Opinión
Política y Economía

Opinión: acuerdo con el FMI ¿letra chica o letra grande?


Por Diego Añaños

Hace dos semanas decíamos que aún faltaba mucho para cerrar un acuerdo con el FMI. A pesar de las declaraciones emitidas por el gobierno nacional y el organismo, acerca del arribo a un conjunto de coincidencias básicas, la firma final todavía va a llevar un tiempo. Un tiempo que da lugar a que los actores involucrados tangencialmente en la cuestión comiencen a hacer llegar sus demandas públicamente. A comienzos de esta semana, en la mañana del lunes, el embajador de los EEUU en la Argentina, Marc Stanley, se reunió con los miembros de la Cámara de Comercio de los Estados Unidos (AmCham Argentina), que agrupa a las empresas de origen estadounidense que operan en el país. Previsiblemente, el principio de acuerdo con el Fondo fue recibido con beneplácito, pero inmediatamente se abrió paso a las críticas. Y es que los empresarios están molestos por las restricciones cambiarias y las limitaciones al giro de dividendos. Suponen que las regulaciones impuestas por el gobierno argentino atentan contra el libre comercio por lo que generan un ambiente de incertidumbre y de falta de previsibilidad para el desarrollo de los planes de negocios (como replican con la meticulosidad de un copista medieval los grandes medios de alcance nacional). Según predican, el librecambio es la madre de todos los éxitos del capitalismo moderno.

Sin embargo la evidencia empírica dice otra cosa. La historia muestra que los países  que hoy defienden el librecambio, se hicieron ricos precisamente a partir de un conjunto de políticas que ellos mismo hoy juzgarían como proteccionistas. Este comportamiento ya fue descripto hace más de 180 años por el economista alemán Friedrich List, y lo denominó “patear la escalera”. Dice List en 1841: “Para cualquier nación que, por medio de medidas protectoras y restricciones a la navegación, haya elevado su poder industrial y su capacidad de transporte marítimo hasta tal grado de desarrollo que ninguna otra nación pueda sostener una libre competencia con ella, nada será más sabio que eliminar esa escalera por la que subió a las alturas y predicar a otras naciones los beneficios del libre comercio, declarando en tono penitente que siempre estuvo equivocada vagando en la senda de la perdición, mientras que ahora, por primera vez, ha descubierto la senda de la verdad” . Luego, a comienzos de los 2000 la expresión fue popularizada por el famoso economista coreano Ha-Joong Chang cuando tituló su libro “Kicking away the ladder” (Pateando la escalera).

Claro, siempre existe un argumento para los países desarrollados para imponer trabas al comercio. Nunca es el proteccionismo, por supuesto, si no la necesidad de protegerse de supuestas maniobras tramposas impulsadas por los gobiernos de los países emergentes, que a través de maniobras de dumping, intentan ganar mercados deslealmente. El dumping existe, es verdad, pero traten de imaginar qué países lideran el ránking de aplicación de medidas no arancelarias de restricción del comercio: si, no se equivocan, EEUU y la Unión Europea.

Hoy los países desarrollados presionan permanentemente para que los países emergentes eliminen todo tipo de subsidios a aquellos productos industriales donde sus empresas controlan la producción y la tecnología. Paralelamente, mantienen una política de subsidios extremadamente agresiva para sus productos agrícolas, lo cual elimina la posibilidad de competencia de las naciones periféricas. Sólo basta preguntarnos, por ejemplo, por qué no se termina de cerrar el acuerdo Unión Europea-Mercosur. No hay dudas de que la presión de los productores europeos para impedir el ingreso de la competencia sudamericana es la traba principal. La clave está en que el paraguas que les provee la Política Agraria Común, los mantiene cómodos y a salvo. Si no, pregúntenle qué opinan del libre comercio a los productores agrícolas franceses. También deberíamos preguntarnos por qué los EEUU decidió imponer aranceles del 130% al biodiesel argentino durante la presidencia de Trump (que aún se mantienen). Las importaciones del combustible de origen vegetal al país del norte representaban casi U$S1.200 millones, un 25% de las exportaciones argentinas a EEUU. Pero no todas son malas, diría Mauricio, nos rebotaron el biodiesel, pero ahora nos compran limones. Como decía mi abuelo, no me hagas reír que tengo el labio partido. Los intentos argentinos por resolver la cuestión del biodiesel chocan hoy contra la pared de la negociación con el FMI: cualquier presión puede estancar nuevamente las negociaciones. Es en estos temas, como en las propuestas de la Cámara de Comercio de los EEU donde se juega el verdadero partido con el Fondo, y donde la letra chica toma dimensión de gigante.