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Opinión: «La economía en caída libre mientras Adorni se lleva la marca»


Por Diego Añaños – CLG

La agenda de la corrupción está instalada, definitivamente. Paralelamente, pasan los días, y van quedando pocas dudas de la comodidad que le genera al gobierno eludir el debate económico. El miércoles Manuel Adorni, en un montaje de bajísima calidad, hizo su mejor esfuerzo por mantener la llama encendida. Llegó, canchero, y con actitud desafiante revoleó la carpeta sobre el estrado. No sólo no explicó nada, sino que enfrentó a los periodistas y, personificando un galán de telenovelas en decadencia en un programa de chimentos, les aclaró que no iba a hablar de su vida privada. Algunos interpretarán que a las huestes fuerzacielistas les cuesta entender el límite difuso entre lo público y lo privado cuando estás en la gestión. Otros dirán que se hacen los sonsos. Pero desde el presidente para abajo, el funcionariado libertario no parece haber tomado nota de lo que significa estar en el lugar que están. Por lo pronto, se cumplió con el objetivo, continuar desviando la atención de la crisis. Habrá que ver por cuánto tiempo se puede mantener adormecido a un país con el placebo de la novela mediática cuando las heladeras están cada vez más vacías y las deudas se acumulan.

Según la mayoría de los analistas económicos, el gobierno comenzó a percibir que tiene un problema: la economía argentina está en fase recesiva, más allá de que el promedio de los movimientos de todos los sectores que componen la medición del Indec arroje como resultado un crecimiento. Tal vez los más fanáticos de los guerreros cruzados de las Fuerzas del Cielo, que además ignoran profundamente la ciencia económica, se resistan a darse cuenta. Pero ningún funcionario serio del gobierno duda de que más temprano que tarde la agenda económica les va a pasar por encima. Personalmente, siempre guardo la secreta esperanza de que haya sido parte del plan desde el comienzo, es decir, que se haya avanzado rápidamente con el ajuste salvaje, para luego corregir sobre el límite. Digo, porque si un equipo económico no registró desde el día cero que un ajuste fiscal, más un ajuste monetario, más la eliminación de las paritarias, más la baja de las jubilaciones, más la suspensión de la obra pública, más la apreciación deliberada del tipo de cambio, conducían irreversiblemente a una crisis, estamos hablando de una asociación ilícita, pero no ya de delincuentes, sino de inútiles.

Sobre fin de la semana pasada Luis Caputo, contra todos los diagnósticos de los economistas (propios y extraños), destacó la buena salud de la que goza la economía nacional. Despuntando un vicio habitual de los miembros del equipo económico del oficialismo, eligió arbitrariamente algunas variables y las arrojó sobre la mesa, omitiendo, por supuesto, cualquier tipo de desagregación de datos y de análisis sobre el comportamiento de las mismas. Eligió hablar del crecimiento de la economía en 2025, pero sin explicar que ese crecimiento fue traccionado por sólo tres sectores y el aumento de impuestos. También hizo mención el aumento de la inversión, que se ubicó en el 16,4% del PBI, pero olvidó mencionar que no es un número destacable (inferior al 2023, con Alberto Fernández, al 2017, con Mauricio Macri o al 2011, con Cristina Fernández). Elogió el incremento del consumo, pero omitió mencionar que el ítem de mayor crecimiento fue el Turismo Emisivo (sí, así como lo escuchan: E MI SI VO), a la vez que ignoró un detalle: el consumo masivo se hundió un 6,3% en febrero. También olvidó consignar que la desocupación abierta creció al 7,5% en el cuatro trimestre del año pasado, o que la creación de puestos informales superó largamente a la destrucción de puestos formales. En fin, un papelón frente a cualquier alumno de segundo año de la carrera de Economía, pero que en contextos como el que estamos atravesando, pasa de largo, como colectivo lleno.

Decíamos la semana pasada, que si el gobierno consigue cumplir con su promesa de llevar la inflación a algún número que comience con cero, el problema para los trabajadores persistía. Agregábamos además, que incluso si el nivel de precios no volviera a incrementarse nunca más, seguíamos con problemas. Me crucé con algunos de nuestros lectores por la calle y me plantearon que no quedaba claro. Según su visión, si los precios dejaban de crecer, la Argentina podía resolver uno de los mayores problemas de su historia. No podían entender cómo, si la inflación desaparecía, el problema seguía ahí. Es probable que tengan razón, seguramente no fui todo lo claro que ameritaba la situación. Pensémoslo así. Un grupo de personas debe caminar detrás de una manada de ciervos que son la fuente principal de su alimentación. Si se mueven a una velocidad promedio de cinco kilómetros por hora, mientras que los animales lo hacen a quince, la distancia entre cazadores y presas se irá incrementando a un ritmo de diez kilómetros por hora. Digamos que marchando ocho horas por día, la brecha se ampliará ochenta kilómetros diarios. Si por alguna causa desconocida, los animales comienzan a desplazarse a la mitad de la velocidad, o sea siete kilómetros y medio por hora, la brecha seguramente se achique, pero jamás los van a alcanzar. Ahora, si en cualquier momento tanto los cazadores como los ciervos dejan de desplazarse, las posibilidades de encontrarse son iguales a cero. Eso es lo que sucede en un proceso inflacionario cuando los salarios van quedando rezagados frente al ritmo de crecimiento del índice general de precios. Para recuperar la capacidad de compra de los salarios, no es suficiente con que le inflación se enlentezca o incluso se frene. Si los salarios no comienzan a caminar más rápido que la inflación, jamás vamos a solucionar el problema. Tan simple como eso. Salarios pulverizados destruyen la demanda, y sin demanda efectiva (que es el combustible fundamental del sistema), el capitalismo no funciona. Nadie tiene dudas de eso, no importa si sos libertario, comunista o hincha del Galatasaray.