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Opinión: «Central ganó más que un clásico; Newell’s se hunde y no levanta cabeza»


Foto: Juan José García

Por Diego Mussetta - CLG

Por Diego Mussetta – CLG

El clásico rosarino volvió a confirmar una tendencia que hoy por hoy no admite discusión: Central es el dueño absoluto del presente en la ciudad. El triunfo de este domingo en el Coloso no solo significó el sexto consecutivo ante Newell’s, sino que además estiró la diferencia en el historial a 22 partidos. Una distancia que duele en el Parque y que se celebra con lógica euforia en Arroyito.

El partido tuvo un arranque parejo, con unos primeros 20 minutos en los que Newell’s intentó plantarse con intensidad, presión alta y algo de orgullo. Pero fue apenas un espejismo. Con el correr de los minutos, Central empezó a hacer lo que mejor sabe en este tipo de escenarios: manejar los tiempos, enfriar cuando hacía falta, acelerar en el momento justo y golpear con contundencia.

La diferencia futbolística terminó siendo clara. Central administró la pelota, los espacios y hasta las emociones. Nunca dio la sensación de perder el control. Supo cuándo jugar largo, cuándo triangular y cuándo hacer correr el reloj. Fue un equipo convencido, maduro y con jerarquía.

Y otra vez apareció él. Ángel Di María volvió a escribir su nombre en la historia del clásico con un nuevo gol, como ya había ocurrido en el enfrentamiento anterior. Siempre en el lugar indicado, siempre determinante. Su jerarquía marca la diferencia y su presencia condiciona. Más allá del tanto, fue el faro futbolístico y emocional del equipo.

Pero no fue solo Di María. En el mediocampo, Ibarra fue el termómetro y el equilibrio. Recuperó, ordenó y distribuyó con criterio. Fue el sostén silencioso que permitió que el equipo jugara en campo rival y no sufriera retrocesos desordenados. Su actuación explica buena parte de la superioridad canalla en la zona neurálgica.

Del otro lado, el panorama es sombrío. Newell’s no levanta cabeza. Sigue sin ganar en el torneo, está último en su zona, último en la tabla anual y comprometido también en la de los promedios. No se trata solo de una derrota más: es la confirmación de un proceso que viene torcido desde hace años.

El equipo luce sin identidad, sin rebeldía y sin respuestas anímicas. Lo que en otro tiempo era orgullo y carácter, hoy parece resignación. La gente lo percibe. La paciencia se agotó y el descontento crece. Cada clásico perdido profundiza la herida y agranda la sensación de distancia con su rival de siempre.

Mientras Central consolida un ciclo ganador y reafirma su supremacía en la ciudad, Newell’s parece hundirse en una crisis estructural que va más allá de un entrenador o de un mercado de pases. El presente es oscuro y el futuro, si no hay un golpe de timón profundo, asoma todavía más negro.

Hoy Rosario tiene un dueño futbolístico indiscutido. Y el clásico, que alguna vez fue terreno de incertidumbre, se transformó en territorio casi habitual para el festejo auriazul.