Por Diego Añaños - CLG
Por Diego Añaños – CLG
La directora gerente del del FMI, Kristalina Georgieva anduvo por la Argentina y dejó un claro mensaje: bien con la baja de la inflación, bien con la acumulación de divisas (a pesar de que no se alcanzó la meta acordada con el Fondo), y bien con el superávit fiscal. Ahora, si no se genera empleo, no se recupera el consumo, y no se reconstruye la infraestructura para el transporte de la producción, estamos al horno. Ah, al margen, también dijo que no hay más fondos para prestar. Lo dijo y se fue. Y es así, la visita de un director gerente del FMI nunca suele ser una buena noticia. Normalmente no vienen a nuestro país a traer inversiones o a fomentar la prosperidad. Vienen porque nos prestaron mucho dinero, y nos prestaron mucho dinero porque estábamos en problemas, y estábamos en problemas porque votamos mal (pero ese es otro tema). De hecho, el momento de la historia económica nacional en los que el organismo estuvo más lejos de nuestras vidas (entre 2003 y 2018), se corresponde, paradójicamente, con uno de los períodos de mayor bonanza y crecimiento de nuestra historia económica. Recordemos que en diciembre de 2005 Néstor Kirchner dispuso el pago al contado de la totalidad de la deuda con el Fondo. Nunca antes en la historia el FMI había desaparecido de nuestro país durante una década y media. Si revisaamos la historia, vemos que la Argentina firmó acuerdos con el Fondo en 1958, 1959, 1960, 1961, 1962, 1963, 1967, 1968, 1976, 1977, 1983, 1984, 1987, 1989, 1991, 1992, 1996, 1998, 2000, 2003, 2018, 2022 y 2025, y ninguno trajo felicidad ni progreso. Todos fracasaron y condenaron a nuestro país a reproducir un ciclo perverso de estancamiento y degradación. Lo único bueno de la última visita es que al menos Javier Milei no nos prometió que nos íbamos a enamorar de Kristalina Georgieva, como lo hiciera Muricio Macri en 2018 con Christine Lagarde.
Hoy la Argentina tiene varios problemas. Algunos de los que puntualizó Georgieva y seguramente otros muchos más. Pero la carga de los compromisos de intereses y capital con el FMI es uno de los principales. Sabemos que debemos mucho, y que eso implica, además, someternos al Fondo, significó renunciar al diseño de nuestra propia política económica, Sin embargo, si buscamos tener una dimensión más palpable del volumen de la deuda argentina veamos algunas cifras. Se estima que el monto de la deuda total de todos los países que le deben al FMI está levemente por debajo de los U$S170.000.000 millones. Nuestro país tiene obligaciones con el organismo por alguna cifra cercana a los U$S58.000.000, por lo que sólo la deuda argentina representa un 34,6% del total de las acreencias del Fondo. En términos prácticos, más de un dólar de cada tres que el mundo le debe al FMI, es deuda nacional. Esto nos coloca, claramente, por encima de cualquier otro país del planeta. De hecho, si multiplicamos por cuatro la deuda del segundo mayor deudor, en este caso Ucrania, no llega a alcanzar el monto total de la deuda argentina con el organismo. Es más, hay que sumar en fila las deudas de los ocho primeros deudores para acercarse a nuestros compromisos con el Fondo. Entonces, si sumamos las deudas de Ucrania, Pakistán, Ecuador, Egipto, Costa de Marfil, Bangladesh y la República Democrática del Congo, recién nos acercamos al monto que le debemos al FMI.
El monto de la deuda es un problema, claro, pero no el único. Porque no es lo mismo tomar deuda en el mercado voluntario de capitales que hacerlo con el Fondo. Cuando se coloca deuda en el mercado voluntario, el único compromiso es el pago de la misma, pero bajo ningún punto de vista los tomadores de deuda se entrometen en el modo en el que cada país gestiona su economía. Cuando se toma deuda con el FMI, hay dos tipos de condicionalidades. Por un lado están las que aparecen explicitadas en el acuerdo, y que normalmente se vinculan al compromiso de cumplir con determinados metas cuantitativas (acumulación de reservas, resultado fiscal, tipo de cambio, inflación, etc), y por el otro un conjunto de promesas no escritas que garantizan la realización de negocios en áreas sensibles (en nuestros países normalmente asociados a los recursos naturales). Es decir, no sólo se entrega la gestión de la política macroeconómica, sino que también se entregan las riquezas. Seguramente algunos podrán pensar que lo que digo representa una visión demasiado conspiranoica. A ellos les preguntaría: qué tiene que hacer la directora gerente del FMI en el yacimiento de Loma Campana de la formación Vaca Muerta??? No les resulta, al menos, muy sugestivo, que se haya tomado el trabajo de viajar más de 1.000 kilómetros, tomar aviones, automóviles y helicópteros sólo para una breve visita de un par de horas??? Se me ocurre que seguramente no fue por el paisaje o la gastronomía, pero claro, yo soy un mal pensado.
En fin, y para ir cerrando. Si hay una preocupación que comparten tanto Javier Milei como Kristalina Georgieva son las elecciones del año que viene, particularmente porque les interesa el mismo resultado. El presidente necesita conseguir un período más, porque de ese modo garantiza la continuidad de las políticas que allanan el camino de los negocios a los grandes capitales globales. Y esto es precisamente lo que necesita asegurar la directora del Fondo: que se cumplan los acuerdos no escritos con la gestión libertaria, y el único en condiciones de hacerlo es el León. Los compromisos asumidos por la Argentina con el FMI se van a cumplir independientemente de quién sea el vencedor el año que viene. Pero los negocios se palabra, esos que se cierran en una habitación a solas y con un apretón de mano, sólo se sostienen si hay continuidad política, y a eso le juega todas sus fichas la amiga Kristalina. En síntesis, no pide mejorar el empleo y expandir el consumo porque le preocupe el crecimiento o la calidad de vida de los argentinos, le preocupa un colapso político del programa mileísta en 2027 y con él, el fin de un ciclo de negocios vinculado a la depredación de los recursos naturales vernáculos que recién está comenzando.
