Por Diego Añaños - CLG
Por Diego Añaños – CLG
En nuestros comentarios, solemos afirmar que predomina en la Argentina una visión profundamente parroquial de los acontecimientos. Según la misma, tanto los éxitos como los fracasos de los gobiernos, tienen su fundamento en sus capacidades (o en la ausencia de ellas), y cada gestión tiene la capacidad de definir si triunfa o fracasa. Contrariamente, en algunos sectores, se impone la visión opuesta, esto es: nada de lo que haga un gobierno puede modificar el rumbo de los acontecimientos históricos, que siempre depende de las condiciones del ecosistema global. Evidentemente ambas están equivocadas, y ambas tienen algo de razón. Lejos de nosotros buscar la tibieza de la comodidad que nos provee transitar la amplia avenida del medio, pero evidentemente la cosa tiene sus matices, y es cada coyuntura histórica la que establece las condiciones para el análisis.
En los últimos tiempos, la mayoría de los analistas tienen su foco puesto en las constricciones que impone la agenda global. Mejor dicho, en algunas de las constricciones que esa agenda impone, particularmente las políticas. De este modo, y a nuestro humilde, pero también honesto entender, exageran la influencia que determinados fenómenos políticos tienen sobre la realidad local. Ejemplos concretos de ello son la sobrevaloración del impacto que las elecciones en otras latitudes, como en Brasil, Israel o los EEUU podrían eventualmente tener sobre el destino de nuestro país. A ver, sin negar la influencia efectiva que la política tiene sobre el desempeño económico, parece claro que la economía argentina depende mucho más de la evolución de los precios de los productos exportables, de la demanda global, o del clima financiero internacional, que de factores como la victoria de uno u otro candidato en Brasil. Es más, daría la impresión de que los efectos emocionales sobre el presidente Milei, exceden largamente los efectos económicos, que por el momento se restringen a una leve devaluación del real.
En este sentido, si bien en primera instancia pareciera evidente, falta una buena explicación de la relevancia de ciertos fenómenos políticos para nuestro país. Digamos, está claro que, si bien no sufrió una derrota humillante, a Netanyahu no le fue demasiado bien en las elecciones. De hecho los verdaderos ganadores fueron los partidos árabes que, dependiendo de los resultados finales del conteo definitivo, obtendrán entre 17 y 18 escaños, la mayor representación en el parlamento Israelí de la historia. Por otro lado, y sin lugar a dudas, las mayores derrotadas fueron las encuestadoras, que estuvieron muy lejos de acercarse a los resultados. Ahora, la cuestión es: en qué favorece o afecta a la Argentina? Imaginemos lo más evidente, Netanyahu no puede formar gobierno y queda relegado. Milei pierde un aliado directo, es cierto, pero alguien piensa que va a haber un cambio de 180° en la política exterior israelí? Es poco probable, al menos eso parece.
Pasadas las elecciones de Brasil y de Israel, ahora todas las miradas están puestas en las elecciones de medio término de los EEUU. Sin dudas que son un acontecimiento de relevancia global, pero es poco probable que cambien las condiciones de corto plazo para la Argentina. Trump va a perder la Cámara de Representantes, eso es un hecho, y está trabajando a marcha forzada para tratar de hacer control de daños y no sufrir una derrota aplastante en el Senado. Hasta ahí la cosa. Es cierto que, de darse ambas, el presidente queda a tiro de impeachment. Es cierto también que eso limitaría en alguna medida las posibilidades de asistencia a nuestro país el año que viene. Pero no mucho más. Hoy la suerte de Javier Milei está mucho más atada a una robusta recuperación económica en 2027 que a un préstamo desesperado de última hora o a una foto con algún líder mundial. Claro, hay que decirlo, y al igual que lo planteábamos al comienzos de este año cuando se especulaba con que íbamos a crecer al 5%, no existe ninguna señal consistente que nos permita conjeturar que esa recuperación es posible. Como pedíamos hace 10 meses, más allá de las proyecciones y las especulaciones, necesitamos ver cuáles son los drivers del crecimiento. Hasta acá, no aparecieron.
Pero bueno, con Javier la locura siempre es poca, y siempre que la capacidad de asombro se agota, te lleva dos pasos más allá en el carnaval del delirio. El presidente, junto a su amigo Damián Reidel, presentaron el martes pasado un paper con el que se proponen disputar el Premio Nobel. En su versión de divulgación, nos cuentan cómo la teoría económica tradicional comete un error teórico al presupones la existencia de rendimientos decrecientes a escala, dado que con eso se mata el crecimiento económico. En síntesis, nos explica cómo crecer. Seguramente habrá que esperar a que la versión final esté terminada, y de ese modo poder discutir con más elementos. Ahora, sin ponernos demasiado sofisticados: si el presidente que se identificaba como un experto en crecimiento con y sin dinero, sólo hizo crecer alrededor de un 5% la economía en 3 años (y de un modo absolutamente desequilibrado), creo que debería revisar nuevamente los fundamentos de sus presupuestos teóricos, porque no sólo las cosas no le están saliendo, sino que apuntan a empeorar en su último año de gestión.
