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Don Luis y su calesita, una historia de amor por los niños


Luis Aldori eligió la profesión que ejerció durante los últimos 30 años con la misma voluntad. Es el dueño de la calesita más antigua de Rosario y un icono de la zona sur

Por Gonzalo Santamaría

Una familia se prepara. Baja las escaleras del edificio donde viven. La madre lleva el mate, el padre carga con su hijo sobre los hombros. La emoción del niño se nota. Caminan apenas unas cuadras y cruzan la avenida. Pequeños saltos por encima de la cabeza de su papá, el chico quiere bajarse. Ya la vio, girando, brillando y con el fondo musical que atrae a todo infante. Forma fila, pide una vuelta por apenas $15. “Cuando pare, te subís”, indicó el anfitrión. El nene espera ansioso que los caballos y autos dejen de dar vueltas para poder él tomar el control. En la plazoleta Enrique Corona Martínez, de San Martín y Saavedra, en plena zona sur de Rosario, yace una de las calesitas más viejas de la ciudad: la calesita de Don Luis.

Con La Gente pasó una tarde, de tantas, en el histórico entretenimiento de la ciudad que este año llega a los 80 de vida. En 2019 la gestiona Luis Aldori, quien hace 30 años se hizo de ella junto a su socio Rubatino, y hoy no se imagina una vida sin ver pasar la sonrisa de los chicos mientras maneja los tiempos de la vuelta.

Luis tiene 77 años y nació a dos cuadras de lo que hoy es su lugar de trabajo. Antes de adquirirla, y durante, fue trabajador del puerto de Rosario. Diez horas en las orillas del río para luego por la tarde darle rienda suelta a los caballos y autos de madera.

“Los primeros días sentía inquietud de cómo iba a responder la gente”, contó el calesitero en charla con CLG. Él se la compró al hijo del fundador, así es como es el tercer dueño y su relato es contundente: “Es un trabajo muy familiar”.

Con 30 años en el rubro recuerda con máxima precisión uno de los peores días cuando, hace 15 años, una mujer “bajo a contra calesita” y sufrió la fractura expuesta de su tibia. “Así hay muchas pero esa fue la peor, nunca vi algo así”, rememoró.

Cuando arranqué venían 500 chicos por día. Tenías que tener un buen estado con la sortija y las fichas”, recordó y al mismo tiempo con su mano derecha presionaba el botón que hacía girar la imaginación de todo aquel montado a un caballo de madera.

La vuelta en el carrousel es una de las emociones más grandes de los menores. “Acá me dicen que las vueltas son largas, duran entre tres minutos y medio y cuatro», pero sin dudarlo reconoció entre risas: “Si me pongo a hablar de política dura más”.

Con estacionamiento «exclusivo», Luis llega de lunes a lunes desde las 16 y hasta las 19 o 20 “según la noche”. El hoy dueño también revivió las noches de verano donde la jornada terminaba cerca de las 22 y alzó el dedo índice de su mano derecha para decir: “Una vez nos quedamos hasta las 2 de la mañana”.

“Me gusta disfrutar de los nenes. Tenés que tener aguante, pasás la puerta y los problemas quedan afuera”, explicó Luis con total soltura para luego hacerle una mueca a una parejita de hermanas que se acercaron con sus padres. “Me gusta, es un pasatiempo”, cerró.

Con los dedos de su mano comenzó la cuenta, y al llegar al cuarto deslizó: “Vienen cuatro generaciones a esta calesita, bisabuelos con sus bisnietos”. La vigencia del carrousel quedó expuesta y tras un silencio enunció: “Yo venía acá” y nuevamente una risa salió de su rostro.

Y con una frase mostró la firmeza que le otorgó, como el mismo dice, “el doctorado de la calle”: “El que me dice que no vino a esta calesita no es de zona sur”.

En su lugar de trabajo han grabado comerciales para televisión, la ha prestado para fotografías en concursos de modelaje y hasta las cumpleañeras de 15 eligieron el carrousel de la San Martín para su álbum de fotos, “Qué les voy a cobrar… le pedía que me traigan lo que sobra de torta”, dijo con total sencillez Luis, que hace más de 70 años que asegura tener recuerdos del barrio.

Lo más lindo es que la gente te salude porque te reconoce lo bien que los tratás”, expresó el hombre e hizo memoria: “He ido con mi señora a cumpleaños de nenes que venían a invitarme especialmente. Es lo mejor”.

“Me hace un vale que ya vuelvo”, tiró un padre con su hijo en brazo. “Andá nomás que me acuerdo”, responde con solvencia Luis. “A los chicos le gusta ir a la calesita, no saben si perdés o ganás plata, viven en un mundo aparte”, afirmó con los años de experiencia como aval y con cierto grado de complicidad reveló que hay algunos chicos que dan vueltas gratis.

Regalos para Navidad ha sabido tener sólo por dar la vuelta a la imaginación de los más pequeños con los cuales se entretiene. Sin embargo, el señor de 77 años se lamentó por no poder “dar la sortija” ya que sufre de artrosis.

LA SORTIJA
“Para un nene ganar la sortija es un trofeo. Refleja la inocencia”, fue lo primero que dijo Luis Aldori a la hora de hablar de este tan peleado premio. La disputa entre calesitero y los niños era impactante. Cada chico se posaba del lado más cercano a la orilla para poder enfrentarse ante la posibilidad de ganar una nueva vuelta. Con su humor característico relató un secreto a voces: “Ellos creen que la ganan pero uno elige quién se la lleva. Si estás concentrado no te la sacan tan fácil, no te van a ganar. Yo me divertía con eso”. Para ellos es “una satisfacción, es como hacer un gol en un Mundial”, esgrimió y añadió: “Me divertía, hacés renegar a los chicos” y esta vez, sus ojos paraban en una madre con su hija que arriba de la calesita esperaban por el arranque y se sacaban una selfie.

En el pasado era acompañado por su esposa María Teresa, pero por problemas de salud ahora le toca abrir solo. “La salud no tiene precio”, lanzó y rápidamente agregó: “Hay días que no abro por el clima. Diez vueltas no me van a salvar la vida”.

¿Hasta cuando tiene pensado seguir con la calesita?

“Hasta que San Pedro me llame”

Otra madre con su niña llegan, abonan la vuelta y escuchan el ya clásico: “Cuando para, suben”. Acto seguido saluda con mucho afecto a la pequeña, una clienta frecuente. “Antes las edades eran muy distintas, venían hasta los 14 años… hoy como mucho aparecen chicos de 7”, confesó Luis mientras posaba la mirada en la calesita instalada en 1939 por los hermanos Sequalino.

El septuagenario no le escapó a la problemática y le “echó” la culpa a las tecnologías y las nuevas crianzas: “Es mentira que los atrae más, los padres se desligan. Es un adelanto pero los atrofia mentalmente”.

El padre del chico y con su «vale tácito» vuelven, saludo mediante, y otra vez a girar. La calesita en tres décadas nunca paró. Luis sólo tiene presente cuando una tarde de 1995 se encontró con el techo volado y «atajado» por el antiguo árbol que se encuentra a su lado. «Ni las piedras piedras de 2006 me impidieron abrir», esa gran tormenta sólo le dejó algunas abolladuras en el techo.

La familia, como ya lo expuso, es fundamental para este trabajo. «Mis hijos están ‘chochos’. Vienen y a veces me dan una mano». Arístides, el menor de los tres, es el encargado de subir y bajar la lona todos los días. Jésica por su parte se hace cargo de los trámites burocráticos. Y además está Yanina, que siempre se acerca a ayudar a su padre a la plazoleta.

«La calesita es una herencia para los tres», sentenció para luego sostener la «alegría» que le produce ver a sus nietos sobre las tablas de madera y retomar a la familia como eje central.

Al igual que el carrousel, la música nunca para, desde melodías infantiles hasta algunas cambias. A los chicos poco les importa, sólo quieren girar. «El pen drive lo grabaron los chicos (sus hijos). Antes me manejé con cassette y CDs, esto es mejor».

Con casi 80 años tiene la sana costumbre de visitar los bares en busca de su habitual café. «Aprendés más en la vida que en los libros», soltó y puso un ejemplo claro: «Yo soy amigo de los trapitos. El que tiene calle sabe con quién llevarse». En 30 años supo encontrarse dentro de su calesita con actos de vandalismo o personas en situación de calle y así intenta impedirlos.

Las vueltas seguían pasando y el final de la charla con CLG llegaba. Luis dijo no imaginar una vida sin prender la calesita: «No puedo estar todo el día en mi casa. Si me quedo allá no hago nada«.

Los 20 segundos que dura la vuelta del caballo de madera parecen ínfimos en la vida cotidiana, pero Luis Aldori vio más vueltas que ninguno y lo vive todas las tardes con la misma entereza que hace 30 años.

Mirá las imágenes de Juan José García: