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Opinión: «De los silbidos del Brigadier López a la cima del mundo: ¡gracias Messi!»


Por Diego Mussetta - CLG

Por Diego Mussetta – CLG

Hay futbolistas que se retiran. Y hay futbolistas que, cuando empiezan a despedirse, obligan a una generación entera a mirar hacia atrás. Lionel Messi es de esos.

Porque para quienes tuvimos la suerte de verlo jugar durante tantos años, su historia con la Selección no fue solamente una sucesión de partidos, Mundiales y Copas América. Fue parte de nuestras propias vidas.

Yo tuve la fortuna de verlo en una cancha. Dos noches frías de julio de 2011, en Santa Fe. La primera todavía parece increíble: Argentina empató con Colombia en el Brigadier Estanislao López y los silbaron. Sí, a vos. El que años después iba a levantar la Copa del Mundo. El que nos iba a regalar algunas de las noches más felices de nuestra historia.

La segunda fue todavía peor. Uruguay nos eliminó por penales de aquella Copa América y otra vez aparecía esa sensación de que con vos la Selección nunca iba a poder. Pero no era cierto. La historia recién estaba empezando.

Te vimos debutar contra Hungría y ser expulsado después de apenas unos segundos. Te vimos campeón olímpico en Beijing 2008, con aquella selección maravillosa que parecía anticipar todo lo que vendría.

Y después vinieron los golpes.

Alemania 2006. Aquella imagen tuya sentado en el banco, con la mirada perdida mientras Argentina quedaba eliminada. Brasil 2014, cuando estuvimos a un paso y Alemania nos arrancó el sueño en el Maracaná. Chile 2015. Estados Unidos 2016. Tres finales perdidas. Y aquella noche en la que dijiste que no querías jugar más para la Selección. Quizás ahí comenzó a cambiar la historia. Porque volviste. Y después llegó 2019.

No fuimos campeones, pero algo había empezado a modificarse. La Selección volvió a tener una identidad. Vos empezaste a disfrutarla de otra manera. Y apareció una generación que entendió que no tenía que jugar para Messi, sino junto a Messi.

Y entonces llegó el Maracaná. Brasil. 10 de julio de 2021. La Copa América. El abrazo de todos. Tu llanto. El título en plena pandemia con el imponente estadio de Río de Janeiro casi sin hinchas. Después de tantos años, finalmente te vimos levantar una copa con la camiseta argentina. Y desde ahí todo pareció acelerarse.

Wembley. La Finalissima. Italia enfrente y Argentina jugando como si estuviera en el patio de su casa. Y después Qatar. Qatar 2022. Es imposible explicar lo que significó ese Mundial. Quizás porque fue el último gran sueño que nos quedaba. Y vos lo jugaste como si supieras que no podía escaparse.

Cada partido fue una historia. Cada gol, una fotografía. Cada festejo, una descarga. Hasta que llegó Francia. La final. El partido más hermoso, angustiante e inolvidable que muchos de nosotros hayamos visto. Y el abrazo final. La Copa en tus manos. Argentina campeón del mundo. Ahí, sinceramente, pensé que ya estaba. Que no nos debías absolutamente nada. Pero todavía hubo más. La Copa América 2024. Otra vuelta olímpica. Otra estrella. Y después este Mundial 2026. Con 39 años. Cuando ya no había nada que demostrar. Y aun así volviste a demostrarlo todo. Quizás ahí está la dimensión verdadera de Messi. No solamente en lo que ganó. También en todas las veces que volvió cuando era mucho más fácil quedarse en casa. Por eso duele esta despedida. Porque no estamos despidiendo solamente al mejor futbolista que muchos vimos jugar. Estamos despidiendo al Messi que nos acompañó durante una parte enorme de nuestras vidas. Al Messi de los primeros años. Al Messi que sufría las críticas. Al Messi que perdió finales. Al Messi que quiso abandonar. Al Messi que volvió. Al Messi que lloró en el Maracaná. Al Messi que besó la Copa América. Al Messi que levantó la del mundo. Al Messi que, con 39 años, todavía fue capaz de ponerse la camiseta argentina y hacer lo que mejor sabe: jugar al fútbol.

Yo lo vi en Santa Fe en 2011. Lo vi cuando todavía había quienes dudaban. Y tuve la enorme suerte de verlo después convertirse en aquello que todos terminamos entendiendo que era. Una leyenda.

Gracias, Leo. Gracias por las alegrías y también por las tristezas. Porque hasta las derrotas con vos terminaron formando parte de una historia que vamos a contar toda la vida. Gracias por no rendirte. Gracias por volver. Gracias por hacernos felices. Gracias por regalarnos el Mundial que durante tantos años soñamos. Y gracias por haber compartido con nosotros una época que, cuando pase el tiempo, vamos a entender todavía más lo extraordinaria que fue.

La camiseta 10 tuvo muchos dueños. Pero hubo dos que la hicieron eterna. Diego y Leo. Maradona y Messi. Dos argentinos. Dos genios. Una camiseta. Y una historia que ya no necesita ningún capítulo más. Gracias por todo, Messi.