Por Diego Añaños - CLG
Por Diego Añaños – CLG
En la semana se dio una de las movilizaciones populares más importantes de los últimos tiempos. Más allá de la simpatía o la antipatía que genere la marcha, nadie puede poner en dudas que la capacidad de convocatoria de Cristina Fernández de Kirchner sigue vigente. La oposición mediática, como era de esperarse, fue por la novela. Los panelistas que circulaban por los canales de televisión se preguntaban si la ex presidenta podría recibir visitas. Si la tobillera electrónica le permitiría bañarse normalmente. Si le estaría permitido hacer pedidos de comidas rápidas, mi disfrutar de las plataformas de series y películas. Si se establecería un régimen de salidas en caso de tener una urgencia médica o familiar. Hasta el gobernador de la provincia se metió en el debate. Efectivamente, Pullaro consideró que no sería bueno que “haya movilizaciones ni que Cristina salga al balcón de su casa todo el tiempo porque así se pierde el sentido” (de la prisión domiciliaria, claro). Supongo que lo dijo simplemente como una opinión personal, porque hasta donde llega mi información, el gobernador es politólogo, no abogado.
En la arenga a sus seguidores Cristina sostuvo que no hay otra causa para su detención que la inminente caída del modelo mileísta. A ver, no es desacertado afirmar que el programa económico ya fracasó desde el momento en que Milei tuvo que capitular y pedir la asistencia de última instancia del FMI. Sin embargo, la evidencia empírica muestra que, incluso bajo estas circunstancias, las fuerzas políticas que gozan de un masivo apoyo popular, conservan sus posibilidades de mantenerse competitivas. Entonces, una cosa es el fracaso y otra muy distinta la caída. Las variables económicas muestran hoy comportamientos dispares. Aquellas que la población asocia con la estabilidad y disipación de la angustia, como la inflación y la cotización del dólar, están relativamente controladas. El consumo, la producción y el empleo están indudablemente heridas de muerte, pero esta circunstancia no es debidamente valorada por una gran mayoría de los ciudadanos.
Hoy la realidad muestra que el tejido productivo argentino agoniza, y en muchos sectores industriales el porcentaje de ocupación de capacidad instalada se ubica por debajo del 50%. Como venimos sosteniendo consumo no sólo no se recupera, sino que tampoco muestra señales de un cambio de tendencia inminente, de hecho volvió a caer en mayo. Según un informe publicado recientemente por Coninagro, las producciones regionales de vino, yerba, cítricos, papa y algodón afrontan un proceso de fuerte caída de su rentabilidad, mostrando muchas de ellas doce meses en fila en rojo, y empeorando. A los defaults de Los Grobo, Celulosa, Gemsa y Aconcagua Energía, se le sumó esta semana el rescate de citrícola San Miguel, a través de un préstamo de U$S15 millones, financiado por sus propios accionistas. El programa es una aspiradora de dólares infinita y ya ni siquiera alcanza con los últimos U$S7.000 millones de deuda que el gobierno anunció que saldrá a colocar hasta fin de año (más los U$S20.000 millones del FMI, los U$S22.000 millones de los multilaterales, los U$S1.000 millones de la semana pasada y los U$S2.000 millones del REPO). Ahora el gobierno apura el proceso de privatizaciones de empresas y venta de inmuebles del Estado para incrementar las reservas (cada vez más flacas) del BCRA. Y las críticas no sólo provienen de la oposición. Para muestra basta un botón: en un reportaje reciente, miembros de la Asociación Cristiana de Empresarios, al margen de valorar la baja de la inflación, pusieron énfasis en la importancia de no perder de vista los efectos del plan económico sobre los niveles de pobreza y la desocupación creciente.
Vamos cerrando. No estoy tan seguro de que el gobierno quisiera a Cristina presa. Desde el principio tuve la impresión de que quería competir con ella, porque tenía la percepción de que podía ganarle. Y una derrota de la líder máxima del progresismo vernáculo significaba, al menos para el imaginario libertario, empujar el último clavo del cajón del kirchnerismo. En los hechos esto no hubiera sido necesariamente verdad. En el año 2009, y luego del conflicto del campo por la Resolución 125, el oficialismo perdió las elecciones de medio término, destacándose la derrota histórica que la propinó Francisco de Narváez a Néstor Kirchner en la provincia de Buenos Aires en la pelea por la cámara de Diputados. En aquel momento, los titulares marcaban la muerte y sepultura de kirchnerismo. Sólo dos años después Cristina ganaba con un impresionante 54,11% en la primera vuelta, sacándole más de 37 puntos y más de 8.000.000 a Hermes Binner. También podemos recordar que en las legislativas de medio término del año 2017, el PRO ganó cómodamente las elecciones, por un amplio margen. En ese entonces, y luego de ganar las primarias, Cristina perdió en la carrera por el Senado con Esteban Bullrich por más de 350.000 votos. Fue la primera derrota de su carrera política. “No vuelven más”, rezaba el mantra amarillo. Dos años más tarde, Alberto Fernández ganaba las elecciones y se consagraba presidente, luego de ser ungido como candidato por la propia Cristina. En síntesis, habrá que tener un poco más de paciencia para encontrar un médico que firme el certificado de defunción. Ojo, no digo que no sobrevenga una profunda crisis de representación cuando se saca del juego a la pieza fundamental del tablero nacional y popular. No siempre la historia se repite, y es cierto que cambian los tiempos, las personas y las circunstancias. Pero un poco de prudencia no vendría mal. Especialmente cuando una gigantesca máquina electoral como el peronismo parece empezar a despertarse de un largo letargo.
