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Opinión: «La inflación mileísta bate récords»


Por Diego Añaños - CLG

Por Diego Añaños – CLG

La fe mueve montañas, dice el refrán popular de orígenes bíblicos, y parece que algo de verdad tiene. Hoy queda comprobado en el hecho de que todavía quedan algunos fieles irredentos que le siguen dando al Gobierno un horizonte de crédito para que suceda el milagro y la inflación desaparezca de la faz de la Tierra. Los libros de texto que leyó Javier Milei decían que una vez fijada la oferta monetaria, a más tardar en veinticuatro meses la inflación sería irreversiblemente cero. Fue así, que el 13 de julio de 2024, y en el marco de la Fase 2 de su programa económico, el presidente y su ministro de Economía, anunciaron la implementación de la política monetaria de “emisión cero”. De ahí en adelante sólo había que comprarse una reposera y esperar que apareciera el cero delante de la coma para descorchar el champagne. No obstante, a veces la realidad es tozuda (como dijo alguna vez Fernando de la Rúa) y se resiste a comportarse como lo prevé la teoría. Pasó julio y nada (2,1%). Pasó agosto y nada, 1,7% (aunque hubo un intento fracasado de Milei de festejar el 0.8% de la inflación mayorista de julio como si fuera un triunfo).

Este martes conocimos el número de septiembre y estuvo mucho más cerca del 2% que de desaparecer, y ya ninguna proyección de ninguna consultora vislumbra la posibilidad de que la inercia inflacionaria se frene antes de fin de año, por lo que seguramente volveremos a estar un año más por encima del 30%. De este modo, el 1,9% que arrojó el mes pasado terminó de sepultar cualquier sueño febril del colectivo libertario (creo que acabo de descubrir un nuevo oxímoron) de eliminar el mal de todos los males. Pero hay un récord que Javier Milei ya consiguió y nadie se lo va a poder quitar (al menos en el corto plazo). En los primeros 34 meses de gobierno ya acumula un aumento del índice general de precios del 344%, el más alto acumulado en el mismo período por cualquier gobierno desde el fin de la Convertibilidad. Esto incluye los gobiernos de Néstor Kirchner, la primera y la segunda presidencia de Cristina Fernández, Mauricio Macri y Alberto Fernández. Por cierto es un raro logro para el primer presidente libertario de la Historia, que venía precisamente a terminar con la inflación de una vez y para siempre.

No importa, dirán algunos, nadie puede matar la fe. Un verdadero creyente no necesita pruebas, y confía en que, si se persevera en el camino correcto, la gracia finalmente llega. No alcanzamos la Canaán Celestial desinflacionada en el primer año de gobierno, no llegamos en el segundo, ni tampoco en el tercero; pero podemos confiar que el 2027 será el año donde la inflación definitivamente desaparecerá. Bueno, a decir verdad tampoco dicen eso las proyecciones. El Fondo Monetario Internacional, que esta semana ajustó a la baja las perspectivas de crecimiento de la economía argentina, también ajusto, pero al alza, las perspectivas inflacionarias para el año que viene, y pasó de un 15,7% a un 21,2%. La JP Morgan, por su parte estima que se ubicará por encima del 20%, al igual que el Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central, que la sitúa en el 20,5%. Sin embargo, el golpe de gracia lo dio el propio gobierno, cuando proyectó en el proyecto de Ley de Presupuesto 2027 una inflación del 18%. A confesión de parte relevo de pruebas, dice el Derecho, y Javier Milei terminará sus primeros (o últimos) cuatro años de gestión sin poder cumplir con su promesa de eliminar la inflación. De hecho, si consideramos que el presupuesto 2026 estimaba una inflación del orden del 10% y vamos a una del orden del 30%, es probable que las estimaciones oficiales sean extremadamente optimistas. A ver, si proyectamos la deriva del 2026 (un 200% de error), en 2027 podría trepar al 54% (al menos así hizo las cuentas el presidente cuando habló de la inflación del 17.693%, proyectando anualmente la inflación mayorista de diciembre de 2023). Si Javier juega a los malabares estadísticos, juguemos con Javier.

Pero no sólo Milei reniega con los precios. Su amigo Donald Trump no da pie con bola con la gestión económica, y las elecciones de medio término se acercan a la velocidad de un fórmula uno. Cuando ya faltan menos de tres semanas para las legislativas (que van a tener lugar el martes 3 de noviembre), la inflación de septiembre registró un incremento del 0,6%, llevando el dato interanual al 3,7%. En términos intermensuales es el mayor aumento desde abril, mientras que en términos interanuales es el registro más alto desde mayo, y estuvo levemente por encima de lo proyectado por las expectativas de los mercados. Los aumentos en los precios de la nafta (9,1%) y de la energía (5,2%), impulsados por el conflicto bélico iniciado por los EEUU en Medio Oriente, impulsaron fuertemente el índice general al alza. Si bien es cierto que si comparamos con la Argentina un 3,7% interanual parece muy bajo, el dato está muy por encima del objetivo de largo plazo del 2% que se fija la autoridad monetaria.

Y aquí hay que estar atentos, ya que puede surgir un nuevo motivo de preocupación para el gobierno argentino. Hace casi exactamente un mes, la Reserva Federal, y confrontando abiertamente con los deseos de Donald Trump, elevó los tipos de interés en 25 puntos básicos. Esto, claro, complica el acceso al financiamiento de la Argentina, ya que eleva la tasa que debe pagar para tomar créditos (y que surge de la suma de la tasa de la FED más el Riesgo País, que nuevamente está por encima de los 600 puntos). El dato negativo de inflación podría impulsar a la Reserva Federal a elevar nuevamente las tasas de interés en su próxima reunión del 28 de octubre, generando un dolor de cabeza más al equipo económico argentino (y por supuesto al presidente Trump). Como todos saben, ningún programa de estabilización neo conservador funciona sin el combustible del financiamiento, ya que no genera recursos por la vía virtuosa de la producción. Por eso, las recientes declaraciones del ministro Caputo que abrieron la puerta para la utilización del swap con China para hacer frente a los compromisos de deuda de bonos en dólares bajo legislación local, encendieron todas las luces de alarma en los mercados financieros, ya que se leyeron como una acción desesperada más que como la utilización de un recurso. El ministro no se trajo un solo dólar de sus últimos dos viajes, cuestión que incluso puso en duda su continuidad al frente de Economía. Las vacas están flacas, y el saco tira de todos lados.