Por Diego Mussetta - CLG
Por Diego Mussetta – CLG
No fue el mejor partido de la Selección. Lejos estuvo de parecerse a ese equipo dominante que por momentos enamora. Hubo nervios, imprecisiones, dudas, pasajes de sufrimiento y una sensación permanente de que cualquier error podía costar demasiado caro. Pero otra vez apareció eso que no se entrena. Eso que no figura en las estadísticas. Eso que convirtió a este grupo en uno de los más importantes de la historia del fútbol argentino: el corazón.
Argentina ya está entre los cuatro mejores del Mundial 2026. Y no llegó jugando su mejor fútbol. Llegó porque nunca dejó de creer. Porque cuando el juego no aparece, emerge el carácter. Porque cuando las piernas pesan, el alma empuja.
Suiza fue un rival incómodo, disciplinado y por momentos superior desde lo físico. Obligó a la Selección a jugar un partido distinto, de esos donde hay que ensuciarse, correr más de la cuenta y aceptar que el brillo puede quedar para otro día. Y Argentina entendió el mensaje.
Este equipo tiene algo que muy pocos seleccionados consiguen: jamás abandona la pelea. Puede equivocarse, puede jugar mal, puede sufrir. Pero nunca deja de competir.
Ese ADN campeón volvió a aparecer cuando más falta hacía. El sacrificio colectivo, la solidaridad para recuperar cada pelota, la entrega de quienes entran desde el banco y el compromiso de todos por sostener un resultado terminaron marcando la diferencia.
Ahora el escenario cambia. Llegan las semifinales. Y el cuadro presenta un dato que alimenta todavía más la ilusión: será Europa contra Argentina. Una vez más, la Albiceleste representando al fútbol sudamericano frente a potencias del Viejo Continente.
No será sencillo. Nunca lo es a estas alturas. Cada rival llega por méritos propios y los errores se pagan muy caros. Pero esta Selección hace tiempo demostró que sabe convivir con la presión y que cuanto más grande es el desafío, más fuerte late su corazón.
Quedan dos partidos. Apenas dos escalones separan a la Argentina de volver a escribir otra página inolvidable. Todavía falta mucho. Habrá que mejorar futbolísticamente. Habrá que recuperar energías. Habrá que ajustar detalles. Pero mientras este grupo conserve esa rebeldía para levantarse cuando las cosas no salen, mientras siga defendiendo cada pelota como si fuera la última y mientras el corazón del campeón continúe latiendo con esta fuerza, la ilusión seguirá intacta.
Porque este equipo, aun en sus tardes menos brillantes, siempre encuentra una manera de recordarnos por qué sigue estando entre los mejores del mundo.
