Por Diego Añaños - CLG
Por Diego Añaños – CLG
Se fue el 2025 y se hace inevitable hacer un balance. Como siempre desde esta columna, vamos a hacer el esfuerzo por plantear el análisis en dos registros. Por un lado, el de aquellas cuestiones que refieren a la consistencia del programa económico (es decir, cuándo los medios se ajustan a los fines) y a los resultados obtenidos a partir de las medidas tomadas, siempre en función de los objetivos que el propio Gobierno se fija. Por el otro, y con la mayor honestidad posible, plantear aquellas cuestiones en las que consideramos que se está errando el camino. En síntesis, un análisis relativamente objetivo de las condiciones macroeconómicas y el rumbo de la gestión, y a la par, un análisis subjetivo de cuáles creemos que serían las decisiones a revisar.
Empecemos por las inconsistencias. El 21 de julio de 2024, Martín Telechea publicó un artículo en el diario El País de Madrid que nosotros comentamos en aquel momento. El economista planteaba que Javier Milei se enfrentaba a un trilema que ponía en dudas las posibilidades de éxito de su programa. Pero, qué es eso? Normalmente en economía se hace referencia a un trilema bajo ciertas circunstancias en las cuales se busca alcanzar tres objetivos, los tres deseables claro, pero que por cuestiones de mecánica económica es imposibles lograrlos a todos a la vez. Es decir, en el mejor de los casos sólo es posible alcanzar dos de los mismos, pero siempre habrá que renunciar a la consecución del tercero. Los tres objetivos que se planteaba le gestión libertaria eran: bajar la inflación, acumular reservas y eliminar las regulaciones cambiarias (el cepo). Durante el primer tramo de la gestión se consiguieron los dos primeros objetivos, pero el tercero fue postergado. En el primer intento de flexibilizar la política cambiaria, las reservas comenzaron a caer. Luego, la inflación se aceleró. De ahí en adelante el gobierno viene ensayando cambios constantes de la política cambiaria y monetaria sin conseguir estabilizar la situación. De hecho ya hubo cuatro cambios en dos años, lo que da un promedio de uno cada seis meses. Evidentemente hay algo que no está funcionando.
En el terreno de los resultados, el cierre de año no viene siendo el esperado por el gobierno. Independientemente de los festejos del presidente y sus seguidores en redes sociales, la situación económica en el 2025 se deterioró notablemente. La supuesta baja de inflación se visualiza como el mayor logro libertario va a terminar el año por encima del 30% (cuando el gobierno proyectaba un 18%). Sólo fue inferior al 2% en cuatro meses (mayo, junio, julio y agosto), pero en dos de ellos (julio y agosto) fue del 1,9%. No parece ser un gran éxito, especialmente cuando Toto Caputo había vaticinado un que el dato ya comenzaría con cero a fines del 2024. La actividad económica, por su parte, sigue estancada y el consumo continúa en caída libre. A pesar de que, como dijimos a fines del año pasado, el 2025 finalizará con un signo positivo al lado de la evolución del nivel de Producto, la tracción proviene sólo de tres sectores (agropecuario, finanzas y energéticos). Los semáforos en todos los demás sectores de la economía muestran luces rojas. El dato es especialmente preocupante en aquellos que operan como sectores testigo de la economía, como es el caso de industria manufacturera, el comercio y la construcción (este último es que único que registra datos un poco más alentadores, pese a la fuerte caída de la obra pública). El mercado de trabajo no trae mejores noticias. A pesar de que el gobierno destaca una leve recuperación del nivel de empleo, se omite deliberadamente el hecho de que el 85% de los nuevos puestos de trabajo creados corresponden a empleos informales, caracterizados por la precariedad y la vulneración de derechos de los trabajadores.
Sería un grave error pensar que el gobierno se equivoca. Las equivocaciones, los errores, suelen producirse de manera aleatoria. La cuestión es que desde que gobierna Javier Milei siempre la bala sale para el mismo lado. No ha habido una sola decisión, un solo decreto, una sola ley o iniciativa del oficialismo, que beneficie aunque sea marginalmente a los trabajadores o a algún colectivo de mayorías populares. El sesgo es siempre el mismo: se bajan impuestos a los más ricos (bienes personales) y se suben impuestos a los más desfavorecidos (ganancias). Se reprime la protesta popular, pero se apaña a los especuladores. De hecho la reforma del Código Penal, que aumenta las penas para los delitos que habitualmente cometen los pobres, va en paralelo a la Ley de Inocencia fiscal, que baja las penas a los ladrones de guante blanco. En este sentido, Javier Milei es una copia de outlet de Donald Trump: cruel con los débiles, y servil con los poderosos. Un presidente que no sólo es incapaz de mejorarle la vida a la gente, sino que además ni siquiera está consiguiendo alcanzar los objetivos que él mismo se propone. Hasta el momento, ni sus fracasos ni los casos de corrupción que mancharon al gobierno han sido suficientes para modificar el ánimo del votante libertario promedio. El límite de la tolerancia, el umbral del dolor social, no parece haberse alcanzado. Pero, a no confundirse, si este año los beneficios de vivir en libertad no comienzan a sentirse en el bosillo de los trabajadores, es muy probable que cambien los vientos, incluso repentinamente. Por lo cual, si aún tiene amigos, alguien debería advertir al presidente de no dormirse en los laureles: “Cuidado, Javo, porque como dicen en mi barrio, cocodrilo que se duerme, es cartera”.
