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Un ecosistema de presión estética sin precedentes: las consecuencias de que la IA mida la belleza y condicione la autoestima


Esta presión afecta especialmente a las mujeres, que desde una edad muy temprana están sometidas a la tiranía de la imagen que se expande en redes sociales

En 1975, la escritora y filósofa estadounidense Susan Sontag escribió para Vogue un ensayo acerca de la belleza de la mujer desde un punto de vista feminista. En él, parte de términos socráticos y analiza el significado de esta cuestión para los antiguos griegos, pero también la forma de percibir el atractivo femenino en esa época que resulta pertinente más de 50 años después. En A Woman’s Beauty–A Put Down or Power Source, hace referencia a una cuestión contemporánea con respecto a la forma de estudiar la apariencia de las mujeres: el juicio basado en la fragmentación y la inspección de cada uno de los rasgos físicos: “Ellas son educadas para ver sus cuerpos en partes, y para evaluar cada parte de forma separada. Senos, pies, caderas, cintura, cuello, ojos, cutis, cabello, y así. Cada uno es sometido a menudo a un irritable y desesperado escrutinio”.

Esto mismo es lo que se hace hoy en día a través de un prompt —la instrucción que se escribe para pedirle algo a la Inteligencia Artificial—. Mediante la tendencia Facial beauty reportque se ha viralizado recientemente en ChatGPT, miles de usuarios comparten el resultado del estudio que la IA hace del propio rostro, identificando los puntos fuertes y aquellos que podrían mejorarse, concluyendo con una nota final a modo de porcentaje. La simetría facial, las proporciones, el aspecto de la piel o la armonía de los rasgos son solo algunos de los indicadores que definen esa valoración y pueden distorsionar la imagen que se tiene de uno mismo: “Puede influir significativamente en la salud mental, ya que transforma la belleza en una puntuación y favorece la autoobservación excesiva, la vigilancia corporal constante y la comparación social más rígida y cuantificada”, afirma Alejandra Rus Cuadrado, psicóloga sanitaria en ÍTACO Psicólogos y experta en análisis de la conducta con perspectiva feminista, que alerta sobre posibles consecuencias de esta problemática, como la dependencia de la validación externa o la contribución al desarrollo o empeoramiento de la dismorfia corporal, entre otras.

Esta presión afecta especialmente a las mujeres, que desde una edad muy temprana están sometidas a la tiranía de la imagen que se expande en redes sociales y, ahora, con mucha más virulencia debido a la IA que, como explica Nuria Oliver, doctora en Inteligencia Artificial por el MIT, directora de ELLIS Alicante y autora de Inteligencia Artificial, naturalmentees un reflejo algorítmico de una desigualdad social preexistente a gran escala: “Su impacto en la violencia estética opera en al menos tres niveles relacionados entre sí: la definición activa de cánones de belleza, la modulación de la visibilidad de los contenidos y la incorporación del sesgo estético en los sistemas de análisis y toma de decisiones. Los tres son preocupantes; juntos, constituyen un ecosistema de presión estética sin precedentes”.

Un extenso registro de sesgos culturales

“Los sistemas de IA aprenden de datos, y los datos que han consumido estos modelos reflejan décadas —o siglos— de sesgos culturales, históricos y raciales sobre lo que se considera bello. Cuando un sistema recomienda afilar la nariz o levantar los pómulos, no está emitiendo un juicio objetivo: está reproduciendo un canon estético con una genealogía muy concreta, el ideal de belleza eurocéntrico, blanco y occidental”, explica Nuria Oliver.

Efectivamente, este prompt es una prueba de cómo la Inteligencia Artificial funciona como un archivo que reproduce la información que un grupo concreto de personas ha depositado en él y, por tanto, fortalece sistemas de creencias y estereotipos, pero además también perpetúa muchas otras problemáticas sociales, como el racismo. La IA responde a estándares y estereotipos desde la mirada de determinados sectores que dictan lo que es bello. Emite un juicio cuantitativo y racional similar al del pensamiento platónico y aristotélico, es decir, que la proporción y la armonía eran lo que convertían a un objeto o persona en algo bello, independientemente de la opinión personal, frente a otras posturas más subjetivas. Por tanto, si se considera que la belleza no es una experiencia que reside en la percepción del que mira y se basa en una serie de pautas, conviene reflexionar sobre quién decide lo que es bello. Nuria Oliver sostiene que, en última instancia, lo indican los ingenieros y diseñadores que construyen estos sistemas, entrenados sobre los datos que reflejan los estándares dominantes en las sociedades occidentales, pero también el ecosistema social que genera esos datos: “La IA aprende de él y lo amplifica. El resultado es que se presenta como objetivo científico lo que en realidad es una elección cultural particular, excluyente y con profundas raíces históricas”, concluye.

Además, la Inteligencia Artificial está diseñada para pasar el mayor tiempo posible en ella y, actualmente, es una herramienta que millones de personas utilizan a diario: como consultora, consejera, dietista, entrenadora personal, guía espiritual e incluso compañera sentimental, por muy descabellado que pudiera parecer en 2013 cuando Spike Jonze presentó la película Her, en la que el protagonista se enamora de su sistema operativo. Por tanto, también recaba a diario toneladas de información sobre las preocupaciones y problemas de un gran conjunto de personas. María Rubio Canelo es criminóloga especializada en la intervención social con menores, coeducación e igualdad de género. Trabaja como educadora en el proyecto Te Pongo Un Reto: #RedesConCorazón, que trata de prevenir sobre los riesgos en los entornos digitales con adolescentes, familias y equipos educativos. Comenta que, con toda esa información, quienes están detrás de la IA son capaces de localizar los puntos donde pueden generar necesidades y deseos relacionados con la imagen: “Este tipo de análisis de belleza siempre nos van a dar unos parámetros mejorables para que, de manera continuada, intentemos llegar a un objetivo inalcanzable. Además, el uso que hacen los adolescentes también es preocupante por la baja estimulación del pensamiento crítico que deberían aplicar al analizar la información”.

Percepción disociada

Interpretar la realidad desde un punto de vista exclusivamente cuantitativo y objetivo desde la infancia conducir a obviar una gran parcela de conocimiento que se adquiere gracias al pensamiento subjetivo, lo que deriva en una mayor categorización y jerarquización de la realidad, de los demás y de uno mismo, simplificando cuestiones abstractas y complejas: “Si aprenden a medirse a través de puntuaciones, filtros o beauty reports, pueden interiorizar que su valor depende de encajar en un canon externo y no de su identidad global. Esto puede favorecer la auto- objetivación temprana, la inseguridad corporal y una relación más frágil con la autoestima”, confirma Alejandra Rus. Efectivamente, el hecho de que el beauty report analice el rostro por partes se basa en una perspectiva cosificadora del propio físico y el de los demás, como si fueran objetos modificables y separados del sistema valioso por sí mismo que es el cuerpo: “Fragmenta la identidad en elementos evaluables y debilita la percepción global e integrada de la persona. Favorece la hipervigilancia sobre defectos concretos y refuerza la idea de que cada rasgo es independiente y mejorable”, afirma la especialista.

Por tanto, según Nuria Oliver, “es urgente una regulación clara con este tipo de herramientas para evitar que la próxima generación de mujeres crezca con la idea de que su cara es un problema que necesita ser corregido por un algoritmo”. Pero también para que la forma de concebir a los demás continúe siendo humana, poliédrica y llena de matices. Para no coartar la forma en la que cada cual percibe su entorno, a los demás y a sí mismo. De lo contrario, elaborar un juicio del otro también será una experiencia distante y alejada de las percepciones personales que sobrepasan otros criterios delimitados por las modas, el paso del tiempo o la opinión pública: “Los patrones estéticos que hoy se asocian a la belleza o al éxito irán cambiando con el paso de los años, como siempre ha ocurrido en función del beneficio económico que se genere. Los resultados que ofrece la IA siempre vendrán acompañados de anuncios de productos, enlaces a centros de estética y tratamientos”, reflexiona María Rubio, que considera que las marcas que más inviertan en publicidad serán las que más se lucren de las consumidoras.

Olive Hoover, la protagonista de la película ganadora de dos premios Oscar Pequeña Miss Sunshine (Valerie Faris, Jonathan Dayton) protagonizó junto a su abuelo una de las escenas más tiernas y emblemáticas de la década de los 2000. En ella, una noche en su habitación, antes presentarse a un concurso de belleza infantil gobernado por unos cánones en los que sabe de antemano que no encaja, preocupada por convertirse en una perdedora, le pregunta a su abuelo si es guapa, a lo que responde que él responde que es “la niña más bonita del mundo”. Esa percepción de la hermosura de su nieta es real y verdadera, y una Inteligencia Artificial, por muchos datos que se introduzcan al respecto, es incapaz de entender —o sentir— por qué.