Por Carlos Duclos

De a poco, sigilosamente, la serpiente se fue introduciendo en la casa de todos e inoculó con su veneno a muchos de sus habitantes. Así, el desorden fue aceptado como orden; el libertinaje dañino fue confundido con libertad; el derecho se transformó en el vale todo y los valores fundamentales necesarios para el desarrollo una cuestión de “ridículos y molestos malos pensadores”. Otra vez el dios oro, el profeta del falso éxito, y el mesías de la efímera fama y gloria son adorados y, por supuesto, la violencia física y moral domina la escena.

Lo espiritual es cosa de “estúpidos” y el amor, en el mejor de los casos, una mercancía: te doy si me das. No sucede así en todos los casos, claro, pero es la constante que va en crecimiento. Lo es, sobre todo, en las sociedades menos evolucionadas moral y culturalmente, que pagan con el subdesarrollo económico y social lo que convierte a sus pueblos en esclavos (aunque no lo adviertan).

La semilla del rencor y el resentimiento (cuando no el odio) ha sido plantada y germinó. Nada mejor para los propósitos de la serpiente. Un ofidio que, dígase señoras y señores, reptó hasta llegar a las mismas entrañas de grandes religiones corrompiendo sus bases hasta lograr que no pocos de sus líderes vendieran el Santo Nombre de Dios.

La recaudación para las obras religiosas, para la difusión de la palabra, pasó a ser espacio de fenomenales negocios para diversos sectores poderosos. Y en no pocos casos la donación de los fieles para la vida digna de los religiosos (lo que es necesario y justificado, claro) fue la oportunidad para el enriquecimiento y la fastuosidad. Y del “no le pondrás bozal al buey que trilla” de la Sagrada Escritura, que significa que todo religioso tiene derecho a vivir de la fe que profesa y enseña (su trabajo), se pasó al “suelten a los bueyes y que coman todo”.

El reptil fatal consiguió agentes, representantes (el lector puede imaginar de quienes se trata) que están haciendo de este bello planeta un páramo decepcionante, en donde los árboles están suplantados por plantas manipuladas genéticamente que producen semillas de plata; es más importante un misil que mil niños con sus derechos satisfechos y la contaminación, con la que se ganan miles y miles de billones de dólares, mata cada año millones de personas.

Y mientras una buena parte de la masa se desvive por aquello que poco le aporta a su vida, por lo que es un espejismo, una ilusión; mientras una buena porción de esta masa está alienada y descuartizándose entre ella misma, perdiendo vida a cada instante en confrontaciones absurdas o cuestiones vanas, la serpiente mira y goza.

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