Por Ignacio Adanero - Especial para CLG
Por Ignacio Adanero – Especial para CLG
Cuando salí del apartamento, bajé en dirección oeste por Santa Fe y tomé taxi a mano derecha para salir al Olmos, no sin antes proveer unos alfajores y dispensar un café con un viejo contacto. Me había despedido creyendo que su cama sería revisitada, que mis caricias serían para siempre o que los besos acaecidos llegarían para quedarse. Me fui liviano, en paz, seguro de mí mismo. Me fui como se van esos alumnos inteligentes con la sonrisa de la maestra cómplice, como cierran esos músicos consagrados el último arreglo para la sinfónica o como quedan los perros felices por el perfume que reciben después de un baño con aspirado. Todo es curioso, la verdad, cuando uno se sube a un taxi desconociendo que se asoma un tiempo nuevo y definitivo en la vida que nos sigue. Un tiempo de portal que nos escupe transformados sin poder consumar el amor reprimido que dejamos adentro de un lugar al que no volveremos como nos fuimos. Recuerdo que el viento me pegó en la cara cuando baje la ventanilla del asiento trasero del taxi. Al taxista no lo recuerdo. Al lugar del que me fui, podría describirlo hasta en los más mínimos detalles.
Pasaron muchos días hasta que recordé con agrado mi estancia terminal en aquel lugar y en el medio vivimos un conflicto de comunicación que subió sin escalas por la pendiente de la ruptura irreconocible. Uno logra dibujar con precisión después de mucho tiempo la imagen del postrado y congelado en el sillón, además de los meses o años que lleva afrontar la escena del objeto sin quebrarse al mismo tiempo en un llanto. La verdad es que la pensé de nuevo en el final de la recamara, con almohadones de peluche recibiendo el ingreso fatal del disparo que no dejó de turbarme el corazón mucho tiempo después de enterarme la noticia. La imaginé tan dulce en mi partida, que la comparé a la tierra precolonial: sencilla, creyente, incrédula de civilización. Quise entender por qué, cómo y cuándo, cambió todo entre nosotros. Quise entender por qué la crueldad es como un cheque en blanco al descubierto por donde el cariño algunas veces llega inesperadamente en forma de pago, pero otras veces aparece como factura de un deudor inexistente. Si la crueldad y el cariño podían engendrarse desde la nada, o sí las palabras desembozadas podían escupirse sin temor, mi amor ya no encontraba cauce en esa mujer sin mediaciones.
Supe después de subir al taxi, pero mucho tiempo después, que estaba codeándose con sus fantasmas más dañinos, y que habrían pasado unos cuantos siglos desde la última foto que vimos uno del otro. Me pregunté muchas veces si era sabia como las niñas o por el contrario una madame completamente inexperta en eso del amor. Me pregunté si la encontraría bailando en el restó de barrio Güemes o escribiendo el último poema de Bob Dylan. Si tendría los pelos blancos para cuando agarrara la pistola aquella noche o si estaría durmiendo entre leones y tortugas, reales o imaginarios. Me reventé en pensamientos. Envejecí en parte, quizá porque había dictaminado envejecer junto con ella. Llegué a la conclusión de que era imaginaria, o eso me pareció tiempo después cuando yo llevaría flores muertas al segundo banco de la Plaza Colón. Algo me decía que no la escuché. Algo me decía que no la olfatee. Cuando elogió mis besos y caricias en la antesala de una tristeza profunda o cuando decidió hacer silencio por dos días para abrazar el sinsentido de abandonar todo lo que tiene sustancia, ya era tarde para inferir con precaución que tomaría una pistola demostrando su reflejo en la piel del hombre que verdaderamente amaba. Mi piel era distinta a la de ese hombre que nunca sintió en verdad el viento sur que entró por mi cara aquella tarde de octubre en el taxi. Asumí con tibieza, tiempo después, que si la soledad me persigue sin tregua no se debe necesariamente a que uno o dos tipos de ella componen el clima privilegiado de este hábitat persecutorio. Hay otras formas, mucho más oscuras, rondando crudamente entre algunas almas que no pueden convivir consigo mismas.
Costó, llevó tiempo, y también alguna sonrisa falsa, entender que la había empezado a amar cuando el viento sur tocó mi cara camino al Olmos, ese período ventana entre nuestra despedida amorosa y la subsiguiente ruptura antes de que una noche fatal de asesinato le trajera las conclusiones póstumas de un amor por el que nunca debió creer. Mis conclusiones, por el contrario, ya habían llevado muchos años de inutilidad para cuando decidió agarrar la pistola y hacer justicia por sus antepasados. Entendí algo de aquella sensación del Dios que viene a indicar celeridad para detener ciertas tragedias cercanas y una lentitud que no cesa de impedirlas. Para ese entonces, el tanque giratorio donde colocaría la bala había dado un giro imprevisto en su apartamento solitario, ese al que yo había pensado volver como uno de mis otros lugares. Precisamente, porque dicen que el amor se trata de eso: de presenciar un lugar. Nunca adherí del todo a esa idea, pero a pesar de todo me subí al taxi en partes, y me imaginé más como padre que como novio. Alejandra Kamiya dice que la diferencia entre la totalidad de la presencia y la totalidad de la ausencia es que esta última lo abarca todo, lo cubre todo; mientras que la primera solo se siente en pequeñas partes, pequeños tramos. Por eso yo pensaba en el Padre y no en el novio, porque el vientre tiene la potencia de la totalidad y la mujer tiene mucha más semejanza con la ausencia que con la presencia.
La pistola la agarró en el mes de diciembre, pero la bala fue cargada en el tanque unos días antes. Probablemente en octubre no la utilizó por el inconveniente que acarrean los meses primaverales en su indefinición estacional. No es lo uno ni lo otro. No es verano ni es invierno como para tomar grandes decisiones. Pero yo trato de acercarme todos los octubres que pueda para recordar aquel lugar. A veces camino por Colón y antes de llegar a Santa Fe, doblo por temor a descomponerme. Mis hijos me preguntan por qué me detengo con el auto en el semáforo del arroyo antes de cruzar el puente y mi respuesta no puede nunca ser sincera. Les sugiero que el peligro del puente, que la cercanía de unos circos o el cantar de unos borrachos, hacen lento el andar en esas calles. La verdad, es que al subir taxi me imaginé volviendo a esa cama. Me imaginé con hijos, con hijos de ella. Seguramente dándoles el calor justo para el invierno que se asomaba, ese que se pone verdaderamente duro cuando los padres son solitarios. Recuerdo perfectamente que las sábanas de ese cuarto eran amarillas y que las almohadas nunca las vi. Que ella reía mucho en el tramo que va desde las seis hasta las siete de la tarde, probablemente porque la merienda y el atardecer le aplacaban las angustias de una infancia que nunca deseó recordar. No tengo sus perfumes entre mis fosas nasales, porque no usaba maquillajes. Tengo sin embargo su olor en el alma, antes de cazar la pistola para apuntar al responsable de sus últimas desgracias una noche caliente, pesada y oscura de diciembre.
La amé hasta el último instante. No porque la amé, sino porque supe que podría amarla. Uno no ama a quien ama, sino a quien sabe que puede amar. Me dirigí a la escena del crimen mucho tiempo después. Me hice pasar como un policía de Buenos Aires repitiendo un tono que resulta ajeno en una ciudad como Córdoba, tan adepta a las exclusividades como a los asesinatos a sangre fría. Intenté olfatear lo que no pude hacer antes. Me acerqué al balcón a ver si disponía de rastros de su huida. El cuerpo del amado yacía en el suelo. Supe que no lo había invitado al sillón. Allí sólo íbamos los que no seríamos amados, los solitarios que reconocen su soledad, los que la respetan abiertamente. Los distintos, los otros, esos que se presentan como abandonados, son los solitarios que entran al cuarto. Recorrí entonces el monte. Busqué por viejas guaridas. Repetí sorbos de café en una Docta que ya no tenía sentido. A veces vuelvo. Entro a la Iglesia de la Plaza Colón y le pregunto a Dios si aún estoy a tiempo de amarla. De si la crueldad en sus palabras habrá menguado como para prorratear la vida dando lugar a las disculpas. El muerto yacía. Ella había escapado. Nunca debí haberme subido a ese taxi. Me la imagino descendiendo por Santa Fe camino al oeste con el Olmos al horizonte, reprimiendo la oscuridad y abriendo su corazón para acercarse con sus lacios pelos negros. Regresando, caminando para hacer las pases, exculpándome del asesinato. Fría en su mirada. Me abraza. Me repite al oído. Me pide que me quede. Repite: volvé. Sólo volvé. Éramos fieras de soledad.
