Info General

Día del maestro

Huellas imborrables: historias de maestros que marcaron a sus alumnos


Los maestros son el primer contacto que un niño tiene fuera de su hogar. Son los encargados de cuidarlos y acompañarlos en el proceso del aprendizaje y del crecimiento. Se encuentran en situaciones particulares junto a sus alumnos y muchas veces dejan huellas imborrables en la memoria de cada chico.

Los vínculos que se generan con los docentes suelen ser irreemplazables para un niño. Y el pasar de los años hace que ciertas experiencias ganen aún más valor que en ese momento, particularmente cuando uno se vuelve adulto y tiene otra perspectiva de las cosas. CLG realizó una recopilación de las historias que algunos ex alumnos de primaria recuerdan y atesoran más allá del paso del tiempo.

Florencia, 28 años: «En tercer grado, para elegir el delegado del curso, la señorita Rosario nos dijo que íbamos a hacer un cuarto oscuro. Entonces teníamos las urnas afuera, presidentes de mesa afuera y cuando entrabas tenías los papelitos con los nombres de cada alumno que se postulaba y lo doblabas al papelito y cuando salías lo ponías adentro de la urna. El aula estaba toda llena de papeles de diario para que nadie pueda ver. Cuando llegabas tenías que saber tu número de DNI porque los que estaban en la mesa de entraba te lo pedían para buscarte en la lista. Tuvimos que aprender el número de DNI y aparte tuvimos la experiencia del voto y estuvo increíble. Tenía 10 años y todavía me acuerdo quién ganó».

María Teresa, 53 años: «Inés, mi maestra de séptimo, preparándonos para la secundaria, en el año 77, nos permitía retirarnos del salón sin pedir permiso. Ahora, cuando se tomaba lección oral que en ese momento se tomaba, a nadie se le ocurría salir del salón para zafar la lección. Todos nos quedábamos responsablemente a esperar que nos tomen o no».

Pablo, 24 años: «Cuando iba a tercer o cuarto grado, con mis compañeros jugábamos al fútbol en los recreos, cosa que en realidad no estaba permitida. Una vez, jugando, rompimos el vidrio de una ventana que daba al salón de actos, pasaron unas semanas y lo rompimos de nuevo. Entonces, vino una señorita, Graciela, y nos hizo sacar los zapatos a todos, nos pidió una media a cada uno y armó una pelota de trapo para que pudiéramos seguir jugando sin romper nada. Volvimos sin una media, pero seguimos jugando a la pelota».

Lucía, 37 años: «Desde tercero hasta quinto grado tuve una misma maestra, se llamaba Fanny. Era más que una maestra, cada día del niño nos llevaba a su casa y nos hacía una fiesta porque nos decía que éramos como sus hijos. Después de casi 26 año,s la tengo súper presente».

Héctor, 61 años: «Mi papá me había enseñado mucho el Martín Fierro, entonces el día de la Tradición me hacían pasar a recitarlo. Una vez, mi compañero se tentó de risa en medio del discurso y me dijo que siga yo, que no podía seguir tampoco. Me acuerdo, que una maestra, Lila, se puso al lado mío y me ayudó para terminar el verso».

Victoria, 24 años: «Analía, mi maestra de Lengua en tercer grado, daba sus clases llevándonos al patio, haciéndonos sentar en el piso, haciendo sorteos con una pelotita. Sus clases eran dinámicas y amenas. La recuerdo como la señorita más didáctica y cariñosa; un ejemplo para lo que hoy es mi profesión: la docencia».

Manuel, 24 años: «Me acuerdo que los viernes, mi seño particular, nos daba cálculos a resolver en el instante y el primero que resolvía se ganaba un alfajor o caramelos. Y también te regalaba algún chocolate cuando le llevabas un 10».

Paulina, 28 años: «En clase de ciencias sociales de cuarto grado, en las primeras horas de la mañana, la seño daba clases y de un momento a otro miraba a alguien y decía: ‘Ay, pero me vas a comer’. Y te descolocaba porque venía desarrollando la clase y largaba eso. Yo nunca entendía a qué se refería porque nadie emitía bocado. Hasta que un día me di cuenta que ella decía eso porque mis compañeros bostezaban y no se tapaban la boca. Lo descubrí cuando vi que un compañero atrás mío lo hizo y ella le largó la frase».

Ivo, 20 años: «Cuando iba en séptimo de primaria, tenía una seño que me daba Ciencias Sociales y siempre nos decía: chicos, acuérdense que sólo hay una posibilidad de dar una primera buena impresión. Siempre lo repetía no se por qué, y así pasaron los años hasta que la fui entendiendo. En ese entonces capaz ni le prestaba atención a lo que quería decir la frase. Lo copado es que la primera vez que jugué en primera en el equipo de fútbol de mi pueblo, de local con toda la gente conocida en la cancha, jugué tan mal, no hice una bien. Y para completarla me expulsaron. Y en el vestuario, mientras me estaba cambiando me reía solo y me acordaba: ‘Tremenda primera impresión metiste, Ivo'».