Opinión

El singular caso de la señora S.: banco, aislamiento y aplicación para cuidarla


Por Carlos Duclos

Por Carlos Duclos

La señora S., confiada, inocente, fue al banco a retirar unos fondos por ventanilla y al llegar le dijeron sin más que no podía. Con cara de pocos amigos y sintiéndose presa del sistema, se dirigió al cajero automático para depositar unos cheques, pero la máquina no le tomó los valores. Se dirigió a la persona encargada de coordinar el ingreso a la entidad financiera (que bueno es decirlo en los últimos años ha tenido pingües ganancias gracias a personas como ella) y le explicó que necesitaba depositar unos cheques por ventanilla habida cuenta de que la máquina no funcionaba. La respuesta fue: ¡no se puede! La señora S. retornó a su aislamiento frustrada, no pudo disponer de sus fondos en la cantidad que ella deseaba, ni pudo depositar sus cheques. Resignada aceptó que estaba en la era informática de los turnos online.

 

 

Pero la frustración de la señora S. no acabó allí. El televisor, un compañero odioso a veces, pero necesario en la reclusión, le avisó que ahora para salir tenía que renovar el permiso de circulación, que el anterior no le servía y que si vivía en determinada región del país debía bajar a su celular, obligatoriamente, la aplicación CuidAR (¡menos mal que la señora S. usa smartphone que si no…!).

Antes de bajar la aplicación, la señora S. escuchó a un amigo decir que “desentenderse de las pautas que establece el poder mundial no es tarea simple. El control de las sociedades, realizado desde algunos centros, no es novedad. La informática ha beneficiado grandemente los propósitos controladores de este poder y se sabe que los centros informáticos son manejados por éste. Cualquier ciudadano común está siendo monitoreado permanentemente por las redes sociales, buscadores y telefonía celular, vías de comunicación la mayoría de las cuales (o al menos los más famosos y utilizados) tienen su sede en el “primer mundo”. A propósito de esto -siguió diciendo el interlocutor de la señora S.- algunos han puesto el ojo en la APP CuidAR lanzada por el gobierno, puesta en marcha para luchar contra la pandemia de coronavirus. Pero ¿quién la desarrolló y quiénes intervienen?“.

Nuestra buena señora S., como ahora con el aislamiento le sobra el tiempo, comenzó a buscar información y descubrió que la aplicación fue desarrollada, en conjunto, entre instituciones del Estado y empresas privadas. “Los nombres de las empresas nacionales no vienen al caso -pensó la mujer- no aportan nada al ciudadano común (más que letras en inglés en algunos casos ¿?). Pero supo que algunas de estas empresas criollas tienen inversores multinacionales y ya poseen sedes en USA, Inglaterra y países de Europa. Entre sus clientes figuran nada menos que empresas de envergadura internacional, como es el caso de Google. Y también pudo saber que como interviniente en el emprendimiento de CuidAR, figuraba la famosa empresa estadounidense Amazon Web. Esta sí la conocen todos, o casi todos, porque está en casi todas partes del planeta y porque la Unión Europea le puso el ojo hace algún tiempo en razón de actitudes poco claras.

La señora S. concluyó, con razón, en que la intención del gobierno argentino, al lanzar esta aplicación, ha sido prevenir un desastre sanitario y ayudar a la sociedad. Sin embargo, advirtió que desde su inicio la aplicación ha despertado dudas sobre quién manejará los datos de las personas, sus movimientos y demás. ¿Estarán resguardados o las empresas privadas nacionales e internacionales tendrán acceso también a la información extraoficialmente? Se sintió un personaje de la novela de George Orwell.

Una de las preocupaciones -leyó la mujer- fue la de la geolocalización de la persona. Para ser directos: quien maneja la aplicación podría saber en qué lugar exacto está el usuario de la aplicación, lo que en la práctica constituye una violación a la intimidad si no hay consentimiento previo. La señora sintió (aunque irónicamente) que cuando le entregara su amor a su novio podrían estar monitoréandola, quién sabe, desde Buenos Aires o Washington y se sonrojó. Siguió leyendo y supo que a la geolocalización se le suman otros datos, como identidad, documento, patologías si las hubiere, trabajo y permiso para circular. A raíz de estos cuestionamientos -supo la señora S.- la secretaria de Innovación Pública, Micaela Sánchez Malcolm, anunció hace unos días una serie de modificaciones en la aplicación (en buena hora) y aclaró que su uso no sería obligatorio. Pero el uso voluntario al que aludió Sánchez Malcolm se cayó cuando el presidente Alberto Fernández dijo, en su última aparición, que era de uso obligatorio en la provincia de Buenos Aires.

 

Repasando estas informaciones, la señora S. -con sus cheques en la mano sin depositar y ya colocadas las pantuflas que han sido liberadas de la oscuridad del placar y son más importantes en estos tiempos de pandemia que los zapatos de taco- leyó que el infectólogo Pedro Cahn, asesor del presidente Fernández y conocido del famoso doctor Fauci, asesor del presidente Trump, defiende el aislamiento a rajatabla, tal como aconsejó su par norteamericano al inefable hombre de la Casa Blanca. “Coincidencias de pensamientos que trae el enigmático bicho”, se dijo la señora S.

“Parecería que el coronavirus -pensó- de procedencia dudosa hasta ahora y que ha cambiado las costumbres sociales en todo el mundo, haciendo que se desplome la economía y restringiendo ciertas libertades, impone nuevas condiciones de vida en las que el “control” y los “límites”, en el marco de prolongadas cuarentenas, son necesidades indiscutibles. El hecho del cuidado de las personas -se dijo para sí la buena mujer que no es rica y que presta ciertos servicios que le posibilitan apenas vivir sin tirar margarina al techo- es plausible, por supuesto, en esto el presidente tiene razón. Pero, ¿demasiados controles y excesivas y estrictas cuarentenas -pensó- no conllevan el peligro de que las sociedades sean fagocitadas por la lupa del poder, la pérdida de derechos y la calamidad económica para todos?”.
En esos intríngulis estaba cuando alcanzó a ver, para su desgracia, que el perro le estaba masticando la tarjeta de débito. Sin tarjeta, sin cajero humano para retirar sus fondos, sin poder circular ni trabajar, pensó que al fin y al cabo es cierto aquello de que no hay porque angustiarse si hay salud; aunque tomó el teléfono y llamó a un amigo psicólogo, pues temió estar en las puertas de una sombría depresión.