Por Ignacio Adanero – Especial para CLG
Por Ignacio Adanero – Especial para CLG
Mi hermano murió el 13 de octubre del año 2031, aproximadamente entre las 10 y las 11 de la mañana, en condiciones que aún desconozco, pero sospecho. Siempre me llamó la atención el silencio que se estampa en el ambiente cuando muere uno de los nuestros, cuando muere uno de corazón pleno y además uno que se va como se van esas palomas ubicadas en las ménsulas de hierro clavadas en la ochava del supermercado de la esquina de la casa de mi madre, esa a la que tuve que volver para recoger sus pertenencias y empezar a vaciar lentamente los rastros que aún le quedaban de vida. El único silencio asemejable al de la muerte de un hermano es el interludio entre el summer y el winter de Vivaldi en las cuatro estaciones (lo comprobé en Alemania, hace mucho, cuando el público se estrellaba en un silencio de estampa después del aplauso que casi derriba el teatro de Münich entre el segundo y tercer movimiento del cura pelirrojo). Mi hermano había muerto y yo no tenía palabras para recordar en qué momento había sido su tragedia definitiva: si cuando cortó la respiración aquella mañana calurosa en la casa de campo, si cuando tuvo la primera frustración en el amor allá por sus 12 años, o si cuando la potencia de la depresión se apoderó lentamente de las esclusas frágiles de su autoestima.
Murió, simplemente, y me puse a pensar que la suerte de los hijos con sus padres se asemeja bastante a la suerte de los niños que llegan tarde al cumpleañitos de su amigo; porque algunos llegarán sobre el final, llegarán sobre la hora, llegarán para el momento en que la torta se repartirá en pedacitos aparentemente justos e iguales, y así como entonces pueden ligar el dulce de leche repostero o el chocolate con frutilla (por ende la paciencia, el amor y la guía paterna), también es posible que se lleven porciones más agrias, más gulosas, porciones que tendrán el gusto del desprecio, del maltrato y por qué no de las sobras: porciones que serán ofrecidas bajo la mancha legendaria de alguna culpa o designio inicial del cual el invitado no tuvo noticias. Existe una vía de escape para todo esto, y se trata de que los niños tarderos no se queden más allá de lo debido, más allá de lo aconsejable. Consta de retirarse a tiempo justo antes de que empiecen a llegar esos padres conocidos o de confianza que vienen a buscar a los amiguitos que llegaron primero y pudieron elegir el pedazo de torta. Ese fue el primer fotograma distópico que invadió mis pensamientos aquella tarde donde recogí las cosas para después dirigirme al asilo de mi madre y contarle la noticia. Fue cuando me detuve, fue cuando quise moverme y no pude. Fue cuando lo vi, lo recordé. Cuando lo soñé cómo lloraba, cómo peleaba. Cuando lo recordé en su risa reprimida, en su llanto de dos pasos, a menudo bajo la euforia terminada en contracciones de sollozo y en posiciones tipo bolita para tirarse en una cama recontra desordenada. Mi hermano había llegado tarde a un cumpleaños, y yo lo estaba asumiendo.
Aquella tarde me la tomé para gestionar lo poco que quedaba de él en medio de un mundo diezmado por los tiempos virtuales. Recogí sus ropas, pensé en sus hijos, pensé en mis padres. Pensé que mi padre ya no estaba en este mundo, pero mi madre sí, y que tendría derecho a saberlo sobre todo por el amor y el sacrificio (en especial esto último) con el cual sobrellevó las desavenencias de su hijo menor: tenía derecho, aún a pesar de los pocos pliegues de conciencia y audición que le quedaban en su oído derecho. Los estoicos me habían enseñado a reflexionar sobre la muerte de un hijo como la dolencia más pesada de todas, pero la posibilidad inmediata de tener que afrontar eso con mi madre me había hecho desestimar los consejos de Séneca en Diálogos I y II, y aunque mi padre hubiese dejado una lágrima en medio de su rocosa frialdad, mi madre no soportaría los mil pensamientos que devendrían después de preguntarse cómo y cuándo los vericuetos de la depresión habían tomado a ese hijo que tenía todo para ganar y terminó capturado por el demonio posado en su cama. Fue entonces cuando rondé la hipótesis de que la depresión es un estado del cual el sujeto no puede salir porque está aferrado a convicciones imposibles de rebatir.
Regaba las plantas de ese patio para cuando devino el tercer pensamiento de la tarde y bien llegó para indicarme que las cosas son muy distintas: la depresión, por el contrario, es un estado de duda postrante mediante el cual el poseído se invade hasta en sus últimas convicciones, dando cauce a un marasmo que lo pone contra el piso sin afirmaciones sólidas, sin sentido de salto, sin imagen de escape. Desconozco la seriedad académica del asunto o los vericuetos por donde los no-argumentos van tomando esas nimias convicciones y así los deprimidos se ven acicateados como demonios por el estrabismo de su subjetividad. Mi hermano tenía sus dificultades desde cuando llegó tarde al cumpleañitos de su amigo y de allí en más no pudo salirse, se quedó pasadas las horas y se negó a la confianza de otros padres, incluso de los suyos. Se le hizo tarde para cuando quiso volver y permitirse encontrar lo bello en estas aburridas costumbres impasionales del día a día: en nuestros hijos, las bicicletas, en nuestras manos, el roce de la merienda, en nuestras charlas, en el último 9 de Boca. Tenía dos hijos para cuando cortó la respiración, unas horas antes de que yo decidiera regar las plantas de aquel patio y repasar el fotograma de juegos fabricados muchos años atrás, esos que hacíamos contra las paredes donde convertíamos goles para después partirnos en un abrazo y vitorearle a una hinchada que no existía, pero la montábamos en la escalera lindera del patio vecino. Las agujas no paraban y no paraban, los relojes clavaban y clavaban, y yo me repetía que todo hijo y todo padre o madre tienen derecho a saber lo que pasa con su ser más directo. Fue cuando puse en marcha el auto, fue cuando me mentí nuevo. Fue cuando me engañé sobre la duración de la tristeza, y cuando el rotor del auto hizo sus primeros contactos con el estator y así logré salirme despacito dejando atrás la inmovilidad.
Mi hermano siempre había sido mi antítesis. Había sido pasional, celoso, desembozado, apresurado; ¡él hubiese actuado tan distinto en la misma situación! Hubiese explotado en un llanto maratónico para comunicar rápidamente mi fallecimiento a mis seres queridos o familiares remotos, mientras yo me empecinaba en sostener una distancia que no mellara mi cáscara de orgullo sin objeto, mi cordura sin coherencia. Estaba ahí parado y recuerdo odiarme, verme vacío, miserable, arribando las horas de comenzar a cerrar las puertas del patio y enfilar al pórtico para acoplar valijas en un auto que ya estaba en marcha. Llegué a tener la frialdad de dirimir el mejor plan de acción para comunicar la noticia: si pasar primero por el geriátrico, si romper en mil pedazos el celular, si llamar primero a mis sobrinos, si primero mamá y después sobrina, si primero sobrina y después mamá. No tuve el coraje de hacer nada, sí tuve el valor de geo-localizar los caminos. Me odié más y más… y entonces la explosión del tímpano se hizo larga, me di el derecho de quebrarme, me senté como tumbado… lloré a tal punto que la soledad me salvó y me hundió al mismo tiempo. No recuerdo la cantidad de minutos que me mantuve así sentado, pero estoy seguro de haber muerto. Lo cierto es que tampoco en eso podía parecerme a él. Ni en morir, ni en llorar, mucho menos en reír.
Habrán sido eso de las 16 ó 17 hs, cuando tomé la decisión de poner en marcha un camino definido y así dirigirme al asilo. Dudé una vez más, dudé sobre la conveniencia de no pasar antes por lo de mi sobrina y asimilar mejor el digesto. Mi sobrina era más inteligente, más práctica, de carácter más perspicaz. Mi sobrino era distinto, y de hecho habíamos tenido escasísimo contacto en los últimos años, por lo que transmitirle la noticia por teléfono me hubiese liberado de mi alma en guerra y así servirme de una comunicación fría e impersonal. Mi sobrina, en cambio, me había compartido charlas, miradas, análisis sobre la situación de mi hermano, y ambos nos preguntábamos cuándo y cómo la vida suya había dado ese vuelco inesperado como para terminar postrado en una cama calurosa rodeado de fantasmas de paja. No dejaba de turbarme la potencial imagen de ella quebrada al enterarse la noticia, pero empecé a barajar una o dos alternativas de consuelo que amainaran lo que viene después de semejante impacto. Fue allí que concluí que era mejor esperar, mejor decantar, mejor el silencio, y entonces memoricé determinadas situaciones pasadas donde ella y yo habíamos tenido ciertos cortocircuitos estúpidos, como la vez que tomamos la comunión y ella decidió no bautizarse por el consejo de mi hermano y toda esa estigmatización de la religión como cosa de virgos que cayó súbitamente sobre mí persona.
Eran las 18 hs, seguramente, y no paraba de pensar en su cara, en sus brazos, sus desnudos, porque mi hermano siempre estaba desnudo. Siempre estaba en calzoncillos, a lo sumo unos cortos, pero no mucho más. Llegué a pensar que eso era propio de su sabiduría de hombre derrotado, que se trataba de una decisión traficada al interior de su alma vencida, pues tenía que irse rápido, escaso de equipaje… marchito pero suelto. Eso me obligaba a mirarme en el espejo y observarme con mis putas preocupaciones para hacer de mis ojos dos bolas de fuego líquido y así… volver a él durmiendo, plasmado, atormentado, en su alrededor vacío, todo vacío estábamos nosotros, los que habíamos dado lo que pudimos para sacarlo de ese estado y nada funcionó. De recordar el día de la comunión y mi esperanza para captarlo por el anzuelo de la mano del Cristo redentor y traerlo de nuevo a la vida. De recoger sus cosas y ver sus medias, sus fotos, sus remeras rotas, todo eso y mucho más, que ahora me llenaba y me destrozaba haciendo olvidar el cómo y el cuándo se originó el declive. Lo extrañé tanto que quise morir con él, lo quise tanto que quise reemplazarlo en el imposible. Simplemente verter mi camino en su alma… verter su cuerpo en mi camino. Emprendí viaje a lo de mi sobrina. Tomé una ruta lenta y decidí que la noticia sería más tarde para mi madre. Primero estaba la hija. Ese era el orden correcto.
La ruta estaba repleta de autos, pero también desierta de afectos. Fue el viaje más largo de mi vida, porque amar a un hermano es una emoción compleja. El hermano viene con uno, es la teta de la madre, son las primeras confidencias y también las primeras piñas, las primeras palabras equivocadas… el primer amor, la primera envidia. Es por eso que nada me iba a sorprender o agarrar desprevenido después del shock de las 12 hs. Todo lo que sobrevino en el precipicio de la verdad fue una señalética para excusarme de no haber estado justo con él ahí en esa casa de paja, y fue también la coraza débil para empapelar la imagen de su vientre inflamado, porque así me lo imaginaba en la estación terminal: gigante, frío y profundamente triste en su deceso. Tuve que parar a un costado de la ruta para poder manejar hasta el asilo de mi madre o la casa de mi sobrina sin chocar, sin marearme, sin perderme…porque ya no sabía ni adónde iba, y no sabía absolutamente nada, pero sólo quería saber si el desasosiego paralizante me daría alguna tregua en medio de una jornada que se presentaba amarga, cruel, sin remiendo, imposible desde temprano. Estaba tan mareado y ofuscado, que en verdad tardé en registrar el camino correcto. Recuerdo haber entrado a una YPF para secarme las lágrimas. Recuerdo que pedí un café que nunca tomé. Estuve a punto de robar, si no es porque la mujer del mostrador me dijera: Señor, el agua son tres mil.
Mi sobrina siempre fue rara. Había estado en Alemania unos meses antes de la muerte de mi hermano, y nunca hubiese imaginado que aquella niña flexible casi huérfana tuviese el vuelo intelectual por el arte y la ciencia del amor que empezó a mostrar con el instinto sutil de su niñez. Tío, ¿tomamos un café?, Tío, ¿damos una vueltita?, esas eran sus dos preguntas favoritas, sus modos de compartir tiempo conmigo. La empecé a amar con el tiempo, la empecé a querer al darme cuenta de que era la hija de mi hermano y por ende tenía la obligación de estar con ella después del deceso temprano de su madre. La tomé como una enviada del cielo, una cruzada del amor etéreo: llegó para dar vida y sofisticación a una familia que se había tornado aburrida. Siempre fue linda, solemne. Era todo eso y mucho más, para cuando mi auto dio los primeros frenos en la calle Urquiza antes de llegar a Corrientes en el centro apagado de Rosario. Esa noche descubrí todo lo que me disgusta el centro, porque ella vivía por mano derecha en Urquiza, en un departamento alto, en la vereda que se pone más oscura. Cuando apareció, estaba más sabia que nunca, más admirable que todos los tiempos. Bajó, abrió las rejas, las rejas negras. Recuerdo que dio tres pasos atrás y se acercó, me observó. Detectó mis ojos de vidrio de fuego y me estrelló en un abrazo. Al oído, palpó unas palabras de tranquilidad y me dijo que hacía 2 ó 3 días intentaba localizarlo, me dijo que la mujer que lo acompañaba le había advertido sobre algunos problemas y le agregó que se quedara tranquila, se despreocupara, que todo estaba bajo control; pero ella y yo sabíamos que bajo control nada estaba desde el momento en que decidió hacer de su vida una descolgatura trasnochada a plena luz del día. Tuve que sentarme en el piso para llorar con ella. Ella me cobijó. Mi respiración era una cueva.
El momento de la verdad era inminente, el momento de la verdad venía cabalgando. ¿Por qué los padres no sueltan la mano de esos hijos que le infringen daño? ¿por qué la verdad no calma la incertidumbre de tantos años? ¿por qué el cierre definitivo (si es que podemos llamar cierre al deceso), no aplaca las angustias y las decenas de preguntas inciertas que carcomen la conciencia familiar durante años? ¿Por qué la depresión, las adicciones, los abandonos, las tardanzas, las mudanzas, nos dejan secuelas pasibles de convertirse en formatos de vida amoldables, acostables, abandonables, para toda la vida? ¿acaso los enfermos son como sabios adelantados, acaso se trata de bendecidos anticipados a eso del martirio y el sacrificio previos al más allá? Ya no era legítimo hablar para mí, ya nadie podía sugerir nada. El auto estaba en marcha y me aferré al silencio cristiano de reconocer mi soberbia pecadora al verme juzgar otra vez. Era mejor salir en silencio por calle Salta, llegar a circunvalación por el Bajo, y de allí emprender camino al asilo donde mi madre escucharía la noticia definitiva. Bebí una pastilla. Me miré al espejo, puse música, la apagué inmediatamente. Me aturdían mis preguntas, me aturdían las viejas charlas. Me aturdía la ausencia, el clamor, el grito invisible. Me mataba eso de hablar cuando no tenía mejor cosa que hacer o peor por encontrar. El auto estaba en ruta. No paré de castigarme.
Antes de llegar al pórtico lateral del geriátrico descendí en la ruta para orinar. Era la primera vez que iba al baño en todo el día. Sobrecargarme de ese trámite al entrar al asilo hubiese puesto más nerviosa la escena. No sería posible jugar de nuevo con los nervios y las curiosidades al momento de decir la verdad. Se me acurrucaba el cuerpo, se me desvencijaba Séneca, se me olvidaban los mil consejos del romano para estos casos. No podía creer que de nuevo me revolvía en argumentos internos para afrontar la verdad sin a su vez desear proteger y cuidar a mi madre. Cerré los ojos, me puncé porque supe: así había sido desde siempre, desde cuando mi hermano no regresó de aquellas fiestas de cumpleañitos de sus primeros amigos. Yo sabía que iba a explotar, yo sabía que iba a partir, y Dios no podía darme una señal inequívoca siendo tan chico y tan hambriento de Cristo al punto de haber sentido culpa por verme entre los privilegiados del cumpleaños… esos que se llevan las porciones del amor, la paciencia, la guía. Porque a diferencia de él, yo conocía bien eso del chocolate con durazno o del dulce de leche con almíbar cortado en porciones justas con servilleta blanca prolija y cuchara grabada en curva cóncava. Mi hermano no. Él no tenía idea del asunto. Lo miraba de reojo por la ventana, lo miraba desde la cama postrado, deglutiendo sus adicciones lentas, esas que los amiguitos le trackeaban con argumentos perversos pero convincentes hasta tomarle las barreras.
Me saludó el tipo de la puerta. Tenía camisa blanca. Le dije pará, me dejé las balizas puestas. Mis distracciones no podían proseguir y mis nervios no podían soportar un esquivo más. Nos saludamos como siempre, el tipo estaba alerta al ingreso de intrusos (nunca entendí cómo es posible un intruso en un geriátrico). A unos 6 metros del ingreso mis ojos cansinos y pesados de dolor divisaron a mi madre sentada del lado izquierdo de la mesa, haciendo el movimiento de manos característico y en seguida apagando la televisión fuerte. Estaba en su hobby, ese que acentuódesde el divorcio con mi padre y pasó a convertirla en la mujer a quien yo debía mi pasión por el Cine y por ende mi tara de ver esas películas que me narraban la vida de otro modo. Fue a partir de ella que pude ver mi frialdad fronteriza como una equívoca respuesta de mi ser, mal brindaba ante situaciones determinantes. Fue a partir de ella que pude comprender que era más conveniente darle aire al corazón y no tanto combustible a una razón fría y calculadora. Que era preferible observar al amor como paciencia, a la salud como el amor.
Le pregunté cómo estaba y me dijo que bien. Hacía unos cuántos días pensaba en mí y en mi hermano. Me preguntó cómo estaba y le hablé del trabajo, del barrio, lo de siempre. Su sapiencia táctica para dar la palabra justa era acompasada con una mirada suspicaz, nunca inocente. Era una especie de laissez faire de los errores humanos, porque sabía perdonar y castigar con dulzura. Esa noche me escuchó, me escuchó como siempre, y después de contarle algunas desavenencias en el trabajo o algún chasco de romance fallido, de nuevo me preguntó por mi hermano. Le aconsejé que fuéramos a la cama así la acompañaba hasta dormirse y de paso nos quedábamos charlando sobre la familia. Me preguntó por las palomas que cagaban y caían como bombuchas desde las ménsulas de hierro ubicadas en la esquina superior del supermercado de la esquina y si seguía fanatizado con Vivaldi o cambié las cuatro estaciones del cura por el Winter de Piazzola. La TV no mostraba nada interesante y ella me vio desde el reflejo de la ventana. Mi camisa era distractora de la escena y su pelo ya no era negro, pero seguía siendo largo. Nos tocamos las manos. Me dijo que estaba cansada. Me re-preguntó por eso de la chica y nos reímos a carcajadas por una nueva palabra que reemplazaba al ghoosting y ella la balbuceó y nos reímos de nuevo porque siempre pronunciaba mal el inglés. Mi garganta era un nudo y hubiese deseado romperme una muela para no hablar, pero su dedo meñique ya tocaba mi reloj. Le di un beso en la frente, le acaricié la cabeza. Me repuse integro, levanté unos centímetros la nuca. Me estaba por ir y ella me miró de reojo para que yo cometiera la última estupidez pecadora del día y asumiera así la ausencia definitiva de él… esa que iba entre la sabiduría de ella y el miedo de mí, esa que iba entre la experiencia de ambos y el deseo de tenerlo con nosotros. Me aferré a la última foto imaginaria, y en medio de toda esa noche de piedad ausente y día de exceso y retroceso sin preguntas asertivas, lo levanté de la cama. En paralelo le sonreí a mi madre y le estiré todas mis comisuras, la agarré de los brazos y la senté contra la almohada. Él, contento, entró feliz por la puerta derecha gritando un gol o riéndose como bien sabía, defendiendo ante la hinchada el último reducto de felicidad que había tenido y del cual no debió desprenderse nunca. Lo miré, me pare, me distendí, me acerqué de nuevo a mi madre. Le clavé los ojos en el fondo de sus pupilas y desde el costado él me hacía un gesto y me miraba como diciendo dale, dale… largalo. Fue entonces cuando la abracé mucho, entoné una voz solemne, dejé atrás el pasado y le dije de frente: ¡Mamá!, ¡mamá!, … al gordo… ¡lo declararon santo!
