Por Diego Añaños - CLG
Por Diego Añaños – CLG
La semana que pasó estuvo signada por la publicación del Índice de Precios al Consumidor del mes de diciembre, que se situó en el 2,8%, algo por encima de las expectativas, no sólo del Gobierno, sino de la mayoría de los analistas. Las estimaciones previas, reflejadas en Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central, proyectaban una inflación de un 2,3% para el último mes del año (mientras que el TOP 10 de los mejores pronosticadores la ubicó en un 2,4%). En el cálculo general, la inflación acumulada durante el 2025 fue de 31,5%, superando largamente las previsiones del gobierno, que en el fallido presupuesto 2025 la habían estimado en un 18%. Tal vez a un observador distraído una diferencia de 13.5%, y teniendo en cuenta la historia inflacionaria argentina, no le parezca demasiado relevante. Pero la cosa cambia radicalmente si lo consideramos en términos porcentuales, ya que la inflación estuvo 75% por encima de lo que esperaba el Ejecutivo. Ni el Pipa Higuaín se atrevió a tanto. Como es habitual, desde el oficialismo salieron a festejar, colgados de los alambrados como si hubieran hecho el gol de sus vidas. El ministro de Economía publicó en sus redes sociales: “2025, la inflación más baja en 8 años”. Y el presidente, exultante, le replicó: “Toto, el más grande. Fin”.
A ver, veamos la cosa con un poco más de detenimiento, porque como decía Nietzsche, no existen los hechos, sólo las interpretaciones. Desde un punto de vista absolutamente fáctico, la afirmación de Luis Caputo es inobjetable: la inflación de 2025 es la más baja de los últimos 8 años. Pero analicemos el contexto. Este gobierno vino con el objetivo claro de eliminar la inflación. De hecho el presidente mismo sostiene que este es el programa de estabilización más exitoso de la historia (lo cual es empíricamente falso, ya que el más exitoso fue el Plan Cavallo, que llevó la inflación de un 30% mensual al 1% mensual en seis meses). Los hechos demuestran que viene fallando. No sólo porque la inflación es sensiblemente más alta de la que el gobierno esperaba, sino porque además se viene acelerando, al menos desde el piso del 1,5% de mayo en adelante. Sin embargo, no sólo la ubicua euforia libertaria se dejó llevar por el optimismo. El REM de enero del año pasado estimaba la inflación 2025 en 23,2%, también muy por debajo del número final. Lo que el gobierno no puede decir, es que la inflación es menor a la que dejó el kirchnerismo en 2015, y ahí está su verdadero fracaso: la idea de que el ajuste fiscal y el ajuste monetario garantizan per se la eliminación de la inflación se ha demostrado como FALSA.
Hoy la economía argentina está en serios problemas, y los esfuerzos del gobierno por frenar la inflación con el matafuegos de la recesión, están produciendo estragos en la estructura económica. En lo que va de la gestión Milei se perdieron 272.067 puestos de trabajo formales en unidades productivas, lo que en términos prácticos implica la pérdida de casi 400 empleos registrados diarios. La satisfacción del gobierno por la leve mejoría en los números de empleo, no puede ocultar el hecho de que más del 80% de los nuevos puestos de trabajo que se generaron son empleos informales, con salarios bajos y escasa o nula seguridad en (medidas protectivas) y del (continuidad) trabajo. Paralelamente, los niveles de actividad en los sectores testigo, como la construcción, la industria y el comercio, siguen en franca caída o, en el mejor de los casos, estancados en un nivel muy bajo. Finalmente, los salarios reales de la mayor parte de los trabajadores continúan corriendo a la inflación de atrás, lo que se refleja claramente en el deterioro permanente del consumo como variable agregada.
Hoy la única preocupación el gobierno es el financiamiento. Como dijimos desde el día cero, ningún programa de estabilización neo-conservador se sostiene sin un flujo permanente de divisas. Algunas empresas privadas han conseguido fondearse en los mercados globales, es cierto, pero pagando tasas que son el doble de lo que paga un bono de corto plazo de la Reserva Federal de los EEUU. Sin embargo, las ventanillas están cerradas para el Estado Argentino. A pesar de los intentos del gobierno de sostener que nuestro país se ha transformado en el faro de occidente, los hechos siguen demostrando que aún queda mucho camino por recorrer. Concretamente, un Riesgo País estabilizado en la zona de los 550/600 puntos, es una clara señal de cuál es la percepción de los agentes financieros globales de la gestión libertaria. La semana pasada Luis Caputo consiguió a duras penas un REPO por alrededor de U$S3.000 millones para hacer frente al vencimiento del 9 de enero. Lo que no se dijo es que los bancos que prestaron el dinero impusieron un haircut de 40 por ciento. Es decir que por cada bono de U$S 100 que la Argentina ofreció como garantía, le prestaron U$S60, por lo que tuvo que entregar bonos por U$S5.000. Además, la inmovilización de esos activos (durante el préstamo de corto plazo no generan rendimiento), llevó el costo financiero total a casi un 11%, casi tres veces lo que paga un bono de la FED. En síntesis, un desastre.
Para ir cerrando. No sólo los costos de la operación del REPO deberían encender las alarmas. El rolleo de deuda en pesos de la semana que pasó, y que el gobierno vendió como un éxito, tuvo dos colaterales. Por un lado el acortamiento de los plazos de pago del 80% de la deuda renovada, lo que implica que el horizonte de certidumbre financiera se acorta cada día más. Para simplificar, te prestan, pero tenés menos tiempo para devolver (te ven flojo de papeles). Por el otro, el Banco Central tuvo que salir a validar tasas de interés del 50%, un indicio claro de que la Argentina sólo es atractiva cuando la recompensa es MUY grande. En buen romance: cuando un presidente de Banco Central tiene que salir a ofrecer tasas muy altas para conseguir financiamiento en moneda local, tiene un cartel en la frente que dice: “Estoy en problemas”. Como contrapartida, tasas más altas de interés y dólar estable, habilitan la vuelta del carry trade (la bicicleta financiera), a la vez que aumentan el precio del financiamiento para las familias y para la inversión productiva. Peor no se puede hacer. La Argentina se hunde, y el oficialismo baila en el Titanic.
