Por Diego Añaños - CLG
Por Diego Añaños – CLG
Todas las miradas estaban centradas en el anuncio del Indec del martes por la tarde, cuando se diera a conocer el Estimador Mensual de la Actividad Económica. La mayoría de las consultoras coincidían en que el número sería negativo y la Argentina entraría oficialmente en recesión. Una recesión moderada, pero recesión al fin. Pero, contra todos los pronósticos, el indicador registró una suba del 0,5%, una gran noticia para el Gobierno. Sin embargo los titulares de los principales medios no festejaron el dato y lo que predominó fue la prudencia. La sensación fue de cierto alivio, pero no de optimismo. El titular del martes del diario Clarín lo dice todo: “En septiembre la economía esquivó la recesión y repuntó 0,5% contra el mes anterior”. A buen entendedor, pocas palabras. Como nota de color, podemos citar el artículo de Marcelo Bonelli del jueves en Clarín, donde sugiere que el titular del Indec, Marcos Lavagna, le salvó las papas al gobierno mediante un recálculo excesivamente creativo. Por el momento, sólo una sospecha.
La pregunta debería ser, por qué nadie se anima a festejar aún? Si analizamos un poco la situación podemos delinear dos respuestas. La primera es que cuando desagregamos los datos del EMAE nos encontramos con que el comportamiento de los diversos sectores de la economía registró comportamientos muy dispares. Mientras que la industria y la administración pública caen, los impuestos, la intermediación financiera, la explotación de minas y canteras y la pesca, crecen notablemente. De hecho del 5% de crecimiento interanual del índice, 3,23% se deben a la tracción de los impuestos y la intermediación financiera. Es decir, dos tercios del crecimiento se concentran en sólo dos sectores, ninguno claramente relacionado con la producción y el trabajo. De hecho, la intermediación financiera por sí sola explica más de un 27% del crecimiento total del período. En síntesis, siempre tratamos de ser prudentes, pero los números parecen indicar que el gobierno avanza en el sentido de modificar profundamente la estructura productiva en un sentido que tiene más similitudes con el proyecto de la Dictadura que con el gobierno de Carlos Menem o Mauricio Macri. Paralelamente, y más allá de evitar la colisión en el corto plazo, las perspectivas con respecto al desempeño de la economía argentina no son alentadoras. Según un informe reciente de la Universidad Di Tella, e independientemente del dato positivo de la actividad económica, las posibilidades de que se produzca una recesión en los próximos meses se un ubica en un 98,79%.
En este sentido, y más allá del rebote de octubre, que interrumpió la racha negativa que venía registrando la actividad económica, el análisis cruzado de la información disponible sugiere que no se revierte la dinámica de desaceleración que viene registrando la economía desde mediados de año. Y eso se ve reflejado en el mundo productivo. Esta semana se conoció el cierre de la planta del Whirlpool, ubicada en el Parque Industrial de Fátima, en la localidad de Pilar, que deja 220 trabajadores en la calle. La empresa, de origen norteamericano, anunció que se retiraba del país por la falta de competitividad ante la invasión de productos importados y la fuerte caída de las ventas. Por razones similares, la planta de Essen en Venado Tuerto inició un ajuste profundo, que incluyó más de 30 despidos, reducción de turnos y modificaciones en varias líneas de producción. En la localidad de Sastre la empresa DBT SA (conocida como Cramado), y también debido a la retracción de la demanda y a dificultades financieras, tomó la decisión de despedir a 35 trabajadores.
La respuesta del oficialismo para lo que sigue constituye la Cuarta Fase de su programa de gobierno, es decir, las reformas impositivas y laboral (más algunas reformas del código penal). La idea parece clara y es de simple comprensión, incluso parece razonable. El argumento dice más o menos así: si bajamos los impuestos a las empresas y flexibilizamos las condiciones del mercado laboral, se generarán los incentivos necesarios para estimular el apetito de los inversores. De esta cuestión estuvimos hablando con los alumnos de la Facultad. El miércoles pasado cerramos el curso de Teoría Económica del 2025 con la defensa de un trabajo de reflexión acerca de los anuncios de inicio de la Fase 3 del programa de LLA, que se llevaron adelante en abril de este año. La idea era hacer una lectura crítica de las medidas y ensayar un intento de evaluación en función de los resultados obtenidos. En ese marco, un alumno hizo mención a la necesidad de una reforma tributaria, dado que la carga existente en la Argentina impide a las empresas operar libremente. No sé si por los mismos argumentos que sugiere el gobierno, pero estoy de acuerdo con discutir la reforma. La cuestión es que el ejemplo que citó el alumno es muy indicativo de la profunda colonización de las subjetividades que opera hoy en nuestro país.
Va relato rápido. Hace unos meses, se viralizó un video en el que un empresario argentino y un empresario paraguayo responden a preguntas vinculadas a la presión impositiva en cada país. Claramente, los impuestos eran todos mucho más altos en nuestro país. La conclusión inmediata es: es evidente que en la Argentina no se puede producir, lo cual explica su fracaso. Dos consideraciones, sin ponernos demasiado sofisticados, porque tengo que ir cerrando. La primera es que durante muchos años los empresarios argentinos ganaron MUCHO dinero con estas mismas leyes laborales y esta misma estructura impositiva, por lo que la evidencia empírica muestra que la suerte de los mismos está mucho más relacionada al nivel de la actividad económica, y mucho más específicamente al vigor del mercado interno que a cualquier cosa. La segunda es una recomendación: muchachos, si me van a militar las reformas, tengan la inteligencia de traerme un buen ejemplo. Paraguay es un país con un PBI per cápita que es la mitad de la Argentina, que además tiene una peor distribución de la riqueza. No creo que sea un baremo a considerar. De hecho les diría que si los paraguayos pagan menos impuestos y tienen el mercado laboral más precarizado, y les va como les va, los que nos tendrían que copiar son ellos a nosotros, y no nosotros a ellos.
