Análisis

Análisis: «Algunas reflexiones sobre los movimientos del dólar»


Por Diego Añaños

Por Diego Añaños

Normalmente me resisto a tomar la agenda que proponen los medios y reflexionar acerca de lo que sucede en el mercado informal del dólar, conocido como dólar blue, pero que en realidad es el dólar ilegal. De hecho es un punto a destacar que un negocio ilegal refleje su cotización en la tapa de los diarios. Digo que me resisto, porque si bien las expectativas y los humores sociales son un insumo fundamental para el análisis económico, y los movimientos del blue tienen mucho de eso, no es menos cierto que lo medular de la mirada debería concentrarse en la economía real, esto es, en lo que sucede con la producción y el empleo. Si uno va por ese lado, se encuentra con que, luego de la peor crisis sanitaria de la que tenga memoria la humanidad, la Argentina comienza a mostrar signos consistentes de recuperación. Todos los informes disponibles reflejan un crecimiento del nivel de actividad económica, particularmente notable en algunos sectores, esto es cierto, pero que irradia a todo el sistema. Es así que crecen los despachos de cemento, el consumo de energía, y por lo tanto la industria y la construcción, superando ya los niveles registrados a comienzos de 2019, antes de que la pandemia se hiciera presente. Un buen análisis económico, debería ocuparse de esas cuestiones. Pero comprendo que hay momentos en los que es inevitable tomar el guante y responder. No planteo responder con LA VERDAD (con mayúsculas), porque sería demasiado pretencioso, pero sí propongo reflexionar acerca de los hechos y los dichos que constituyen la que parece ser la discusión más importante por estos días.

Primera cuestión: el dólar es una mercancía más en nuestra economía. Es cierto que cumple con algunas funciones de dinero, pero en términos estrictos es una mercancía. Por lo tanto, cuando suben los precios de la economía, sube el precio del dólar. Eso no debería llamar la atención de nadie.

Segunda cuestión: el precio del dólar, como el de casi todas las mercancías de la economía, se deriva de su escasez relativa. Dicho en criollo, es caro cuando hay poco y es barato cuando sobra (como sucede con naranjas en verano o los tomates en invierno). Dado que la Argentina tiene problemas para generar en el largo plazo los dólares que necesita para desarrollarse, los dólares suelen faltar, por eso generalmente tiende a aumentar de precio. Pero claro, hay circunstancias en las que el dólar abunda, por ejemplo ante un shock exportador por un incremento de precio de las materias primas, donde el dólar tiene a bajar de precio, y eso también genera problemas para la economía. Si un dólar barato fuera la solución, la Argentina debería haber tenido su era de oro durante los años 90´, con la convertibilidad, sin embargo el efecto inmediato de un dólar demasiado barato es la evaporación de la competitividad, y la concomitante destrucción de la producción nacional. Es fácil de entender, afuera somos carísimos, y no le vendemos a nadie, y la producción nacional es tan onerosa que conviene importar la mayor cantidad de bienes y servicios posibles.

Tercera cuestión: el precio del dólar actual, el oficial, es un tipo de cambio competitivo si lo comparamos en términos reales contra cualquier momento de la historia argentina. Un dólar de $182 es un precio de espanto, lo dice Martín Tetaz, no lo digo yo. Yo diría que es un precio que busca generar espanto, generando en la población una sensación de temor e incertidumbre.

Un análisis serio dice que hoy los dólares no faltan. Sería mucho decir que sobran, pero no faltan. El Banco Central ha recuperado su nivel de reservas, y ya se ubican por encima de los $43.000 millones. El ingreso de divisas por la vía de las retenciones no afloja, y los precios internacionales, a pesar de haber bajado levemente, son altísimos. No hay sangría de dólares por la vía del turismo. En agosto llegan los $4.354 millones de dólares de la emisión especial de los derechos especiales de giro del FMI. En la práctica no hay ninguna razón para que haya tensión cambiaria, salvo que apelemos al latiguillo de siempre, que es el de las elecciones. Ahora, si el valor del dólar depende de las elecciones, que renuncien todos los economistas y la ponemos a mi vieja cada dos años a que vaticine cuánto va a costar.

La nota de color la aportó Roberto García Moritán, un empresario y economista, como lo definen los medios, cuyo logro más importante es ser el marido de Pampita. De acuerdo a sus dichos, el dólar podría llegar a costar $400 a fin de año. Luego ensayó una disculpa mal elaborada, pero no se desdijo del todo. Y acá si hay que plantarse: alguien debería explicarse a Robert que hay algo que se llama política, y que, mucho antes de que el dólar llegue a ese precio, la economía hace un shutdown (se apaga), aparece la política, y tenemos hordas de personas entrando a saquear supermercados y a los tiros por las calles. Pero claro, nunca lo entendería, ellos hacen economía, no política.