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Rusia: un circo enseña a niños desfavorecidos a «cambiar de vida»


Se presenta como «el único circo del mundo para delincuentes» y sus primeros artistas eran niños de la calle. Y aunque haya sido distinguido con el premio teatral ruso más prestigioso, el circo Upsala de San Petersburgo sigue despertando el recelo de las autoridades. 

Surgida prácticamente de la nada, únicamente de la voluntad de sus creadoras, esta institución ha recorrido un camino considerable en casi dos décadas. 

Hoy son más de 70 niños de familias sin recursos, huérfanos y discapacitados los que se entrenan bajo su carpa, en un parque del norte de San Petersburgo, para intentar desarrollar sus talentos y preparar nuevos espectáculos. 

El circo los selecciona a través de centros sociales, orfanatos y correccionales, principalmente, y los jóvenes artistas actúan 45 veces al año. 

Comprada con el dinero de patrocinadores, la carpa del Upsala cuenta con una pista, una sala de entrenamiento y un vestuario. 

Sus paredes están llenas de grafitis e inscripciones irónicas como la que dice: «si te portas mal, irás a trabajar al circo». 

Para Larisa Afanasieva, directora artística y fundadora del circo Upsala, el simple hecho de levantar la carpa ya fue de por sí «un sueño» que permitió decir adiós a los primeros entrenamientos al aire libre. 

Y parece que tanto esfuerzo va dando resultado: uno de sus números en los que participan niños con síndrome de Down, donde se mezclan haikus japoneses y acrobacias, ganó este año el premio «Máscara de Oro», el más prestigioso de Rusia en el ámbito teatral, en la categoría de «Experiencia». 

Afanasieva lanzó este proyecto en 2000. En aquel momento, cuando trabajaba de directora, conoció a una estudiante alemana que estaba de prácticas en Rusia, Astrid Shorn, que había trabajado durante sus estudios la cuestión del uso del circo para niños de medios desfavorecidos. 

A falta de medios, las dos jóvenes solo podían contar con su entusiasmo en aquel momento. Los primeros años, los niños se entrenaban al aire libre, en plazas de San Petersburgo o en cantinas. 

«Todos los niños y en especial los niños en situaciones de riesgo necesitan algo interesante, algo cool que les dé energía y ganas para cambiar de vida», explica Afanasieva. 

Este circo apunta, sobre todo, hacia los niños de la calle, muy numerosos en las ciudades rusas a finales de los años 1990, a causa de las dramáticas dificultades económicas que golpearon al país tras la caída de la Unión Soviética. 

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– Aprender a ser libre -. 

«Conocí a Larisa y Astrid cuando [practicaban] con un monociclo en la ribera», cuenta Nikolái Groudino, de 25 años, que entonces tenía 10. 

«Mi familia atravesaba un periodo muy duro y yo prefería pasar tiempo fuera. Pero, tras conocer a Larisa, me di cuenta de que era más interesante hacer cosas en el circo que deambular por la calle», recuerda el joven, que pasó de ser un pequeño «gamberro» a un artista gracias a Upsala. 

Pese a su éxito, Larisa confiesa que tiene la impresión de «no avanzar más», especialmente por la dificultad para comunicarse con estructuras oficiales como los orfanatos. 

«Era más fácil cuando empezamos, a principios de los años 2000. 

En aquella época, todo era más abierto. Hoy, hay demasiadas reglas, demasiados tabúes», lamenta. 

Según Afanasieva, a los orfanatos les cuesta aceptar que sus usuarios participen en un circo. 

«Le enseñamos a los niños a ser libres y eso da miedo [a las autoridades], que solo quieren que esos niños no se conviertan en delincuentes, mientras que nosotros hablamos de la libertad y del arte», añade. 

Con todo, el objetivo del circo Upsala sigue siendo el mismo de hace años, asegura: ofrecerle a los niños la alegría y la oportunidad de cambiar de vida.