Por Diego Mussetta - CLG
Por Diego Mussetta – CLG
Llega el momento en el que los Mundiales empiezan a definir a los verdaderos candidatos. Ya no alcanza con jugar bien. Tampoco con tener figuras. A partir de ahora sobreviven los equipos que saben competir cuando el margen de error desaparece. Y Argentina vuelve a estar frente a uno de esos desafíos.
Del otro lado estará Suiza. Un rival que nunca deslumbra, pero casi siempre complica. Ordenado, disciplinado, intenso y con una idea de juego que lleva años consolidando. No tiene el brillo de otras selecciones europeas, pero sí una identidad que la convierte en un adversario incómodo para cualquiera. Y eso la Selección de Lionel Scaloni lo sabe.
Este no será un partido para confiarse. Mucho menos para pensar que el peso de la camiseta resolverá la historia.
Argentina llega fortalecida por la reacción épica frente a Egipto. Más allá de la clasificación, aquella remontada dejó un mensaje poderoso: este equipo tiene una virtud que pocas selecciones poseen. Cuando todo parece complicarse, nunca deja de creer. Y eso, en un Mundial, vale muchísimo.
El corazón del campeón siempre tiene un latido más. Pero también hay una enseñanza que no debe pasarse por alto. No todos los partidos permitirán semejante margen de recuperación. Las distracciones defensivas, las desconcentraciones y la falta de eficacia pueden pagarse muy caro cuando enfrente hay rivales cada vez más exigentes.
Por eso, el encuentro ante Suiza exigirá una versión más sólida de Argentina. Será fundamental la experiencia del Cuti Romero para ordenar una defensa que deberá convivir con ataques rápidos y transiciones muy veloces. También volverá a ser clave Leandro Paredes. En estos partidos cerrados aparece la importancia del volante central que entiende cuándo acelerar, cuándo bajar el ritmo y cómo darle equilibrio al equipo.
Y después está Lionel Messi. A los 39 años sigue rompiendo récords, sigue siendo determinante y, sobre todo, continúa jugando cada partido con el mismo compromiso que cuando debutó con la camiseta argentina. Su liderazgo ya no necesita demostraciones. Se transmite en cada movimiento, en cada decisión y en la tranquilidad que contagia a todo el equipo.
Pero si algo enseñó este ciclo es que Argentina no depende únicamente de Messi. Scaloni construyó un equipo. Uno donde Julián presiona, Enzo juega, Mac Allister piensa, Lautaro pelea cada pelota y los que ingresan desde el banco mantienen la intensidad. Ese es, probablemente, el mayor patrimonio de esta Selección. Porque los Mundiales no siempre los ganan los mejores jugadores. Muchas veces los ganan los mejores equipos.
Argentina tiene argumentos futbolísticos para avanzar. Tiene experiencia. Tiene jerarquía. Tiene carácter. Pero también tendrá enfrente una selección que obligará a jugar un partido casi perfecto. Y justamente ahí aparece el gran desafío. Demostrar, una vez más, que además del talento, este equipo conserva intacta la esencia que lo llevó a ser campeón del mundo.
Porque los títulos se defienden jugando bien. Pero también se defienden con el alma.
