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Rusia-Ucrania: las consecuencias de una guerra que conmociona al mundo


La abogada y politóloga Mariana Gómez, el periodista Ignacio Hutin y el analista internacional Marcelo Brignoni ponen la lupa en un tema que es una bisagra que cambiará el orden global

Por Martín Piqué – Télam

La guerra entre Rusia y Ucrania amenaza con prolongarse y convertirse en un combate urbano mientras el planeta se asoma a las primeras consecuencias de un conflicto que rediseñará el orden mundial, con impactos inmediatos en los precios de los hidrocarburos y el trigo, y que al mismo tiempo intensificará debates sobre las características del poder ruso, sobre la actividad de la OTAN en la última década y sobre la voluntad del Estado ucraniano de excluir a los rusoparlantes de su proyecto de nación, evaluaron en diálogo con Télam tres especialistas que conocen ambos países.

Por sus implicancias y por los países involucrados, lo que está ocurriendo en esa parte del mundo se emparenta con lo que mostró la pantalla el 11 de septiembre de 2001 /11-S), cuando se vieron caer las Torres Gemelas, y al día siguiente el diario Página/12 tituló desde la portada «Un mundo nuevo» para reflejar la percepción, entonces generalizada, de que aquel acto de terror desencadenaría cambios a nivel global, como efectivamente sucedió.

Esa experiencia de estar viviendo un acontecimiento bisagra se repite por estas horas con la guerra abierta en Ucrania, la invasión de su territorio por parte de las Fuerzas Armadas de Rusia y los combates que se libran en Kiev: el drama de la guerra, los muertos apilándose, el olor a quemado, el terror de la población civil, las familias cercenadas, las pérdidas y los desplazamientos, coexisten con las preguntas sobre el futuro inmediato.

¿Qué pasará con los precios de los productos que inciden sobre toda la economía mundial, como la energía y los alimentos? ¿Cuál será el impacto de la batería in crescendo de sanciones y de boicots cibernéticos dirigidos a Rusia que planifican por estos días la Unión Europea (UE), EEUU y la alianza militar atlántica que se creó en 1949 para defender militarmente a Europa Occidental y que tras la disolución de la URSS se expandió hacia el Este?

Estas cuestiones, junto al interrogante sobre si será posible una pacificación y bajo qué condiciones, fueron analizadas a pedido de Télam por tres expertos en temas internacionales que conocen el pasado reciente y la actualidad de Rusia y de Ucrania, incluyendo las dos provincias de la región conocida como Donbass, que Moscú acaba de reconocer como independientes bajo la denominación de Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk.

La abogada y politóloga Mariana Gómez se especializa en Rusia y fue docente en Pensamiento Político Ruso en un posgrado que se dictó en la UBA; el periodista Ignacio Hutin vivió cinco meses en Ucrania en 2017 -estuvo en Kiev pero también en la región oriental- y cubrió para el portal Infobae los enfrentamientos armados entre el Estado ucraniano y las milicias separatistas del Donbass; Marcelo Brignoni es analista internacional y columnista en varias radios.

Atentos a la evolución minuto a minuto de los combates, los tres pusieron el foco en los hidrocarburos, que ya registraron una escalada en los precios, pero además advirtieron sobre las consecuencias que podría tener la prolongación de la guerra para el precio y el abastecimiento de trigo, dado que Ucrania es el séptimo productor mundial (por delante de la Argentina, en el puesto 10) según las estadísticas oficiales de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación) del año 2019.

Sobre ese punto, Brignoni observó que una eventual pérdida de «stock triguero ucraniano en el mercado global tendrá consecuencias que todavía no se alcanzan a ver», incluso con repercusiones para la Argentina, porque la demanda internacional de ese cereal podría redireccionarse hacia «la producción de trigo argentino, que es básicamente exportable, lo que generaría una suba del precio en el mercado local»; un escenario que requeriría –aconsejó- adoptar medidas para desacoplar precios externos de internos.

En el caso de Ucrania, al tratarse de uno de los países más pobres de Europa junto a Moldavia (ambas naciones encabezan las estadísticas con los peores indicadores de PBI per cápita del continente), la guerra añadirá un factor de complejidad a una estructura económica que, según advirtió Hutin, ya se vio perjudicada por el Acuerdo de Libre Comercio Profundo y Amplio (Dcfta) que el gobierno de Kiev firmó en 2014 con la UE.

Hutin, autor de los libros «Ucrania: crónica desde el frente» y «Ucrania/Donbass, una renovada guerra fría», señaló que la implementación de esos acuerdos afectó sobre todo «a la región este del país (por el Donbass), que es la región más industrializada», ya que el levantamiento de restricciones y aranceles dejó indefensa a la industria ucraniana, «que obviamente no puede competir con la industria alemana», puntualizó el periodista.

Ese enfoque de análisis, el rasgo industrial que tenía la economía de la región oriental de Ucrania hasta el estallido de la guerra civil de Donbass, fue compartido por la politóloga Gómez, quien subrayó que en esa zona supo existir «una base industrial importante» que era clave en la vida de sus habitantes, quienes en su mayoría -recordó- «son rusoparlantes, descendientes de rusos o que tienen parentescos con Rusia en términos de tradición, de cultura, lengua y política».

«Ucrania se encuentra polarizada y fragmentada en dos grandes bloques. El sector occidental se encuentra más relacionado en la esfera política con Europa», repasó Gómez, quien durante un año y medio cursó estudios de maestría en Rusia, y al analizar las encrucijadas del Estado ucraniano aseguró que el dilema que enfrenta Kiev desde hace una década es que «no logra ser cohesionador» de toda la población, aunque tampoco parece proponérselo.

«En Ucrania no hay un proyecto común como nación, no hay un mito que aglutine a todos y en el que todos crean», añadió la investigadora sobre la fractura entre los ucranianos que consideran como una gesta heroica el Euromaidàn («La Revolución de la Dignidad», insurrección europeísta y nacionalista que culminó con el derrocamiento del mandatario Víktor Yanukóvich), y la población rusoparlante residente en el este.

El choque de visiones antagónicas viró hacia una guerra total en el Donbass en 2014 y a partir de entonces comenzaron acusaciones cruzadas de violaciones a los DDHH, un cruce que involucró denuncias a sectores políticos de Kiev de alentar un revisionismo histórico que -aparte de reivindicar la independencia- glorifica el nazismo en su lucha contra la Unión Soviética.

Con la experiencia de haber estado en el epicentro de los combates, Hutin aseguró que desde 2004 y con más fuerza desde 2014 en Ucrania «baja desde el Estado» una rusofobia sistemática que incluye «discriminación» y «xenofobia» que por años viene atacando «a los rusos y a lo ruso, a la cultura rusa», pero que a su entender no llegó al extremo de convertirse en un «genocidio contra la población ucraniana rusoparlante», como denunció públicamente Vladimir Putin.

«Rusia plantea que hay un genocidio o el principio de un genocidio en el Donbass. Yo creo que de ninguna forma hay un genocidio», opinó el excorresponsal de guerra, aunque por otro lado advirtió que en las tropas ucranianas y en el sistema político existen «grupos paramilitares particularmente fuertes que son neonazis, como el Batallón Azov o el Sector Derecho, con una lógica ultranacionalista», y a modo de ejemplo detalló que en la ciudad ucraniana de Ternopil (en la región occidental) se inauguró en 2021 un estadio con el nombre de Roman Shukhevych, jefe militar ucraniano que combatió junto a los nazis.

Shukhevych, reivindicado como héroe, dirigió al batallón «Nachtigall» que formaba parte de la Wehrmacht y a partir de 1942, como jefe de la policía auxiliar ucraniana, organizaba la búsqueda y eliminación de los partisanos soviéticos en Bielorrusia.

Otro de los debates derivados de la guerra es cuál será el efecto real de las sanciones económicas, aunque algunas voces -es el caso de Brignoni, por ejemplo- vienen planteando que la batería de medidas de la UE afectará a Moscú pero, casi en la misma proporción, también a Alemania: «Recién estamos empezando a ver el impacto del perjuicio que la rotura de las relaciones comerciales con Rusia le va a producir», alertó en ese sentido.

«La decisión de suspender la certificación y puesta en marcha del gasoducto Nord Stream 2 es totalmente contraria a los intereses de la industria alemana. Para dar una idea: la unidad de medida del gas -el BTU, British Thermal Unit- que tenía previsto el gasoducto Nord Stream 2 es del orden de 35 a 40 dólares el millón de BTU, mientras que el gas que tendrá que utilizar Alemania para reemplazarlo está casi al doble de ese valor», detalló.