Opinión

Cambio climático: la gente reclama, pero los gobiernos no responden


Por Bruno Giambelluca (*)

Por Bruno Giambelluca (*)

En la COP25 (Cumbre del Clima de las Naciones Unidas) los líderes del mundo tuvieron una nueva oportunidad de ponerse al servicio de la protección de los ecosistemas y responder a los ciudadanos del mundo que exigen, cada vez más, que se actúe de forma rápida frente a la crisis climática.

Sin embargo, fallaron. Las propuestas no estuvieron a la altura de la emergencia climática que enfrenta el planeta, y la cumbre terminó con poca ambición y con gusto a poco. Nunca antes se vio una brecha tan grande entre la calle y el interior de la cumbre: afuera, medio millón de personas -en su mayoría jóvenes- pedían de manera enérgica y acalorada, pese al frío de Madrid, por acciones inmediatas contra el cambio climático. Adentro, se vivió una de las cumbres más tibias en años, justo cuando la emergencia climática está en boca de todos.

Pero no es solo gente en las calles quien pide por medidas urgentes. Científicos de todo el mundo vienen alertando hace años sobre los peligros y consecuencias del cambio climático. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) publicó diferentes informes que sirven como base al momento de exigir una mayor acción para frenar la crisis climática. Su informe sobre uso de la tierra en agosto de este año determinó que la temperatura sobre la tierra ya ha aumentado 1.5°C por encima de las medidas en la era preindustrial, lo que impulsa la desertificación y la degradación de la tierra. Otro informe sobre océanos publicado el pasado septiembre expusó que el nivel del mar se elevará cerca de un metro para 2100 si la temperatura global de la tierra excede los 3°C.

La ambición climática no significa otra cosa que ser coherentes entre lo que la ciencia demostró necesario y las políticas de cada país, principalmente en materia de energía y deforestación. Desde que el cambio climático se convirtió en la principal amenaza para el planeta, dejaron de existir excusas válidas para continuar apostando a las energías sucias, o para desmontar un árbol más. Es hora de asumir que las políticas de los gobiernos del mundo, y también de Latinoamérica, han sido lentas y contradictorias con la urgencia de atender la crisis climática mundial y el traspaso a energías limpias y renovables. Pero, además de asumirlo, es hora de actuar para que eso cambie. Los datos hablan por sí solos: los últimos cuatro años fueron los más calurosos gracias al calentamiento global; las sequías e inundaciones aumentan su frecuencia según se avanza con la destrucción de bosques, lo que potencia el calentamiento global y provoca pérdidas económicas, riesgos sanitarios, problemas sociales y graves impactos ambientales; y, según FAO, entre 1990 y 2015 Argentina fue uno de los diez países que más deforestó en el mundo: 7,6 millones de hectáreas, el tamaño de la provincia de Entre Ríos.

Los gobiernos, una vez más, han defraudado al mundo. Ignoraron a la ciencia y al pedido de los ciudadanos, justo cuando acelerar la transición hacia energías limpias y renovables es más urgente que nunca. Deforestar y abrir más reservas de petróleo, gas y carbón es condenar al planeta a impactos climáticos devastadores. Pero, aunque suene casi imposible, todavía hay esperanza. Como contraste de la comodidad de los líderes mundiales, los movimientos de estudiantes y jóvenes en todo el globo nos dicen que se puede lograr y salen a la calle a pedir por su futuro. Es hora de que los líderes del mundo comiencen a darnos razones para esperanzarnos.

(*) Miembro del equipo de Clima y Energía de Greenpeace Argentina.