. Mientras tanto, disfrutemos. Porque no todos los días un país tiene la posibilidad de decir, con orgullo, que vuelve a jugar una final del Mundial. Y porque, pase lo que pase, esta generación ya ocupa un lugar de privilegio en la historia grande del fútbol argentino.
Ahora queda el último paso. El más difícil. El más hermoso. La última función. La que puede convertir un sueño inmenso en una eternidad.
