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Postales del horror

Los médicos afganos también sufren las calamidades de una guerra sin fin


Hedayatulá Hedayat, jefe del departamento de cirugía del hospital de Kabul, especializado en traumatología, asistió a miles de civiles heridos en los últimos 15 años y asegura que nunca podrá acostumbrarse a los horrores de la guerra.

«No hay normalidad. Cada caso es para mí una nueva herida. Psicológicamente es un traumatismo», confiesa el cirujano, de 42 años.

Buena cantidad de los 7.189 civiles heridos contabilizados por la Misión de Asistencia de Naciones Unidas en Afganistán en 2018 recibieron asistencia médica en una de las 120 camas de las urgencias nosocomiales especializadas en las heridas de guerra.

En el corazón de la capital afgana, los 400 médicos y personal de asistencia, afganos y extranjeros, todos especializados, están permanentemente listos para asistir a las víctimas del próximo atentado.

«Cada año desde 2014 la cantidad de pacientes y la gravedad de las heridas aumenta», declaraba recientemente el cirujano a AFP.

En 2018 las urgencias ingresaron una cifra récord de 4.076 personas, 530 más que el año anterior, indica Dejan Panic, coordinador del programa de la ONG italiana Emergency que administra también otros dos hospitales así como decenas de clínicas en el país.

Los civiles afganos pagan desde hace muchos años con sus vidas por esta guerra que opone a las fuerzas gubernamentales y a la guerrilla talibán y a los combatientes de Estado Islámico. La mayoría resultaron heridos en explosiones.

Desde hace 10 años Naciones Unidas lleva un registro de las víctimas civiles en el conflicto afgano. Unas 32.000 personas murieron y 60.000 resultaron heridas. El año 2018 alcanzó el triste récord del año más mortífero para los civiles, con 3.804 fallecimientos, de los cuales 927 niños, según un informe publicado el domingo.

Estas cifras fueron publicadas en momentos en que los talibanes y los responsables estadounidenses se disponen a reanudar el lunes en Catar las negociaciones para poner fin a la guerra en Afganistán.

En el lugar y el momento equivocados

 

En el hospital de Kabul, muchas víctimas cuentan que se encontraban simplemente en el lugar y el momento equivocados.

Samiul Haq, de 13 años, plantaba cebolla con su padre y hermanos a unas horas de ruta de Kabul cuando fue alcanzado en tres ocasiones, «en la pierna, el codo y la mano», en un enfrentamiento entre talibanes y fuerzas de seguridad afganas.

Una de las bales le cortó el índice y el mayor de la mano izquierda, dejando al niño un recuerdo marcado en su cuerpo de la guerra que dura desde hace 17 años.

Abdul Salaam Stanekzai regresaba a su hogar a pie luego de una ceremonia de lectura del Corán, en la provincia de Logar (centro), cuando una bomba escondida debajo de un coche estalló, proyectando esquirlas en su brazo y pierna.

Una persona murió y otras tres resultaron heridas en este atentado, cuenta el hombre de 67 años, sentado en el hospital en una sala reservada a los hombres que da a un jardín exterior.

Algunos ni siquiera necesitan salir de sus hogares para transformarse en una estadística del conflicto. Amir Mohammad Amiri, estudiante en informática, estaba en su vivienda familiar en la provincia de Ghazni (sureste) cuando resultó herido una noche durante una operación conjunta de las fuerzas estadounidenses y afganas.

«Pasaba de una habitación a otra cuando me alcanzó la bala», cuenta el joven de 23 años que tiene un imponente vendaje blanco que cubre el lado derecho de su pecho. «Buscaban talibanes», cuenta.

Esta violencia sin fin inquieta al cirujano, padre de cuatro niños. «Espero que tengan una vida normal», dice, «no como la mía».