Por Diego Añaños - CLG
Por Diego Añaños – CLG
Hace ya unos años, y en función de uno de los debates más calientes del momento, una encuestadora salió a preguntar por la Argentina, qué opinaba la gente sobre la Justicia Social. Para sorpresa de muchos en tiempos de individualismo, una gran mayoría respondió que estaba de acuerdo con la importancia de garantizarla. Cuando se les pidió que argumentaran su respuesta, una porción importante respondió que la Justicia Social era algo valioso, porque si el Estado desaparecía y no cumplía con su obligación de proteger a los ciudadanos, éstos tenían derecho a armarse y defenderse. Evidentemente el lento pero persistente esmeril del embrutecimiento neoconservador, por lo demás un fenómeno global, había vaciado de sentido uno de las mayores banderas históricas del peronismo. Probablemente si se les hubiera preguntado algo similar sobre la soberanía política hubieran dicho que preferían vivir en democracia y que ya no era tiempo de soberanos. En el mismo sentido, si la pregunta hubiera sido sobre la independencia económica, defenderían el derecho de cada trabajador de ser jefe de sí mismo, sin depender de un patrón que le diga qué hacer.
Al final vamos a tener que reconocer que, efectivamente, el presidente tiene toda la razón: la batalla cultural es la madre de todas las batallas. Pero no es algo que haya descubierto ahora. Lo viene haciendo desde que todavía era Javier Milei. Y uno de sus blancos preferidos fue desde siempre la Justicia Social. Hace cinco años sostenía en una entrevista televisiva: “La Justicia Social es una aberración, porque implica tratar desigualmente frente a la ley a la gente”. Luego, en los festejos de su triunfo electoral afirmaba: “Lo que les quiero contar, es que estamos frente al fin del modelo de la casta. Ese modelo basado en esa atrocidad que dice que donde hay una necesidad nace un derecho, pero se olvida que ese derecho alguien lo tiene que pagar. Cuya máxima expresión es esa aberración llamada Justicia Social, que es injusta porque implica un trato desigual ante la ley, pero además está precedida de un robo” (fin de la cita). Por si acaso, les recuerdo que el robo original son los impuestos, algo que sólo cambió para los ricos (rebajas en Bienes Personales y vehículos de lujo, por ejemplo).
Por eso no podía salir de mi asombro cuando escuché el anuncio de la puesta en marcha de un programa de incentivos para la reactivación del crédito hipotecario. La primera sorpresa viene dada debido a que se trata de una medida absolutamente impropia de una administración libertaria. Usar los recursos del Fondo de Garantía de Sustentabilidad para promover la compra de viviendas es una medida inocultablemente kuka. El FGS se constituyó con los activos financieros que gestionaban las AFJP cuando se re-estatizó el sistema previsional. Imaginen, desde un cerebro configurado bajo los influjos fuerzacielistas de la libertad, se trata de dinero robado a los héroes de la actividad privada para repartir créditos entre las hordas de orcos infames tirapiedras y planeros. Seguramente esto provocará una catarata de renuncias de afiliados a La Libertad Avanza. Pero cuando la sorpresa adquirió ribetes monumentales, fue cuando Luis Caputo afirmó: “Los créditos hipotecarios para esta gestión son una prioridad, por diferentes razones. Una porque hace a la JUSTICIA SOCIAL. Segundo porque tiene un efecto multiplicador en la economía”. Y ahí sí, me morí muerto. Si el ministro de Economía de Javier Milei fundamenta una medida en l Justicia Social, significa que o: a. se volvieron todos locos, o b. algo pasó dentro de la interna del Gobierno. Imposible de imaginar la tensión dentro del Gabinete. Milei está que explota, mientras el fuego amigo le llega desde todos los flancos. Patricia Bullrich reclama que las mieles del crecimiento le lleguen a todos los ciudadanos, su ministro de Economía impulsa medidas fiscales expansivas, mientras que su gurú, Agustín Laje, en la misma semana, afirma que la gente no come “batalla cultural”, y que si los gobiernos de derecha no cumplen con sus promesas, el giro hacia el progresismo es inevitable. Al León le va a dar un infarto o va a hacer un brote psicótico en cualquier momento.
Al margen, algunas líneas al pie para los más nerds. La apelación de Luis Caputo al efecto multiplicador representa una referencia directa a uno de los núcleos argumentales fundamentales de la teoría keynesiana. Aparentemente un discípulo de Keynes (Richard Kahn), que formaba parte de su círculo íntimo de colaboradores en Cambridge, le acercó un dispositivo que le permitía construir un coeficiente destinado a estimar cuál sería el impacto en el empleo total si el Estado iniciaba un proceso de obras públicas. Sobre esa idea, Keynes elaboró el multiplicador de gasto y la inversión (que básicamente mide, a partir de la inversa de la propensión al consumo, cuál será el incremento del PBI ante un aumento autónomo de la Inversión o el Gasto). Dicho en criollo, existe la posibilidad de calcular cuál será el impacto final sobre las variables económicas agregadas cuando una variable se mueve de manera autónoma. El presupuesto que sostiene el razonamiento, es que el crecimiento será mayor a uno, de ahí la denominación de multiplicador. Entonces, dependiendo del número de ese factor de expansión, un incremento inicial de 1 se transformará en un crecimiento del producto de 2, 3, 4, o 5, por ejemplo. Conclusión: Luisito pasó de liberal libertario a peronista y keynesiano, de un día para otro, sin escalas. Ah, y marxista también, porque como decía Groucho: “Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”.
