Opinión

Amor al prójimo

Médicos rurales: héroes en el cuidado de la vida


Por Dr. Carlos María Juliá (*)

Para alguien como yo que no ha sido médico rural resulta un poco difícil valorar la esencia de ese personaje de la salud en su real dimensión. Tuve que recurrir a los testimonios de algunos de los protagonistas de la salud de las poblaciones rurales que en mi carrera en el campo de la salud me toco vivir como sanitarista y docente en mis 55 años de médico.

En este mundo globalizado se hace difícil establecer parámetros para definir la ruralidad de las poblaciones. La industrialización y la búsqueda de mejores condiciones socioeconómicas y de perfeccionamiento no solo han concentrado a las poblaciones en grandes ciudades, sino que también atraen a los profesionales de la salud que buscan una especialización. Pero es que el médico que trabaja en pueblos y parajes de alta ruralidad es necesariamente un médico cuya especialidad es la medicina general.

La salud de las personas depende no solo de factores bilógicos sino también de factores sociales, económicos, culturales, psicológicos y ambientales. Y quien mejor que un médico insertado en la comunidad para comprender esta problemática.

Un medico generalista insertado en una comunidad muchas veces solo y en otras acompañado por un trabajador social o un agente sanitario tiende a tratar a las personas de manera integral y personalizada. Previniendo enfermedades, diagnosticando y tratando a las personas, interconsultando oportunamente con servicios de salud mas complejos para poder brindar la atención que realmente necesitan sus pacientes.

Nuestra Argentina tan extensa y variada en cuanto a su topografía, climas, culturas, economías y costumbres tiene poblaciones rurales que necesitan de este médico rural (generalista).

En mi carrera en la salud pública me ha tocado vivir experiencias con estos médicos rurales que me han dejado una marca muy especial y de reconocimiento a estos

héroes del cuidado de la Vida. Trabaje con ellos en la puna jujeña, en el chaco salteño y boliviano, en La Rioja, en las sierras cordobesas, en la llanura de la pampa bonaerense.

«Mi Doctor», «mi salvador», «mi amigo», son algunas de la expresiones que yo escuché de boca de personas al referirse al médico rural, que está siempre en el lugar que se lo necesita. En los vientos de la Patagonia, en las nieves de la cordillera, en la llanura y maizales de la pampa, en la puna jujeña, en calor del la zona chaqueña, en la selva misionera, y por que no en los conurbanos de las grandes ciudades.

He sido testigo de actos en el límite de la heroicidad de muchos de ellos, en moto, a caballo, camioneta, o caminando en medio del chaco, llegar para asistir a enfermos en el límite de la vida y la muerte, con una dedicación y seguridad profesional asombrosa.

Es una medicina muy particular, que requiere la entrega del médico y en la que este también recibe mucho del paciente aunque al final el médico da al paciente su conocimiento y a veces no recibe demasiada compensación económica. Pero tiene una fortuna en el cariño de la gente. Y porque no decirlo, alguna gallina, unos choclos, una calabaza o un cabrito.

Creo que nuestras Facultades de Medicina tienen que priorizar y profundizar la formación del médico con la impronta de un médico generalista dispuesto a hacer también en su carrera una experiencia en poblaciones rurales y de los conurbanos de las grandes ciudades.

Por último quiero rendir un homenaje a tantos amigos que pude conocer en distintos momentos de mi profesión que merecen el título de médico rural, en especial a dos de ellos: a Don Arturo Illia, médico rural de Cruz del Eje (Córdoba) y presidente de los argentinos y al Dr. René Favaloro, médico rural de Jacinto Aráuz (La Pampa), ilustre cardiocirujano argentino.

(*) Médico pediatra (Universidad Católica de Córdoba 1964). Diplomado en Salud Publica-Escuela de Salud Pública (UBA- 1968). Profesor de Salud Pública de la la Universidad del Salvador.