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Opinión: «Trump invade Venezuela: ¿cambian las reglas de la política internacional?»


Por Diego Añaños - CLG

Por Diego Añaños – CLG

Cuando muchos creían que las intervenciones militares norteamericanas eran cosa del pasado, Donald Trump irrumpió en la escena con una invasión a Venezuela. La misión incluyó el secuestro de su presidente constitucional Nicolás Maduro para someterlo a juicio en los EEUU por considerarlo el jefe de una organización narcoterrorista. Independientemente de la perspectiva que se adopte, y considerando las probables irregularidades en la gestión del presidente depuesto, se trata de una aberración política de dimensiones. Se violó conjuntamente: la soberanía venezolana, el Derecho Internacional, y la Constitución norteamericana (que prohíbe taxativamente cualquier acción militar de esta escala sin el acuerdo expreso del Congreso Nacional). Como nota de color, debemos mencionar que el envío de agentes del FBI para leerle los derechos a Maduro durante la detención tuvo como intención transformar un hecho militar en uno policial para esquivar el escrutinio del Poder Legislativo. Nadie lo creyó seriamente. Pero lo verdaderamente inconcebible es que se hizo ante la mirada absorta de la comunidad internacional, y se festejó en redes sociales como una victoria. Si bien es cierto que los EEUU tienen una larga foja de servicio en la triste tradición de invadir países y deponer presidentes constitucionales, no debemos perder de vista que normalmente las acciones se llevaban adelante mediante acciones encubiertas de la CIA (si alguien tiene interés en ampliar sobre el tema, recomiendo la lectura del libro “Legado de cenizas”, del Tim Weiner, periodista ganador del Pulitzer). Hoy Donald Trump no sólo reconoce públicamente los hechos, sino que reivindica el derecho norteamericano a tutelar su interés nacional.

Pero, de dónde viene esa pretensión? El 2 de diciembre de 1823 el presidente James Monroe inaugura la doctrina que lleva su nombre. Según la misma, pasa a ser un principio rector de la política exterior norteamericana, que cualquier intento de intervención de una potencia extranjera en el continente americano es considerado como un acto de potencial hostilidad para con los EEUU porque amenaza su seguridad nacional. Originalmente, tenía como objetivo poner fin al colonialismo europeo, pero sentó las bases para una nueva forma de control geopolítico. Dado que la definición de ataque a la seguridad nacional es lo suficientemente imprecisa como para tolerar un amplio abanico de interpretaciones, los presidentes norteamericanos han utilizado el argumento para justificar diversas acciones: desde legitimar gobiernos dictatoriales (que supuestamente garantizaban un límite al comunismo internacional), hasta el derrocamiento de gobiernos constitucionales (porque amenazaban el interés nacional). En este sentido, el corolario Trump a la Doctrina Monroe establece que cualquier intervención de los EEUU en cualquier país americano debe ser interpretada como un acto de salvaguarda del interés nacional frente a las amenazas de otra potencia extracontinental. En términos prácticos, todo lo que suceda en América pasa a ser virtualmente un asunto de política interna norteamericana.

En pos de enriquecer el análisis hay un tema extremadamente relevante que debemos tomar en cuenta. A partir de 2005 los EEUU inicia un acelerado proceso de incremento de su producción petrolera a partir de la llamada revolución del fracking, que redujo los costes de la energía e impulsó un fuerte crecimiento de la economía norteamericana. Para 2014 el país del norte ya se había transformado en el mayor productor de petróleo del mundo (Importante: no confundir la producción anual con las reservas potenciales). Esto le permitió consolidarse como un exportador neto de combustibles y gas en el período 2018/2020. Sin embargo, aún no logró alcanzar el autoabastecimiento total ya que sigue importando crudo desde varios destinos, siendo su principal proveedor Canadá. El proceso es simple, importa crudo de baja calidad, lo procesa en sus plantas y lo exporta como combustible con algún grado de refinamiento. Es decir, compra barato, agrega valor, y vende más caro. Paralelamente realiza compras eventuales, aprovechando condiciones favorables de mercado, para fortalecer su reserva estratégica de petróleo (SPR en sus siglas en inglés). Dicho esto, adivinen qué país recientemente invadido de América del Sur, no sólo posee la mayor reserva de petróleo del planeta, sino que además produce crudo pesado y ácido (similar al que produce Canadá, recuerden, el mayor proveedor de los EEUU)??? Acertaron: Venezuela. Se encienden luces de alerta para los canadienses, porque a la invasión al país caribeño se le suman las constantes referencias de Trump a Canadá como el estado número 51.

Como sugiere José Siaba Serrate en Ambito Financiero, la invasión a Venezuela provocó mucho ruido en el ecosistema político internacional, pero un ruido encapsulado, que no contagió a los mercados. Las bolsas globales casi no se movieron y el precio del petróleo no registró movimientos inusuales. Aún no conocemos las consecuencias de la operación estadounidense, porque todavía no se ha disipado la espuma y no queda claro hacia dónde avanzarán los acontecimientos. Lo que sí queda claro que hay más de un elemento de análisis involucrado, tales como la lucha por la apropiación del petróleo venezolano, la búsqueda de un cambio de régimen político en Venezuela, la disputa geoestratégica que involucra cortar la cadena de suministro del petróleo venezolano a China (que acapara el 80% de las exportaciones) y a Cuba, así como los intentos de Trump de recuperar el terreno perdido en Latinoamérica en manos de la influencia de los chinos. El próximo objetivo confeso de Donald Trump es Groenlandia. Veremos si cumple con sus amenazas. Si finalmente se concretara, seguramente la conversación cambiaría de tono, y lo de Venezuela pasaría a ser sólo un episodio más de una escalada que hoy no parece tener fin. En los hechos, las instituciones multilaterales, como la OMC, la ONU o el G-20, han perdido poder de influencia. Sólo el tiempo dirá si estamos ante un cambio de época en el ecosistema político internacional.