Por Diego Añaños - CLG
Por Diego Añaños – CLG
La semana que pasó, comenzó con una explosión de expectativas. La mayor parte de la prensa argentina estaba como una quinceañera antes del cumpleaños, esperando que la Morgan Stanley (MSCI) finalmente elevara la calificación financiera de la Argentina. Actualmente nuestro país es considerado un mercado standalone, o independiente, a raíz de las restricciones cambiarias y a la falta de un acceso fluido a los mercado de deuda globales. La expectativa estaba puesta en recuperar la categoría de mercado emergente, algo que se había logrado allá por junio de 2018, luego de que el gobierno de Macri cerrara un acuerdo obsceno con el FMI, para perder posteriormente en 2021. Ya la semana anterior la Morgan Stanley había publicado un informe donde sugería que las posibilidades de un mejoramiento de la calificación eran aún lejanas, pero entre algunos analistas y funcionarios del gobierno todavía guardaban secretas esperanzas de un viraje inesperado. No fue así, y la Argentina sigue jugando en las ligas menores de las finanzas globales. Lo hace junto a países americanos como Jamaica, Panamá o Trinidad y Tobago, africanos como Botswana, Nigeria o Zimbabwe, europeos como Ucrania, Bosnia o Bulgaria y asiáticos como Líbano o Palestina. Al menos por este año nada va a cambiar, habrá que esperar hasta 2026 para una nueva evaluación.
Casi en paralelo, la calificadora de riesgo Moody´s advirtió al gobierno argentino acerca del creciente atraso cambiario que registra la economía nacional, algo que, como todos saben, el mismo equipo libertario niega. Según el informe, el fenómeno afecta de manera directa la rentabilidad de las empresas exportadoras, tanto las manufactureras, como las de servicios y las asociadas al sector primario, como la agricultura, la minería o la industria hidrocarburífera. Esto se debe, fundamentalmente, al incremento de los costos operativos en moneda local de las compañías, que representan una porción considerables de sus gastos totales en pesos. Todo esto se da, además, en un contexto internacional de altísima volatilidad, lo cual impacta negativamente en las posibilidades de las empresas de operar con niveles de certidumbre que incentiven la inversión productiva. No es para despreciar la relevancia que tiene para la gestión libertaria que los mercados le den la espalda, fenómeno no sólo visible luego de los comunicados de la Morgan Stanley y la Moody´s, sino también en un Riesgo País que se mantiene firme por encima de la línea de los 700 puntos. Es un verdadero uppercut al mentón de un gobierno que se precia de tener al frente del ministerio de Economía al “Maradona de las Finanzas”. Es decir, está fracasando en su propio terreno, donde se supone que juegan de locales y con el árbitro comprado.
Sin embargo, y como siempre, desde esta columna sostenemos la prédica contra-libertaria que afirma que no sólo de Finanzas vive el hombre. Por eso, sostenemos que, al margen de los reveses sufridos por el gobierno en los mercados financieros globales, el verdadero problema es que la economía argentina no para de mostrar luces rojas que titilan en el tablero de control. Un informe reciente de IPA (Industriales Pymes Argentinos), que utiliza como insumo la base de datos provista por la Superintendencia de Riesgos de Trabajo, mostró que desde el inicio de la gestión de Javier Milei 12.500 pymes cerraron sus puertas. Según el trabajo, los cierres son consecuencia directa del programa económico de La Libertad Avanza, especialmente debido a la alta presión impositiva y a la apertura indiscriminada de las importaciones. Las 499.371 empresas registradas sólo superan en 10.000 a las que existían en el peor momento de la Pandemia. Si bien en términos agregados el informe destaca que se observa una salida técnica de la recesión y una leve recuperación del nivel de actividad económica, la heterogeneidad en la evolución de los distintos sectores es notable. De este modo, mientras que el rebote es explicado fundamentalmente por los sectores agropecuario, petrolero y financiero, se observa que el consumo, industria y empleo siguen rezagados.
Tanto el deterioro de la situación del mercado de trabajo, como la crisis del consumo merecen un capítulo aparte. Desde las opiniones vertidas la semana pasada por la Asociación Cristiana de Empresarios, hasta el último dato de crecimiento del desempleo publicado por el INDEC, marcan la relevancia del tema para la agenda pública. De hecho, recientemente, el economista Diego Giacomini (antiguo compañero de ruta de Javier Milei), destacó que solamente la destrucción de empleos en la construcción, transporte y almacenamiento e industria, supera largamente la producida en el empleo público por la actual gestión. En síntesis la pérdida de empleo formal es más grande que el ajuste del Estado. El consumo por su parte, y al igual que lo que ocurre con la recuperación económica, muestra al menos dos velocidades. Mientras vuela la adquisición de bienes durables (incluyendo importados, claro), la demanda de bienes de consumo masivo está estancada. El título del artículo de Martina Devicenzi publicado en Clarín el martes pasado es un excelente resumen de la situación actual: “La Argentina partida: la mitad de la gente no llega a fin de mes, pero son récord los viajes al exterior”.
