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Opinión: «Paren el Mundo, me quiero bajar!!!»


Por Diego Añaños - CLG

Por Diego Añaños – CLG

No suele pasar habitualmente, pero hay momentos en los que necesito que pare la locura. Como decía Mafalda: “Paren el Mundo, me quiero bajar!!!”. La catarata de datos que nos atropella todos los días parece no tener fin, y me la paso, en vano, tratando de darle algo de sentido a los acontecimientos. Hoy el mundo es una coctelera. Bueno, en realidad es una coctelera desde hace unos cuántos años. Pero la segunda gestión de Donald Trump se está llevando todos los laureles. De coctelera a circo de tres pistas, si quieren. El presidente de la principal potencia económica y militar global está en un verdadero problema. No sólo no puede aspirar a la reelección, sino que sabe a ciencia cierta que en el mejor de los casos, si termina su mandato, le espera un largo trajinar por los tribunales federales de los EEUU. Y digo en el mejor de los casos, porque a medida que van pasando los meses, las posibilidades de que un juicio político se lo lleve puesto aumentan exponencialmente. No sólo por la resistencia que fue generando en las filas demócratas, sino porque los mismos republicanos están comenzando a dudar de continuar apoyando un proyecto que se desploma aceleradamente. Como todos sabemos la política puede ser muy cruel, y aunque te acompañen hasta el cementerio, nadie se entierra con vos.

Donald, además, nunca se anda con chiquitas, siempre va por más. Desde asegurar que Canadá debería transformarse en el estado 51 de la Unión, hasta proponer comprar Groenlandia. Desde imponer aranceles astronómicos a todo el mundo a quitárselos en cuestión de semanas. Desde invadir Venezuela y secuestrar a su presidente, asegurando que iba a descabezar el Gobierno y llamar a elecciones, a cerrar un acuerdo con el madurismo residual. Desde apoyar incondicionalmente al presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, en la guerra con Rusia, a maltratarlo en una conferencia de prensa para luego comunicarle que estaba solo en la disputa. Desde amenazar con eliminar la civilización iraní del mapa, a asegurar que trabajará con el nuevo (nuevo?) régimen. Desde poner un ultimátum de 48 horas para iniciar la ofensiva, a presionar a Pakistán para que solicite una tregua de dos semanas (una tregua que, al margen, jamás existió). Todo es posible para un personaje que en 2016 aseguró que podría pararse en la Quinta Avenida y dispararle a alguien sin perder un solo voto. Lo cierto es que hoy Trump no sabe cómo va a hacer para salir de Irán, y necesita tiempo para procesar la derrota.

Pero, por qué nos afectaría a nosotros? En primer lugar porque la suerte personal de Javier Milei está atada, definitivamente a los caprichos trumpistas. Esto es bueno para la gestión libertaria si el capricho es otorgar un préstamo sumario para zafar de una corrida cambiaria. También es bueno si la decisión es otorgar un swap de monedas o mediar con el FMI para que se pasen por alto los incumplimientos de la Argentina a las metas acordadas con el organismo. Pero es muy peligroso si un día Donald descubre que Javier no está colaborando como él lo espera, o si sigue adelante con una guerra delirante que termina enrareciendo el ecosistema global de tal modo que las consecuencias terminen arrastrando en su caída a la Argentina. Como siempre decimos, hay escenarios buenos y escenarios malos. Sin embargo, siempre el escenario peor es el de la incertidumbre, y cuando la estabilidad depende de un delirante, estamos todos complicados, y mucho.

Y esa misma locura la tenemos instalado en la Argentina. Cual versión putativa de los delirios trumpistas, Milei pasea su propia insanía por las redes y los medios de comunicación. En un capítulo más de un carnaval que parece no tener fin, el miércoles por la noche aseguró en una entrevista en la televisión pública que la “motosierra sigue” (textual). Y si, sigue para los ciudadanos comunes, pero no para su jefe de gabinete, ministros, secretarios y sub-secretarios, que en lo que va del 2026 ya recibieron aumentos salariales por encima del 120%. Los mismos funcionarios que reciben del Banco Nación créditos express, por montos estratosféricos y a tasa subsidiada para comprarse propiedades. El mismo jefe de gabinete que viaja en avión privado y es como el aloe vera, cuanto más lo investigan, más propiedades le encuentran. Una runfla de atorrantes que, como si esto fuera poco, además nos dan lecciones de moral. El primero de todos el líder, Javier Milei, que todavía no puede explicar qué fue lo que pasó con Hayden Davis y Libra, las coimas de su hermana y la mar en coche.

Ayer, charlando con mis compañeros del gimnasio, empezaron a aparecer las preocupaciones por el destino del país. La mayoría se mostraba entre angustiado y preocupado, notando que íbamos en rumbo de colisión directa de la calesita. En ese momento uno preguntó: “y qué pasaría si, en vez de asustarnos y pegar la vuelta en el medio del río, como hicimos otras veces, cerramos los ojos, apretamos los puños y seguimos adelante??? Al menos yo quiero ver qué hay del otro lado”. Tratando de conservar la compostura le contesté que estábamos partiendo de dos premisas equivocadas. La primera era comprar la eterna promesa de que “primero hay que saber sufrir”. Pareciera que el relato bíblico de los 40 años del pueblo de Israel en el desierto, sigue operando como mito fundante de la felicidad occidental judeo-cristiana. En las parábolas liberales, siempre el sufrimiento precede a la gloria. La cuestión es que siempre sus proyectos naufragan antes de llegar a la Tierra Prometida, y lo único que queda es el padecimiento. La segunda falacia, y la más dañina, es la de presuponer es que del otro lado hay algo. Y la realidad es que no hay nada, por más que sigan intentando sostener la esperanza prometiendo espejitos de colores.