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Opinión: «Hablemos de la corrupción (para no hablar de la economía…)»


Por Diego Añaños - CLG

Por Diego Añaños – CLG

Como decíamos la semana pasada, el número de febrero volvió a demostrar que, lejos de estar en franco retroceso, la inflación está más viva que nunca. Desde los sectores más ultramontanos del oficialismo, le siguen echando la culpa al kirchnerismo, como si no hiciera más de dos años que están al frente de la gestión nacional. A través de sus redes sociales, Luis Caputo sostuvo hace unos días que en realidad, el índice de febrero (2,9%), es una confirmación del proceso de desaceleración de precios (que en la realidad no hace más que acelerarse desde hace ocho meses). Cuando más de uno pedía el chaleco de fuerza, el bueno de Todo pretendió esconderse detrás del escudo de un discurso teórico encriptado (no accesible para el sabalaje, digamos), y agregó que en realidad lo que se estaba observando no era más que el efecto de un proceso de corrección de precios relativos. Y claro, el ministro tienen razón, es imposible contener una inflación de un modo virtuoso hasta que se consigue recomponer un esquema de precios relativos razonables. El tema es que, mientras todos los precios están en la carrera por ordernarse, hay uno que pierde por goleada, y es el salario. La mala noticia es que es poco probable que esta dinámica mute mientras Javier Milei sea presidente, ya que el salario es una de las dos anclas antiinflacionarias, junto al tipo de cambio.

Es por eso que, incluso si se cumple lo que promete la conducción económica y la inflación de agosto empieza con cero, el problema persiste. Es más, si los precios no vuelven a subir nunca más, el problema persiste. Porque es el nivel de precios el que sepultó el poder adquisitivo de los ingresos de los trabajadores, y los mantiene en el tercer subsuelo porque el gobierno pisa las paritarias, mucho más que el ritmo de crecimiento. Y es precisamente esa batalla (la que los salarios están perdiendo con los demás precios de la economía), la causa principal de la crisis económica que estamos atravesando, una crisis que ya se llevó puestas 22.068 empresas (cierran aproximadamente 30 por día). Por eso, cuando el presidente dice que el dueño de Fate, le tiró a la calle 920 trabajadores, está faltando a la verdad. Esos trabajadores están en la calle por las decisiones de política económica de su gobierno, que no sólo produjo el cierre de Fate, sino de 20.067 empresas más. No importa que hables con un empresario de la cadena plástica, con un panadero, con el dueño de una metalmecánica o con el encargado de la concesión del bar de un club. La respuesta es siempre la misma: la gente no tiene un mango. En términos numéricos es casi otra pandemia, pero esta vez deliberadamente inducida.

En ese contexto, daría toda la impresión de que el gobierno tiene tal descalabro en todas las variables económicas relevantes, que prefiere enredarse en los cuestionamientos mediáticos por los casos de corrupción que hablar de lo irreversible, que es el fracaso del programa económico. De hecho, ya estamos sospechando que directamente está financiando la campaña mediática en su contra por los viajes de Adorni (con su mujer a EEUU y con sus hijos en avión privado a Uruguay) para evitar tener que dar explicaciones claras de por qué no se cumple ninguna de sus promesas de campaña (dolarización, cierre del Banco Central, pulverización de la inflación, catarata de inversiones extranjeras, subas de salarios, crecimiento económico, etc). Y el miedo no es sonso, es preferible manejar la agenda aunque ello implique problemas de comunicación, que perder la iniciativa y tener que ir a jugar el juego que propone el adversario. Por otro lado, Milei conoce la historia, y sabe que es mucho más probable que una crisis económica se lleve puesto un gobierno, que lo haga un escándalo de corrupción, por grave que sea.

Hoy el Gobierno tiene dos activos. El primero es la fe. Sinceramente no sabemos con precisión si a esta altura son mayoría o no, pero un número no despreciable de los argentinos conserva la confianza en que Javier Milei va a mejorar su situación. Y cuando prevalece la fe, no importan los datos, no importa la evidencia empírica, y no importa la realidad cotidiana. El segundo es la gran distancia que separa la coyuntura actual con las elecciones ejecutivas del 2027. Más allá de que algunas encuestas están registrando una marcada caída en la imagen de la gestión libertaria, el reciente éxito en las legislativas de medio término, transporta en el tiempo al próximo test electoral. Esto le permite postergar el horizonte de las promesas hacia adelante, por lo que, si nada raro ocurre, faltan casi dos años para someter la gestión al escrutinio popular.

Mientras tanto hay que pagar por la tranquilidad. Milei sabe que hay dos factores que han producido explosiones populares y conflictos sociales en la Argentina: el hambre y la intervención de las cuentas bancarias. En efecto, y a contramano del relato oficial, tanto la cantidad de subsidios directos a los sectores más desfavorecidos (puntuamente AUH y la Tarjeta Alimentar) como los montos de las asignaciones son aún mayores que durante el gobierno de Alberto Fernández. Esto le permite mantener los barrios populares bajo control. Paralelamente, desde el Ejecutivo se repite como un mantra que todo lo que se logró se hizo sin un plan Bonex (es decir, sin afectar el derecho de propiedad sobre las cuentas privadas). Esto le permite mantener a la clase media bajo control. De este modo, y en medio de una crisis que cada vez huele más a 2001, en vez de ver gente enfurecida, vemos gente abatida, triste. Es en momentos como éstos, cuando vale recordar las palabras de  Byung-Chul Han: “Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento, se hace responsable a sí mismo y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema En eso consiste la inteligencia del régimen neoliberal. Dirigiendo la agresividad hacia sí mismo el explotado no se convierte en revolucionario, sino en depresivo”.