Info General

Golpe de Trump a la industria alimentaria: invierte la pirámide nutricional y sustituye la proteína animal por los azúcares y procesados


El documento que fija estas pautas para el periodo 2025–2030 es más conciso que sus predecesores y adopta un enfoque abiertamente cultural además de sanitario

La Administración Trump ha golpeado la industria alimentaria al redefinir de arriba abajo las directrices nutricionales oficiales de Estados Unidos, rompiendo con décadas de recomendaciones que demonizaban la grasa animal y la carne roja. El nuevo marco dietético federal devuelve a primer plano alimentos como la mantequilla, los lácteos enteros y las carnes sin procesar, al tiempo que señala al azúcar y a los ultraprocesados como los grandes enemigos de la salud pública.

El documento que fija estas pautas para el periodo 2025–2030 es más conciso que sus predecesores y adopta un enfoque abiertamente cultural además de sanitario. Bajo el lema «comer comida real», repetido insistentemente desde el Departamento de Salud, el Gobierno apuesta por ingredientes reconocibles, preparaciones caseras y un patrón alimentario basado en proteínas y grasas tradicionales, con el objetivo declarado de frenar la obesidad y las enfermedades crónicas.

Uno de los cambios más llamativos es el aumento sustancial de la ingesta diaria de proteínas recomendada para los adultos. Las nuevas guías sitúan el rango entre 1,2 y 1,6 gramos por kilo de peso corporal, una cifra muy superior a la que hasta ahora se consideraba suficiente. Estas proteínas pueden proceder tanto de fuentes animales —como carne roja, aves, pescado, huevos o lácteos— como vegetales, aunque el texto no concede prioridad explícita a estas últimas pese a que parte de la evidencia científica las vincula con un menor riesgo cardiovascular.

En paralelo, las grasas saturadas dejan de ocupar el papel de villano absoluto. Aunque se mantiene el límite general del 10% de las calorías diarias, las directrices animan a consumir alimentos que las contienen de forma natural, como quesos, mantequilla o leche entera, siempre que no incorporen azúcares añadidos ni edulcorantes. Para cocinar, el aceite de oliva sigue siendo la opción preferente, pero se legitima también el uso de mantequilla o sebo de vacuno.

El texto es especialmente duro con los productos ultraprocesados. Snacks salados, bollería, galletas, dulces y bebidas azucaradas aparecen señalados como elementos a evitar, junto con los alimentos cargados de colorantes, conservantes y edulcorantes bajos en calorías. También se insta a reducir de forma significativa los hidratos refinados, como el pan blanco, las tortillas de harina o los crackers.

En materia de azúcar, la tolerancia es mínima. Las nuevas pautas recomiendan eliminar las bebidas azucaradas, retrasar la introducción de azúcares añadidos en la dieta infantil hasta los diez años y limitar su consumo en adultos a un máximo de diez gramos por comida.

Frutas, verduras y cereales integrales siguen presentes, aunque con un protagonismo más medido que en etapas anteriores. Se aconseja ingerir tres raciones diarias de verduras y dos de fruta, preferiblemente enteras y poco procesadas, junto con entre dos y cuatro raciones de cereales integrales ricos en fibra, reduciendo al mínimo las versiones refinadas.

Las dietas vegetarianas y veganas reciben una advertencia explícita por posibles déficits de micronutrientes esenciales como las vitaminas A, D, E y B12, así como hierro, calcio, zinc y proteínas, mientras que el consumo de alcohol se desaconseja sin establecer límites concretos. En el caso de la sal, se mantiene el umbral de 2.300 miligramos diarios para la población general.

Con este giro, la Casa Blanca vuelve a situar las proteínas y las grasas de origen animal en el centro del plato y desplaza el foco de la lucha nutricional hacia el azúcar añadido y los alimentos industriales, en una apuesta que promete reavivar el debate científico, político y económico en torno a lo que debe considerarse una dieta saludable.