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Una historia de fe y superación: sin una pierna, vende en la peatonal desde hace veinte años


Israel es vendedor ambulante en peatonal San Martín. Acompañado por sus muletas y su fe en Dios, pasa 12 horas al día trabajando en el lugar. CLG habló con él sobre su vida y su presente

Frente al ingreso de la Galería del Paseo, sobre la transitada peatonal San Martín, está Israel Ciro, un vendedor ambulante de 45 años. Durante todo el tiempo en que Con la Gente conversó con él, en su rostro se mantuvo una sonrisa y gestos de tranquilidad y templanza con los que afronta los avatares de la existencia. La vida lo golpeó fuerte a los 25 años, cuando por un accidente debieron amputarle una de sus extremidades. Sin embargo, se paró firme sobre su única pierna y sus muletas para superar la desgracia y comenzar un camino de fe y superación.

Israel cuenta que a partir del accidente conoció a Dios y que la fe en él lo llevó a esa arteria rosarina que recorre saludando a los transeúntes –muchos de ellos ya amigos y conocidos- y vendiendo lo que puede para sobrevivir y llevar un sustento a su casa. “Hace más de 20 años que perdí mi pierna. Tuve que lucharla. Conocí a Dios y me puso en este lugar para que yo salga de la depresión”, relató a CLG.

El hombre recuerda como si fuera ayer el día que le cambió la vida: “Fue volviendo a mi casa, el domingo 3 de marzo de 1997, a las 12 de la noche. No sé si fue un auto o un camión, me dejó tirado en la calle”. Y agrega: “Me pasó esto a los 25 años y fue muy duro. Yo tenía cuatro hijos, fui papá muy joven, a los 16. Mis hijos, dos varones y dos mujeres, tenían entre 3 y 9 años. Hoy en día estoy muy orgulloso de la vida y de la familia que tengo”.

En agosto de 2019 Israel cumplirá veinte años de trabajo en la calle. Siempre en el mismo lugar del microcentro rosarino. Veinte años en los que se ganó el respeto de los comerciantes y vecinos, con su educación y presencia. “Siempre digo que el accidente que tuve fue una desgracia con suerte. La desgracia de haber perdido una pierna y la suerte de conocer a Dios, que me puso mucha gente que me quiere en el camino. Tengo vida porque Dios me dio una oportunidad más”, aseguró con felicidad.

Sin embargo, el ya tradicional vendedor de la zona reconoce que antes del accidente no era un hombre de fe. “Después de que me pasó esto me hice muy creyente. No soy de ninguna Iglesia, para mí hay un solo Dios. El único”, dijo con determinación.

Su discapacidad no le impidió salir adelante, mantener y consolidar su familia. Sus hijos crecieron y ya tienen sus propios retoños, según cuenta contento. “Mi hija más chica se está por casar”, indicó. “Yo me conformo con lo que tengo y vivo el día a día, pero pienso en el futuro porque tengo hijos y nietos”, reflexionó.

Al ser consultado sobre la situación actual del país y el año electoral, Israel afirma que estando doce horas diarias en la calle ve que la gente está peor y que cada día se queja más. “Yo trato de no quejarme de mi discapacidad y pensar que tengo que ser mejor. Me levanto todos los días 7.30 de la mañana y llego a las 7.30 de la tarde a mi casa. Muchas veces me saca adelante la gente. Estoy de pie todos los días. Estoy entero por dentro, más que nada”, consideró.

Pero el vendedor reconoció que la crisis se siente mucho en la calle. “No podemos vivir como estamos viviendo. Todo esto se les fue de las manos. Yo cobro siete mil pesos y si no me pongo acá con una sonrisa, no como. Porque con siete mil pesos, ¿cómo hago para pagar el alquiler? Tengo una discapacidad y nadie me da trabajo”, se quejó. “Hace veinte años que pasan todos los funcionarios por acá y me dicen ‘ya te vamos a conseguir un trabajo’. Me han prometido ayuda, pero nadie cumple. Yo no quiero pedir plata, quiero trabajar, necesito trabajar”, añadió.

Finalmente, fiel a su perseverancia y forma positiva de ver el mundo, Israel dice que desde que está trabajando como vendedor ambulante, pasaron al menos cuatro campañas políticas y que si bien está bastante descreído de los políticos, confía mucho “en la gente” que lo ayuda y “en Dios”, que lo levanta. “Le pongo muchas ganas”, concluyó.